Juicio final (Reuters y Croniquita). Consecuente barbijero porteño falleció por intoxicación extrema. El luctuoso acontecimiento sucedió luego de haber inhalado durante seis horas continuas su propio aliento contaminado por la necrosis pulpar aguda en una de sus muelas de juicio. A pesar de las advertencias de amigos y conocidos el barbijero negóse reiteradamente a quitarse el cubreboca, actitud que justificaba por su temor “a que el virus (de la gripe-A) me salte encima y me penetre”. La agonía respiratoria del susodicho barbijero se desató en plena calle céntrica de Buenos Aires. Al serle quitado el barbijo con intención de socorrerlo dos señoras mayores sufrieron desmayo. La urgente respiración boca a boca podría haberle salvado la vida pero ningún transeúnte estuvo dispuesto. Un cerdo que circulaba azarosamente por el sitio del incidente emitió un gruñido lastimoso antes de continuar su derrotero.
Robert McNamara. Las palabras suelen escribirse con total impunidad. Desde hoy el mundo tiene un delincuente menos de los que hubo de soportar en el extenso calvario del siglo pasado. El País, lo presenta como un viejo culposo, casi filántropo, que desde la presidencia del Banco Mundial encabezó una cruzada contra la pobreza. Emperifollar la mugre. Escribir es asco.
La diferencia entre un piquetero y un barbijero: el primero se cubre el rostro para que los otros puedan verlo; el segundo para que los otros aparten la mirada.
Progresismo vernáculo: del escándalo del piquete, la asamblea del barrio y las cacerolas al impoluto barbijo, el aislamiento “social” y los frasquitos de gel-alcohol.
Pero, ¿qué es Tierra Metida? Una Babel plana: el laberinto de las lenguas entramando un territorio. Allí sus habitantes medran, transitan, viven lo que les es dado como realidad, perdiéndose en ella sin límites aparentes.
Genovese sobre el libro Tierra Metida de David Wapner.
Campaña puerco-cultural. Detalladas instrucciones para alcanzar el sueño dorado del barbijo propio. Ninguna barrera de autoprotección es totalmente segura frente al avance de los apestados. Aquí un excelente complemento para que el virus no dentre.
Campaña puerco-cultural. La gripe cochina acarrea dolores musculares, carraspera, tos, fiebre, cefaleas, estornudos y ganas de suicidarse. Sin embargo, durante las pequeñas vacaciones de lucidez que la gripe otorga a los afectados en el transcurso del aislamiento obligatorio a que son sometidos, no está de más solazarse con algo de literatura o películas al tono. Acorde con los tiempos que corren se ha elaborado una atractiva oferta de lectura y de esparcimientos estéticos. En primer lugar, son de imprescindible lectura las novelas La Peste, de Albert Camus, La montaña mágica de Thomas Mann y Diario del año de la plaga, de Daniel Defoe. También se deben leer las partes relacionadas con la peste en el Decamerón de Boccaccio y la novela El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez. Ejemplares de esta literatura pueden conseguirse en las librerías de saldo y de segunda mano a precios más que accesibles. Otras obras literarias especialmente recomendables son: Pandemia de Lewis Perdue, La Plaga de Ann Benson y la anticipatoria Gripe Mortal del visionario Pablo Caralps. Un apartado especial merece el prolífico Robin Cook, autor de sintomáticos textos como Contagio, Fiebre, Toxina, Tratamiento letal, Signos vitales y Epidemia entre muchos otros, todos los cuales pueden descargarse sin costo de la red. En lo relacionado a películas, a no perderse The Andromeda Strain basada en una novela de Michael Crichton y a disfrutar con el afamado film Carriers, que narra las desventuras de algunos sobrevivientes de una pandemia gripal. Para aquellos que puedan llevarse la laptop al lecho de reposo y desde allí navegar por internet, hay un maravilloso recorrido en la Guía visual de las Pandemias de gripe en la Historia. Por último, desde este espacio nos permitimos recomendar Una letanía en tiempos de la plaga de Thomas Nashe. Así sea: que la gripe puerca no nos abandone desamparados de cultura.
Ideológicamente el uso innecesario del barbijo, es decir, el uso del barbijo cuando no se está enfermo, el uso del barbijo para protección propia y alejamiento de los demás, presenta un carácter inequívocamente anacrónico y reaccionario. Como todo lo reaccionario, se cimenta en la ignorancia y la cerrazón de espíritu y arrastra su costado patético: en la cumbre de la taradez social flamean aquellas personas que, mientras viajan en el colectivo o en el subterráneo, se envuelven la trompa con una bufanda -o un pañuelo de gran tamaño- y pasan todo el trayecto del transporte sosteniendo ese barbijo improvisado con sus manos húmedas de gel y alcohol.
Aquí el barbijo definitivo. Cortesía de Portnoy.
Hay cristales de escarcha que empuño como espejos,
te sueño sin dormir, cuando me asomo
y te busco detrás, como un manto en la espalda,
envuelta en el más puro escalofrío.
La poesía de Inés Pereira.
La proliferación masiva de los barbijos no se afirma sólo porque la gripe cochina ataque por delante y ataque por detrás. Tarde o temprano la gripe cederá y habrá de quedar reducida a un inocuo virus de probeta. El barbijo no. Una vez instituido como argumento de identidad y de ablación social el barbijo juega en su propia dimensión, que es la misma dimensión en que se sustenta la taradez humana. Digan lo que digan las estadísticas y afirmen lo que afirmen los infectólogos, una vez ubicados en la ecuación social y en el tiempo, lo que sinceramente importa no es la gripe, histérica, coyuntural y pasajera; lo que de verdad importa es el impávido barbijo con su vocación de perpetuidad y de silencio.
Epidemiología sucinta: el grado de taradez social es directamente proporcional al uso público de barbijos.
La mayor pandemia nacional que existe es la taradez; y no se combate con barbijos sino apagando el televisor.
David Wapner nació en Argentina en 1958. Desde hace más de una década vive en Israel. Hace música, escribe. En estos días Wapner está en Buenos Aires. Ayer lo escuchamos leer partes de Tierra Metida, ahora libro y antes blog. En las palabras de Wapner la tierra es, omnipresente. Tierra que se mete en cada poro: no sale; y el mar, única agua viable, no alcanza a lavar los pies.
Mapa literario. Rodolfo Fogwill se ubica a sí mismo entre Ricardo Piglia y Saer. Se equivoca y fiero: su lugar está en un punto indefinido que se oculta entre Sasturain y Jorge Bucay. Pichitrulo.
Campaña puerco-cultural. Imaginarse el horror: aislado por la peste, sin internet, sin televisión y sin películas pirateadas, con un único libro cuya autoría fuera de Laura Restrepo o del publicitario Fogwill.
Campaña puerco-cultural. Mientras que para el gobierno el receso escolar pandémico debe ser utilizado con el fin elevar el nivel cultural progresista de la clase media de Capital, la insondable Carrió afirma se debe aprovechar este tiempo de vacaciones extendidas en un retiro espiritual para elevar el diámetro de la panza: oraciones, muzzarella, y abstención genital.
Campaña puerco-cultural. La gripe porcina no existe. Tal como los índices del Indec, es otra manipulación del gobierno para dar impulso a la lectura y a las manifestaciones artísticas.
Campaña puerco-cultural. En Buenos Aires receso escolar de invierno de casi un mes: del 6 de julio al 3 de agosto. No hay que tomar esto como unas vacaciones adicionales, dijo Macri. A encerrarse y leer.
La paja y el trigo. Y me fui, sin ningún remordimiento, como una mujer que abandona a un marido que hace rato ya la había abandonado. Algunos no votamos por oposición política a la mafia institucional, otros por desesperanza, otros por afirmación ética, otros por negación de identidad, otros por no delegar lo propio. Pero no todo rechazo al voto es un rechazo al voto. Hay mil argumentos para no votar. El más estúpido -y reaccionario- es éste.
Rubén Saboulard, candidato a primer diputado por la ciudad de Buenos Aires de las Asambleas del Pueblo por el Socialismo y la Libertad (¡quién metería en la urna una boleta con un nombre tan ampuloso!) obtuvo, redondeando, unos dos mil votos, cifra que incluye a quienes lo votaron por error. Menos del 0,1% del total de votos. En este caso el pago en dinero contante y sonante que el Estado hace por voto obtenido a los partidos políticos no alcanza ni para la birra de baja calidad. En abierta decepción por la baja performance electoral de su antiguo amante, la novelista colombiana Laura Restrepo está rebuscando en los pergaminos de su historia personal a ver si encuentra en los recuerdos ocultos de su pasada juventud alguna canita al aire con Pino Solanas o, en el peor de los casos, con el inconfesable Luis Zamora.
Et more Pynchon. ¿Qué es lo que César le susurró realmente a su protegido mientras caía apuñalado? Et tu, Brute; la mentira oficial, es todo lo que puedes esperar de ellos: concretamente nada. El momento del asesinato es el momento en que el poder y la ignorancia del poder se reúnen, con la muerte como legalizadora. Cuando uno habla con el otro, no es lo mismo que pasarse todo el día con et-tu-Brutes. Lo que pasa es una verdad tan tremenda que la historia –a lo sumo una conspiración, no siempre entre caballeros, para el fraude- no la reconocerá. La verdad será encubierta o, en épocas de particular elegancia, disfrazada. (AIG, Tusquets: 252)
Mi relación con el movimiento beat sólo fue tangencial. Al igual que otros jóvenes pasaba mucho tiempo en los clubs de jazz, haciendo durar la consumición mínima de un par de cervezas. Por la noche me ponía gafas de sol con montura de carey y asistía a fiestas en buhardillas, donde las chicas llevaban raros atuendos. Me divertían enormemente todas las formas de humor estimuladas por la marihuana, aunque en aquel entonces la conversación estaba en relación inversa con la disponibilidad de esa útil sustancia. En 1956, hallándome en Norfolk, Virginia, entré en una librería y descubrí el primer número de la Evergreen Review, que entonces era uno de los primeros foros de la sensibilidad beat. Aquello me abrió los ojos. En aquella época estaba enrolado en la marina, pero ya conocía muchachos que, sentados en corro en la cubierta, cantaban perfectamente fragmentos de aquellas primeras canciones de rock’n'roll, tocaban bongos y saxófonos y sintieron un auténtico pesar por la muerte de Bird y, más adelante, la de Clifford Brown. Cuando regresé a la universidad, encontré al personal académico sumamente alarmado por la portada de la Evergreen Review, y no digamos por su contenido. Parecía como si la actitud de ciertos literatos hacia la generación beat fuese la misma que la de algunos oficiales de mi barco hacia Elvis Presley, los cuales abordaban a los marineros que parecían capacitados para informar, porque, por ejemplo, se peinaban como Elvis Presley, preguntándoles inquietos: “¿Cuál es su mensaje? ¿Qué quiere?”. Estábamos en un punto de transición, un extraño periodo de tiempo cultural posterior a la generación beat, y nuestras lealtades estaban divididas. Lo mismo que el bop y el rock’n'roll eran con respecto al swing y al pop de posguerra, así era esa nueva manera de escribir con respecto a la tradición moderna más establecida a cuya influencia estábamos expuestos en la universidad. Por desgracia, no teníamos otras alternativas de primer orden. Eramos espectadores: el desfile había pasado y ya lo recibíamos todo de segunda mano, éramos consumidores de lo que los medios de comunicación de la época nos suministraban. Eso no nos impidió adoptar posturas y accesorios beat y, finalmente, como postbeats reconocimos mejor lo que, al fin y al cabo, era la razonable y decente afirmación de lo que todos queríamos creer acerca de los valores norteamericanos. Cuando, diez años después, reaparecieron los hippies, durante algún tiempo, por lo menos, tuvimos una sensación de nostalgia y reivindicación. Los profetas beat habían resucitado, la gente empezaba a hacer improvisaciones de jazz con guitarras eléctricas y la sabiduría oriental volvía a estar de moda. Era lo mismo, sólo que diferente.
Thomas Pynchon, Introducción a los cuentos de Un lento aprendizaje. Digitalizados y revisados por Puck, y puestos a disposición del universo.
Basta de camelo electoral y volver a lo que de verdad importa: ¿el bebé sonríe o solo se trata de un eructo? ¿qué preferís que sea? (Pynchon).
¿Existen personas más inefables que aquellas que se esconden tras un barbijo, sudan de emoción por el sellito redondo y se congelan en una cola aguardando con el documento en la mano para votar por Michetti, Pino Solanas, Carrió, o Carlos Heller? Si, existen: las que además se jactan de eso y escriben zonceras imposibles. Paparulos.
Gripe, peste. Los barbijos son un símbolo fascista. Los barbijos son un símbolo de peste. Sabemos, desde Camus, que entre peste y fascismo talla un abrazo poderoso. Un abrazo poderoso: bien diferente a un abrazo cariñoso. El abrazo fascista, un abrazo poderoso. El fascismo, un abrazo de oso que, desde luego, no es un animal cariñoso. La mayoría de los animales conocidos, animales, fascistas. ¿Hitler con barbijo, Mussolini con barbijo? No cuentan los conejos y los peces, más tontos que fascistas, que son fascistas y tontos. Los virus y las bacterias son rizomáticamente fascistas.¿La gripe, fascista?¿La gripe porcina, fascista? El perro, animal fascista: incapacitado para la voluntad propia asume como tal la voluntad –fascista- del amo. El amo, siempre fascista. ¿Videla con barbijo, Etchecolatz con barbijo? El perro es un animal fascista pero el chancho es burgués. El fascismo, una idea. Bien, se puede morir por una idea y matar por ella. La peste no es una idea. Bien, pudiera ser alegoría o transmigración de la idea. La peste porcina anticipa la perropeste. El fascismo no es una idea: las ideas no matan ni se matan. El fascismo sí. Las ideas mueren de viejas. El fascismo no. El fascismo, eternamente joven, rejuvenece. ¿Mi vecino con barbijo, tu vecino con barbijo? El amo, siempre fascista, el esclavo también. Perro y esclavo se arrastran tras el amo, los tres, fascistas; el chancho no, el chancho es burgués. La gripe porcina es gripe burguesa. Existe un número infinitamente más grande de perros que chanchos a nuestro alrededor, más chanchos que osos, más ratas que perros, que chanchos y que osos, y más mosquitos que ratas. Conejos y peces no cuentan. ¿Tu mujer con barbijo, tu hija con barbijo? El fascismo es la peste. Nos apresan, rascan, pican, roen, muerden, más fascismos que mosquitos, que ratas, que perros, que chanchos, que osos, que conejos y que peces, todos ellos juntos. No es seguro que un barbijo nos proteja de la peste. Un barbijo no nos protege de los burgueses, tampoco a los burgueses. Es seguro que un barbijo no nos protege de La Peste. Así:
-Veamos Tarrou: ¿es usted capaz de morir por un amor?
-No lo sé; pero me parece que no, por ahora.
-Eso es. Y es usted capaz de morir por una idea, se ve a simple vista. Pues bien: yo estoy harto de gentes que mueren por una idea. No creo en el heroísmo, sé que es fácil y aprendí que era criminal. Lo que me interesa es que se viva y se muera por lo que uno ama.
Rieux había escuchado con atención al periodista. Sin dejar de mirarle, dijo suavemente:
-El hombre no es una idea, Rambert.
Éste saltó de la cama, con el rostro inflamado de pasión.
-Es una idea, y una idea mezquina, en cuanto se aparta del amor. Y, precisamente, nosotros no somos capaces de amar. Resignémonos, doctor. Aguardemos los acontecimientos y, si verdaderamente no es posible, esperemos la liberación general, sin juzgar al héroe. Por mi parte, no alcanzo a más.
Rieux se levantó con aspecto de repentino cansancio.
-Tiene usted razón Rambert, toda la razón, y por nada del mundo quisiera yo apartarle de lo que piensa hacer, que me parece justo y bueno. Pero, sin embargo, le diré algo: no se trata de heroísmo en todo caso. Se trata de honradez. Es una idea que puede hacer reír, pero la única manera de luchar contra la peste es la honradez.
Del blog al libro: Tierra Metida de David Wapner. La presentación del libro estará a cargo de el autor, Juan Terranova y Omar Genovese, será el 2 de julio de 2009, 20 hs., en Archibrazo, Mario Bravo 437, Buenos Aires.
Voto útil. A no desperdiciar esfuerzos. Mejor que meterlas en las urnas, todas las boletas al carrito de supermercado. Hoy es el día del cartonero.
Con la democracia –con esta democracia- se trabaja, se come, se hace el amor, se estudia, se cuidan los dientes, se hace dieta, se sueña, se cura la presbicia, se coje, se aprende, se escribe, se enseña, se bebe champán, se mira, se presiente, se desea, se acaricia, se todas esas otras cosas de las que escribió Girondo y se bastante y se mucho más. Entendé, turrito resentido: con la democracia, con esta democracia, ni los muertos sienten vergüenza. Además, se vota. Todo con entrada libre y gratuita y sin un gramo de Sildenafil.
En la vida, igual que en la literatura, no se descubre tierra nueva sin acceder a perder de vista primeramente, y por largo tiempo, toda costa. Vila-Matas.
Si sos de izquierda no votes a la derecha… ni a la izquierda.
Los anarquistas permanecen, como siempre, adversarios decididos del parlamentarismo y de la táctica parlamentaria. Adversarios del parlamentarismo porque piensan que el socialismo puede realizarse mediante la libre federación de las asociaciones de producción y de consumo, y que cualquier gobierno -el parlamento inclusive- no sólo es impotente para resolver la cuestión social y armonizar y satisfacer los intereses de todos, sino que constituye por sí mismo una clase privilegiada con ideas, pasiones e intereses contrarios a los del pueblo, a quien se oprime con las fuerzas del pueblo mismo. Adversarios de la lucha parlamentaria, porque creen que ésta, lejos de favorecer el desarrollo de la conciencia popular, tiende a deshabituar al pueblo del cuidado directo de sus propios intereses y es una escuela, para unos de servilismo, y para otros de intrigas y mentiras. Estamos lejos de desconocer la importancia de las libertades políticas. Pero las libertades políticas no se obtienen sino cuando el pueblo se muestra decidido a conseguirlas; ni, una vez obtenidas, duran y tienen valor sino cuando los gobiernos sienten que el pueblo no soportaría la supresión de las mismas. Acostumbrar al pueblo a delegar en otros la conquista y la defensa de sus derechos, es el modo más seguro de dejar vía libre al arbitrio de los gobernantes. Errico Malatesta, 7 de febrero de 1897.
Condenación (Tarr). Me siento en la ventana a mirar fuera, completamente en vano. Llevo años sentándome aquí y siempre algo me dice que en un instante me volveré loco. Pero no me vuelvo loco en un instante y no tengo miedo de volverme loco porque temer a la locura significaría que tengo que aferrarme a algo. No me aferro a nada. No me aferro a nada, pero todo se aferra a mí. Ellos quieren que les mire, para mirar la desesperación de las cosas. Para que mire como un perro fuera de mi ventana, debajo del cielo estañado en la lluvia torrencial: caminan hasta un charco y tienen su bebida. Quieren que mire el lamentable esfuerzo que hacen intentando hablar antes de caer en el sepulcro. No hay tiempo, porque ya están cayendo. Quieren que esta irrevocabilidad de la cosas me vuelva loco pero al momento me piden que no me vuelva loco. Una vez casi hablo de eso con una mujer. Le dije que la odiaba, que nunca la había amado. Yo no la había odiado nunca como nunca la había amado. Quise saber si tuvo sentido hablarlo todo. Le dije que odiaba su ternura, su fidelidad, que fuera tan ordenada y precisa. Me turbaba la confianza ciega con la que se aferraba a mí. Ella me miró con rechazo y se fue a calentarme la cena. Me quede allí quieto, gritando. Estuvimos tres días encerrados. Andaba detrás mío. Solo el segundo día comenzó a llorar. Lloraba en su camisón. No sollozaba, solo lloriqueaba. Era apenas un gemido Se sentó en un rincón y se quedo allí. Me quedé mirando su camisón. Todo lo que ví fue el camisón, ese camisón de nylon de encaje. Después lo agarré. Tiré de él y lo rasgué, lo rompí. Ella aún no lo entendía. Se mantenía agarrada a mí repitiéndome algo. Más tarde entró en el baño y cerró la puerta. Me quede mirando las gotas de lluvia en la ventana, las contaba. Luego volvía al principio y las contaba otra vez. No sé cuánto tiempo estuve así. Fue al alba cuando tiré la puerta abajo. Ya lo esperaba, pero aún así me impresionó. No podía creer que ese cuerpo tan débil pudiera contener tanta sangre.
En unos días hay elecciones en este país. Desde acá no tenemos la menor idea de qué es lo que hay que votar así que no vamos a votar, como de sana costumbre. Lo apropiado sería cambiar voto por boto. Botar en la acepción colombiana: echarlos al carajo. Como decía (con voz de Chabelita Martínez) el general (con voz moribunda, de primero de mayo del ‘74): llevo –todavía- en mis oídos la música más maravillosa: que se vayan todos y no quede ni uno solo. Eso sí, no sabemos si está en elección el cargo de Director de la Biblioteca Nacional, pero tenemos propuesta: ¡Chau González, que venga Nónimo a tomar las riendas de nuestra cultura nacional!
Delgado, borracho hasta el límite, porque sólo cuando borracho hasta el límite se atreve a desplegar alucinaciones y distopías y pensamientos de miedo, acerca su boca, su boca dulce y agria de alcohol y de tristezas, acerca su boca hasta mi oído y dice, me dice: ¿No es una lástima que sus propios camaradas trotskistas no se hayan hecho cargo a tiempo de Laura Restrepo, como los castristas de la guerrilla salvadoreña se hicieron cargo de Roque Dalton? Nos hubiéramos ahorrados varios kilos de palabras pegajosas y de páginas gorgoteantes abrumando en las librerías. Eso dice Delgado, me dice, desbordándose. Lo miro: veo que está insomne, la camisa le aprieta el cuello, ha intentado casi todas las vejaciones hacia sí mismo; entiendo que me está preguntando por el cuarto desvencijado en que murió Dostoievski o por el sótano de Kafka. Felipe, estás muy en pedo y nublado, le contesto: Restrepo es una arista boba y mercachifle de cierta literatura que no es literatura sino amontonamiento y páramo y negocito editorial. Da lo mismo si escribe o si despacha en una verdulería. Y los trotskistas, le contesto: aquellos trotskistas, no se hacían cargo de nadie, no querían ni podían hacerse cargo de nadie; ni siquiera, Felipe, ni siquiera de sí mismos.
Este no es un país de escritores, resulta imposible que este país produzca escritores de calidad, no es posible que surjan escritores que valgan la pena en un país donde nadie lee, donde a nadie le interesa la literatura, ni el arte, ni las manifestaciones del espíritu. Nada más tenés que comparar con los países vecinos para darte cuenta que los mitos locales son de segunda; Roque Dalton a la par de Rubén Darío parece un fanático comunista cuyo mayor atributo fue haber sido asesinado por sus propios camaradas, un fanático que escribió alguna poesía decente pero que en su obcecación ideológica redactó los más vergonzosos y horripilantes poemas filocomunistas, un fanático y cruzado del comunismo cuya vida y obra estuvieron postradas con el mayor entusiasmo a los pies del castrismo, un poeta para quien la sociedad ideal era la dictadura castrista, un zoquete que murió en su lucha por establecer el castrismo en estas tierras asesinado por sus propios camaradas hasta entonces castristas. Castellanos Moya, El asco; Thomas Bernhard en San Salvador.
Un nombre nada significa: una mirada lo significa todo, y es nada.
Neda Soltani.
Todo lo que se escribe se escribe para ser leído cachemir. Admiro mi propia seguridad cuando escribo palabras como ésas casimir. Como si dijera nada menos. Como si escribiera Siboney cachemir. Como si escribiera: yo me muero por tu amor cachemir. ¿Todo lo que se escribe se escribe para ser leído? De inmediato me cacha dura la duda casimir. Eso también admiro cachemir quiero decir ahí con certeza tras la duda iba coma no punto pero estando inseguro he preferido que no coma y que sí punto. Tras la duda punto quiero decir kashmir antes también. ¿Todo lo que se escribe se escribe cachemir? Algunas palabras se escriben pero no se escriben coma algunas palabras son leídas todavía antes de ser escritas coma antes de ser escritas subrayado coma como remarca el anónimo narrador testigo de las correcciones. Kashmir ciertamente ella siempre comprende. Más: si escribiera: al arrullo de la palma pienso en ti. Dos puntos no cuentan. Aún sin la palma cachemir: los piratas se hicieron cargo de siboney coma por tristes por tímidos y por pacíficos; Siboney de mis sueños casimir. Punto y coma tampoco cuenta cachemir. Todas las palabras que se han escrito, Siboney, casimir ¿son ecos de un canto de cristal? Dos comas seguidas tampoco casimir. Así las cosas quién puede afirmar que todo lo que se escribe es todo lo que se escribe cachemir. Terreno blando cachemir; más bien pantanoso cachemir: no te pierdas. No te pierdas por entre el rudo manigual. La verdad kashmir todo lo que se escribe subrayado se escribe para ser leído pero ni siquiera se escribe todo lo que se escribe subrayado. Así las cosas casimir las palabras no son lo que parecen ser y es posible que todo lo que se escribe no se escriba para ser leído sino para ser dicho. Quiero decir casimir sólo decir: un culo no es simplemente un culo cuando escribo casimir punto y coma no cuenta un culo escrito un culo subrayado es un sueño vacilante y tubular que asciende por una escalera mal iluminada un culo escrito dicho subrayado no es un culo ni siquiera es un culo es también roce sobre todo roce es si no vienes me moriré. Siboney cachemir no es Siboney como un culo no es un culo casimir sino la queja de mi voz; kashmir lo dicho importa no importa lo que escriba casimir y lo no dicho todavía importa coma mal puesta o puesta adrede importa más casimir. Entre lo dicho y lo no dicho está el beso casimir el beso subrayado. Así las cosas cachemir coma todo lo que se escribe se escribe no para ser leído no para ser dicho sino para el roce casimir todo lo que se escribe es roce y es beso que no se escribe ni se lee ni se dice cachemir un culo no es un culo es un beso casimir un beso subrayado todo lo que se escribe es siempre te espero con ansias Siboney cachemir ¿cómo no lo comprendes casimir?
Siboney yo te quiero yo me muero por tu amor
Siboney en tu boca la miel puso su dulzor.
Ven aquí que te quiero y que todo tesoro eres tu para mi.
Rocas errantes. Bloomsday en red.
Existen, sin embargo, motivos que otorgan la razón a todas las Restrepo del pequeño universo conocido: el dinero, la fama, el reconocimiento, la indómita voluntad de ser. Frente a tantos y tan vigorosos motivos, nos queda morder silencios, esperar. Con las manos bien arriba, las nalgas embutidas.
Lorenza y Mateo llegan a Buenos Aires en busca de Ramón, el antiguo amante de Lorenza y padre de Mateo, de quien ella se enamoró cuando los dos eran apasionados militantes que se oponían a la dictadura de Videla. Es decir, la insufrible Laura Restrepo y el ahora candidato asambleísta Rubén Saboulard. Alguna vez amantes y trotskistas en la corriente de Nahuel Moreno. Hoy, adoradores del patetismo ligero. En medio, el hijo posmo; algo retardado, según la pintura que de él hace su madre. Un tema desafiante. Escrito por la Restrepo, con total desprecio por el gusto y por la literatura, una chapuza insoportable. Demasiados héroes. Ninguna heroicidad justifica la tortura de leer hasta el final un bodrio semejante.
2046. Antes (nunca habremos de saber qué es antes), cuando alguien tenía secretos que no quería compartir, se subía a una montaña, buscaba un árbol, hacía un agujero, y le susurraba el secreto al agujero; después lo tapaba con barro, de esta forma, nadie lo descubriría, nunca. Así dijo el hombre. Entonces ella dibujó en al aire un agujero con sus manos para que el hombre guardara allí su secreto: No sirve de nada encontrar a la persona indicada si el momento no es el adecuado, el amor es una cuestión de tiempo. Todos los recuerdos no son sino rastros de lágrimas.
Nada que recordar. La metempsicosis ¿posible? es no, en fantasmagorías como el cine sí, en la vagina rododendro de Molly, sí: disculpar a Molly, sí, sin wikipedia she was a Flower of the mountain. A Nora. ¿Por qué nos enamoramos de las mujeres burdas? No nos enamoramos de las intelectuales, no, de las sensibles, no nos enamoramos, no de las apasionadamente revolucionarias, no. Nora, Molly, todas las otras; cuanto más tosca, mejor la mujer; tipificación: la joven cajera china del supermercado chino, mujer, ideal, de mujer, tosca y muda para el que no conozca el idioma chino, sólo tintineos impertinentes tntntn. ¿Nada que recordar? Dar infinitas vueltas alrededor de la plaza sucia, rebosante de mierda de perro y de hojas y árboles secos y de botellas de plástico vacías; ella siempre pide monedas para dar el vuelto, con cara inexpresiva, oriental, la voz mínima asentada sobre hombros pequeños, rústicos. El día completo, no del todo completo, alrededor de un plaza desierta y con los árboles secos como si fuera el mapa entero de Dublin o de Trieste, porque nos enamoramos de las mujeres, burdas, cuanto más más, nos enamoramos de las mujeres toscas y caminamos a través de nosotros mismos, encontrando ladrones, fantasmas, giants, old men, young men, wives, widows; el espíritu afirma lo que la carne niega ¿o era al revés? En los labios vaginales de Molly la transmigración, el grado de perfección varía de acuerdo a los merecimientos por lo realizado en la vida (anterior). La mujer china de piernas gruesas, capaces de trotar horas y horas sobre un campo de arroz, o de soja, o de lo que sea que se cultive, ante la caja registradora del supermercado chino, en China: capaces de sostener con fuerza el peso de las pariciones, this is yours con mirada de vaca acongojada y fiebre aftosa. Ahí está, otra palabra, metempsicosis bobina glosopeda a la oriental, una campesina china detrás de una caja registradora con ocho hermosos niños bloom, prodigios. Nada que recordar, ser el lacayo cornudo de una mujer china, cajera de supermercado chino, llena de pequeñas úlceras en la mucosa bucal, redondeadas y enrojecidas, pantorrillas gordas como troncos, Penélope cojiendo con cada uno de los pretendientes, uno por noche y otro por día, uno por detrás y otro por delante, Penélope china ante la caja registradora, cuckold, ¡romper, queremos romper! Nada que recordar, ¿quién daría algo por un hombre capaz de besarle el culo a una mujer así? Besarle el abismo a la cajera china de supermercado chino sin un solo átomo de expresión en su cara o en el culo, inexpresivo común lugar en todas las mujeres, llámense Molly Nora o las madres que las parió o llámese la china cajera china de supermercado chino, ¡eureka! -Buck Mulligan cried, eureka! La tercera palabra: diferencia entre las posiciones aparentes que tiene un astro en el cielo según el punto desde donde se observa, los infinitos planos de observación como infinitos los besos y las bocas infinitas y los alientos y la saliva que va de boca en boca y el culo inexpresivo de la mujer china encerrando en la boca el misterio inexpresivo de toda la orientalidad concentrada en un único punto, redondeado y enrojecido como un afta algo mayor que un afta, tan mucoso como un afta, tan degradado y enviciado y corrompido como un afta que ni todo el listerine, un punto ordinario y dos bolitas de grasa alrededor de ese punto único donde se concentra toda la luz del mundo yes, I said yes I will yes, sister, yes, and on your virgin sward, de última, paralaje. Nada que recordar excepto la descarga de ventosidades o un brazo de Molly asomándose por la ventana o esa cosa oscura y terrible y caliente emergiendo desde el cuerpo de Nora, de la cueva de Nora, de la somnolencia de la joven china que está parada ante la caja registradora en el supermercado chino y pide monedas para dar el vuelto y mira con cara inexpresiva donde toda la expresión y el dolor apaciguado del mundo se concentra, o, en definitiva de algo que nosotros y no un borracho casi ciego hemos llamado Bloomsday, nosotros, cornudos del mundo, besaculos unidos en la dicha y la desdicha, lamedores de aftas, chupadores inexpresivos de piernas tocones de algarrobo, caminantes y pateadores de calles sucias como plazas y plazas mugrosas como puentes y puentes hediondos como culos, pero no puentes, desde allí se arrojan papelitos y citas al río y cuerpos, al río. Arrancarse todos los dientes de uno en uno hasta la raíz y si fuera posible el mismo hueso: dejar la boca pelada, para que no quede el menor vestigio ni la menor resignación del paralaje, de la glosopeda ni, por supuesto, de la metempsicosis.
En defensa del suicidio IV. No todo suicidio es un suicidio a tiempo. Después de los ochenta el suicidio es, a menudo, lastimoso, indulgente. Inmerecido. La resaca despiadada de un tiempo redundante. Estrías del pasado muerto percutiendo la carne y los silencios, convirtiéndolos en un amasijo informe, campechano. Pegajoso. El gerundio queda, habilitado. Después de los ochenta, el suicidio no es. Es el último fragmento pudoroso de una dignidad mutilada. Su reflejo fraudulento. Se me dice: Gorz. Como las sentencias del vino y de la amistad -en orden riguroso- son inapelables, hay que hurgar por el traidor y por la carta, pero no sólo por el traidor y por la carta. André Gorz y su esposa Dorine fueron encontrados muertos, por mano propia, en el otoño francés de 2007. André tenía ochenta y cuatro años y Dorine una enfermedad irreversible. De a dos, la muerte con suicidio es casi un culebrón: A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos. Gorz arrastró, en vida, destellos y miserias, no sólo del presente. Miseria del concepto, destello del estilo. La pobreza, para Gorz: un síntoma relativo o la incapacidad de consumir tanta energía como consume el vecino. De ahí, un pobre francés es pobre por no tener acceso a un automóvil nuevo, un pobre en Vietnam o en África o en Brasil, es pobre por andar descalzo. Miseria del concepto. Si la pobreza es relativa ¿dónde queda la pobreza? Queda el rico (el no pobre, relativamente) y la miseria. Miseria, del concepto o Miseria de la Filosofía. Entre pobres (relativos) no hay cornadas, cada uno es pobre o rico de otro. Destello del estilo. Un año antes del suicidio Gorz escribe la Carta a D. La amistad y el vino insisten. Más la amistad que el vino, el vino es menos despiadado. Destello del estilo. Gorz escribe junto a la cama donde Dorine se desmorona pulso a pulso. Escribe: Vas a tener 82 años. Has encogido unos 6 centímetros, no pesas mas que 45 kilos pero como siempre sigues siendo bella, graciosa y deseable. Hace 58 años que vivimos juntos y te amo mas que nunca. Siento de nuevo en mi corazón un vacío que me devora y que solo llena el calor de tu cuerpo junto al mío. Destello del estilo. Miseria del concepto. Filosofía de la miseria filosófica. Pasados los ochenta, el suicidio no sólo está fuera del tiempo, trasnochado. Deviene farsa. Y entonces la palabra, aunque todavía fulgor y destello, es miseria que se revuelca hasta morderse dulcemente sus jirones. Chirle. Autocomplaciente. Mentirosa.
Nueve años después, 12 de junio, 1923, K.: El único consuelo sería: “sucede, quieras o no quieras”. Y lo que vos quieras sólo tiene una importancia mínima. Más que consuelo es esto: “Vos también tenés armas”.
Kafka, Diarios, 1914, 5 de enero: Todo lo que es posible que suceda, sucede; pero solo podrá suceder lo que sucede.
Dijo, Ghandi: el progreso moral de una nación puede ser juzgado según la forma en que trata a sus animales. Hay que ser, Mahatma, a todo gran hombre se le pianta, una frase es, de tanto en tanto: inevitable. Todo gran hombre, nunca lo es suficientemente, gran hombre, ninguno, tan sólo grandes mujeres o grandes hembras. De modo que hay que disculpar las frases, indisculpables, en nombre de los hombres no grandes y de las hembras grandes y de las grandes hembras. Hay, sin embargo, una arista Mahatma, el progreso moral es una progresión, una progresión geométrica, no hay nada que disculpar, Mahatma, ni se puede. Por caso, progresión geométrica de reproducción canina; por caso, una linda perrita en un año hace ocho lindos perritos. La parición comienza siempre con una hembra, es sabido y Mahatma, el progreso moral se juzga por las hembras y la parición de las hembras. Dos años, dieciséis hermosos perritos, tres, cuarenta y ocho, cuatro, ciento treinta y cuatro, cinco, cuatrocientos dos. Hembras que paren hacen parir hembras y machos que no paren siendo paridos. Una hembra, por caso, una mujer, Mahatma, por caso esa mujer, Mahatma dice, rompamos, hace parir, Mahatma, otra, Mahatma, por caso, la mujer de otro, por caso, dice, amémonos, hace parir, Mahatma. Los hombres no paren, son paridos y paren porque las mujeres los hacen parir, pariendo. Al sexto, mil doscientos seis, siete, tres mil seiscientos dieciocho. Esa mujer, Mahatma nunca es tu mujer, esa mujer sólo puede ser la mujer de otro, la tuya de otro, su mujer, de otro, la tuya. Confusiones de la parición Mahatma, los hombres no paren, son paridos como lindos cachorritos. Imagináte, Mahatma, un día va y viene un día y te das cuenta que las hembras paren y que esa mujer no es tu mujer, que tu mujer es la mujer de otro sin importar de qué otro es esa mujer porque no es la tuya, sino la de otro, tanto como la de otro es la tuya. En semejante confusión, Mahatma, es lógico y comprensible que hablemos de progresión geométrica, lo exagerado, Mahatma, es hablar de moralidad, imagináte, Mahatma, moralidad y parición no van, sí van si toda parición es inmoral, o no van, aunque la parición no sea el gerundio de la parición sino el gerundio del hombre, nunca grande, parido y reparido por las hembras grandes y las grandes hembras. La verdad Mahatma, si hay verdad parida como verdad, es que la progresión geométrica no es, es inmoral, más inmoral que los granos de trigo del ajedrez, que la matemática, es decir, mucho inmoral, Mahatma. Diez y ocho trillones, cuatrocientos cuarenta y seis mil setecientos cuarenta y cuatro billones, setenta y tres mil setecientos nueve millones, quinientos cincuenta y un mil seiscientos quince granos de trigo a cambio de un juego de ajedrez, Mahatma, a esa altura de las cifras no hay moral posible, ni nación posible, ni trato posible, ni mujer propia o ajena posible, hay hembra, sí, si hemos de saber que toda parición comienza con una hembra como en verdad comienza. En quince años, veintitrés millones. A los quince años uno se ha definido, o cree que lo ha hecho, Mahatma, machista, feminista, neutro, esfinge, a los quince ya se ha parido algo aunque sea hombre y los hombres no paren, son, al ser paridos, a los quince el hombre que todavía no es, siendo, no tiene mujer pero tiene idea de mujer, si eligió hombre eligió hembra grande o grande hembra, a los cincuenta no elige porque sabe y cuando se sabe no es posible elegir como no es posible moral ni nación ni trato cuando la matemática se desquicia, Mahatma; es posible calcular cuántos cachorritos hay en cincuenta años, pero calcular cansa y es inútil, como cansan y son inútiles la nación y el trato y la moralidad y además de cansar y ser inútiles no importan, porque cuando la matemática es una cifra tan grande es puro número amontonado o mucho cachorrito o mucha hembra, grande o pequeña y sobre todo demasiado hombre, demasiado, que nunca mucho ni grande ni hombre verdaderamente hombre, pero demasiado. Empieza con una hembrita, Mahatma, una perrita hace ocho perritos, y después sigue así, sí, si pensamos que la parición comienza con una hembra y que los hombres paridos no paren pariendo aunque paren por la mujer de otro que no es suya ni la suya que tampoco es suya porque las mujeres, Mahatma, como ya debiéramos saber, más allá de la moral, la nación, del trato, más allá de los cachorritos y la matemática y sobre todo más allá de las progresiones geométricas, las mujeres no son hembras, las mujeres no paren ni siquiera pariendo o haciendo parir y, sobre todo, Mahatma, las mujeres no son de nadie.
Metemerómofo. Met him what. Bloomsday, junio 16. Impulsa: Portnoy.
Busco subrayados. Entre las frases que acontecen están los míos. Están también los otros, trazados antes que los míos. Son los que menos importan: los míos, los anteriores a los míos. Ninguno de esos le da vida a las palabras, las congelan. Los subrayados que importan son los que todavía no han sido subrayados. Los que están a punto de hacerse.
La buena vida. ¿París? La noche entera copulamos. Con palabras de otros. Sin habernos rozado, ni rozarla, ni una sola vez. ¿Texas?
Cierto prejuicio recurrente, cierta obstinación supina me impide leer con fervor –y a menudo me impide leer- las obras de los escritores que todavía no han muerto, en especial si esas obras contienen páginas copiosas: novelas extensas al estilo del siglo diecinueve, aunque poco tengan que ver, estilísticamente, con el siglo diecinueve. Ese prejuicio, esa obstinación de rechazo a la obra del escritor que todavía respira, me impuso esperar que el hígado enfermo de Bolaño reventara definitivamente antes de entrar con furia en Los detectives salvajes y devorar las palabras con absoluto entusiasmo. Fallo a las recomendaciones y esfuerzos generosos de mis queridos: novelas –a préstamo indefinido- como El arco iris de la gravedad o Donde yo no estaba destellan los bordes de mi biblioteca y del tiempo y una y otra vez fracasan en su pretensión de seducirme. No toda esperanza está perdida: confrontando fechas, es casi seguro que Pynchon se irá al otro barrio antes que yo. Y quién sabe si, con algo de suerte, Cohen no estire la pata también antes que yo, liberándome así de perroparias el sinuoso camino a la mansión Hidulya. Digresión, aún cuando su muerte (la de Cohen) habrá de ser feroz pérdida para una esperanza y también para otra. He tenido, sin embargo, bastante fortuna, -si olvido del futuro: Beckett, Bernhard, Joyce, Vassili Grossman, Onetti, Walser se fueron a tiempo, me llegaron a tiempo. El suicidio de Celan, el de Améry, el accidente-infarto de Sebald, el alcoholismo de Jaime Sáenz fueron más que oportunos. Cierto también, y también, por incierta violación a la costumbre, que suceden excepciones a esa regla de muerte: he leído, leeré, escritos de Vila-Matas o de Coetzee, las novelas de Jelinek, de Kenzaburo, Kafka, la poesía toda de Pessoa. Son los menos: los estantes de mi biblioteca están colmados de palabras enérgicamente vivas trazadas por escritores difuntos. Pensar si esa manía de no leer a los escritores vivientes no es también una forma rebuscada para escabullirme de las misoginias y los malos humores, las miserias nuestras y ajenas en cuerpo presente, las de Onetti, las de Bernhard. Hasta aquí la introducción. Lo que quería decir, más breve o más convincente, es que ese prejuicio y esa obstinación se interponían entre Muñoz Molina (viviente, coleante) y yo. Hasta hace pocos días no lograba hacerme una idea muy precisa de la literatura de Muñoz Molina, si se dejan de lado algunos artículos aislados y alguna que otra novela mordisqueada al pasar. Entre Jean Améry y yo existe un juego de sombras y permanencias: por Jean Améry encontré a Muñoz Molina. No porque Améry tuviera conocimiento de la existencia de Muñoz Molina, algo casi imposible, sino porque Muñoz Molina arroja palabras sobre Améry y porque algún vehemente desconocido escribió en una página de internet, con prisa, sin mucho rigor, que Améry es el personaje de una novela de Muñoz Molina: Sefarad. Corrí. No es verdad, Améry no es el personaje de esa novela, aunque esté en ella como un espectro implacable de la memoria. Corrí. Sefarad es una novela por la que he roto la cadena de prejuicios y de obstinaciones una vez más. Estoy dolorosamente feliz de haberlo hecho.
En defensa del suicidio III. Corrección Bernhard: nadie tenía ya miedo de que cometiera un suicidio, porque hablaba permanentemente de suicidio, como si hablara de un objeto absolutamente claro y que, al mismo tiempo, lo fascinase, como si se tratara de un objeto artístico y siempre de una forma científica. Y quien habla en esa forma científica del suicidio, como de un objeto artístico, y con tal claridad que sólo podía avergonzar a todos interiormente, ése no comete un suicidio. Hasta que, sin embargo, cometió el suicido.
En el extremo máximo de lo mínimo, ella escribió, dijo, una sentencia inmaculada:
nueva puesta en abismo de las finitas interrupciones de la infinita soledad.
Columbo, agitando su demencia senil por las veredas de Beverly Hills. Kung Fu, ahorcado en un juego de erotismo. La heroicidad es un tigre de papel.
Le digo a Dama, aunque en realidad no lo digo sino que escribo cuando lo digo, que entiendo muy bien que Roithamer odie palabras como arquitecto o arquitectura y que jamás las pronuncie y nunca acepte que otros las digan en su presencia sin espantarse, porque son, como dice Roithamer, abortos verbales que un pensador nunca puede permitirse. También le digo, escribiendo, que es la mejor manera de decir lo que se debe decir, que entiendo: construir es una palabra hermosa, tal como afirma Roithamer, de la que derivan constructor y construcción, dos de las palabras más bellas que tiene el lenguaje, que no tiene tantas palabras, o tiene demasiadas palabras y pocas palabras hermosas. Le digo que entiendo a Roithamer porque en toda construcción va implícita la demolición y quien construye va demoliendo y demoler al mismo tiempo que construir está en nuestra naturaleza humana así como en la naturaleza, aunque esto último lo pienso yo y no estoy muy seguro de que Roithamer lo piense; y le digo que sé que ella, Dama, y yo, hubiéramos querido estar en la buhardilla de Roithamer un fin de semana, todo un fin de semana, como sus oyentes, escuchando toda una noche las frases que Roithamer nos dijera sobre la belleza del arte de construir, sobre la construcción, y también sobre la demolición aunque no dijera nada de ésta última, y escuchando, toda una noche, las explicaciones de Roithamer sobre la palabra circunstancia, la palabra condición y la palabra consecuente.
No eres una sola persona y no tienes una sola historia.
Eres quien ha vivido siempre en la misma casa y en la misma habitación y recorrido las mismas calles camino de la oficina y también eres quien huye sin sosiego y no encuentra amparo en ninguna parte. Eres cualquiera y no eres nadie, quien tú inventas o recuerdas y quien inventan y recuerdan otros. Eres lo que no sabes que podrías ser si te vieras arrojado de tu casa, de tu país, si te hubiera detenido una patrulla. Eres Jean Améry viendo un paisaje de prados y árboles por la ventanilla del coche en que lo llevan preso; eres Eugenia Ginzburg escuchando por última vez el ruido peculiar con que se cierra la puerta de su casa; eres Margarete Buber-Neumann que ve la esfera iluminada de un reloj en la madrugada de Moscú, unos minutos antes de que la furgoneta en que la llevan presa entre en la oscuridad de la prisión; eres Franz Kafka descubriendo con asombro, con extrañeza, casi con alivio, que el líquido caliente que estás vomitando es sangre. (Muñoz Molina, Sefarad)
En defensa del suicidio II. No hay la mínima locura en terminar la vida por mano propia. La locura, si es que existe una cosa semejante, es permitirse no hacerlo.
Crazy Old Man
En defensa del suicidio. Una vez tomada la decisión de suicidarme me resolví por la forma menos dolorosa. Excluí, por razones prácticas y estéticas, la posibilidad de ahorcarme, dispararme un tiro, saltar al vacío u otras formas de suicidio. El uso de drogas me pareció el camino mas satisfactorio. Y por el lugar, tendría que ser mi propia casa, cualquiera sean los inconvenientes para mi familia. Como una suerte de trampolín, al igual que Kleist y Racine, pensé en la compañia de una amante o un amigo, pero habiendo elevado la autoconfianza, decidí seguir adelante solo. Nosotros los humanos, siendo animales humanos, tenemos un miedo animal a la muerte, la así llamada vitalidad no es otra cosa que fuerza animal. Mi sistema parece gradualmente haberse liberado de esa fuerza animal, teniendo en cuenta el poco interés que me queda por el alimento y las mujeres. El mundo en el que estoy ahora es uno de enfermedades nerviosas, lúcido y frío. La muerte voluntaria debe darnos paz, si no felicidad. Ahora que estoy listo, encuentro la naturaleza mas hermosa que nunca, paradójico como suene.
Rynosuke Akutagawa a un amigo antes de suicidarse, en 1927, a los 35 años de edad.
En el lago -pero no en el lago sino en una casa de baños-, Gimpei no pudo ver cuando ella metió uno de sus finos dedos en su oído. Lo giró lentamente. Es como el susurro de amor de un ser de sueños, dijo Gimpei: desearía que limpiara todas las voces humanas que tengo alojadas allí, para poder oír sólo su bella voz. Hasta las mentiras podrían desvanecerse.
Cada mañana despertamos creyendo ser la misma persona, pero no somos uno y nuestro pasado es infinito.
Oh… en mejores palabras que las mías, Muñoz Molina: No eres una sola persona y no tienes una sola historia, y ni tu cara ni tu oficio ni las demás circunstancias de tu vida pasada o presente permanecen invariables. El pasado se mueve y los espejos son imprevisibles. Cada mañana despiertas creyendo ser el mismo que la noche anterior y reconociendo en el espejo una cara idéntica, pero a veces en el sueño te han trastornado jirones crueles de dolor o de pasiones antiguas que dan a la mañana una luz ligeramente turbia, y esa cara que parece la misma está cambiando siempre, modificada a cada minuto por el tiempo, como una concha por el roce de la arena y los golpes y las sales del mar. Eres cada una de las personas diversas que has sido y también las que imaginabas que serías, y cada una de las que nunca fuiste, y las que deseabas fervorosamente ser y ahora agradeces no haber sido.
No tengo lengua: ríe, el mundo reirá contigo; llora, estarás solo. Aunque soy peor que una bestia ¿tengo derecho a vivir? Chan-wook Park, Oldeuboi (Oldboy)
A las cinco de la tarde (la misma hora que un repetido berrinche de Lorca); a las cinco de la tarde, entre lenguajes fatigados, junto al paso fúnebre del expulsado vacilante, con la niebla cubriendo leones, teléfonos muertos, clavos, relojes, calcetines, una postal del Africa (sonriente), gárgolas, gárgaras, durmientes y azúcar derramada; a las cinco en punto de la tarde, tiempo de la demasía y la copulación de los objetos, se encontró impedido de someterse al silencio perpetuo: decidió suicidarse en su mirada.
Y entonces salí, luego de abrir la ventana. No para expulsar ningún olor material, sino para ventilar una impresión. Strindberg, Solo.
¿Habremos quedado allí, donde el tiempo nos colmó los ojos, penetrándolos de su cal y su misterio? Cada aliento que hicimos fue un examen transparente; cada palabra de silencio, un reflejo; cada silencio, un grito.
Entonces Lefeu habló: el desamparo de un hombre que ronda la cincuentena, en cuyo catre yace una mujer quince o veinte años más joven que, por una parte, muestra una insaciable tendencia a la copulación y, por otra parte, apenas es accesible lingüísticamente durante el orgasmo, y menos aún en el posterior relajamiento, porque se ha dado toda entera a las palabras y manifiesta una inclinación peculiar a fijar sus ojos abiertos sobre el cielo raso, ese desamparo, decía, es doble: es físico, es espiritual. Físico, puesto que ha llegado hasta los límites de sus fuerzas decrecientes; espiritual porque, a pesar de un acervo de lecturas muy voluminoso y de una no despreciable capacidad de compenetración o empatía, no sabe lo que se encuentra en el fondo del comportamiento extraño, tal vez absurdo o demente, de la mujer, y comprende todavía menos de qué modo se la podría reintegrar a un mundo entendido como suma de experiencias que se reflejan en palabras y frases llenas de sentido, un mundo articulado según una estructura lógica o, al menos, interpretable mediante una estructura similar. Así, por ejemplo, un hombre en tal situación no podrá evitar preguntarse si ciertas formas de poesía que comienzan arrogantemente por renunciar al sentido de las frases y finalmente al sentido de las palabras, son causa o consecuencia de la alienación. Entonces, el sentido común se ríe sarcásticamente y da a entender que casi nadie ha perdido la razón por alinear sílabas sin sentido. Los poetas dadaístas no estaban locos: loco fue aquel que, sin adornos, y haciendo justicia a las cosas, dijo que abril y mayo y junio estaban lejos, que sentía una gran merma en su ser y que había perdido el gusto de vivir, Améry.
Lefebvre. Seguramente la historia no vuelve jamás hacia atrás. El tiempo existe: es irreversible y la necesidad tiene un sentido. No resucitaremos a los muertos, y las energías malgastadas están irremediablemente perdidas. Sin embargo, no admitir lo irreparable es una forma de admitir la primacía de lo humano.
Stendhal. Dijo alguna vez, para ser romántico hay que tener coraje, pues sólo quien se arriesga puede serlo.
Pregunta. Entonces, ¿cuál ha de ser la resistencia del hilo que atraviesa la efervescencia de Stendhal hasta Lenin y de Lenin hasta nosotros?
Stendhal. ¡Abajo la épica! ¡Viva el drama!
Lefebvre. Un tabique siempre más resistente, más opaco, más duro nos separa de lo posible. Del otro lado, siempre más lejano y, por lo tanto, más cerca de nuestros brazos: ¿qué? No un doble. No un reflejo. Yo, nosotros.
Pregunta. ¿Cómo no optar por ese posible?
Lefebvre. El viejo topo, la revolución, tomó alas y ha volado.
¡Pregunta! ¿Volverla a tierra?
La revolución, como el amor, está por reinventarse.
¿Es tu sombra la que se petrifica en dos sombras simultáneas, un tiempo al interior de un tiempo? (Camargo)
Después de la pura furibundia y pasado el patrio día, es necesario regresar a la literatura, dijo Delgado relojeando la botella sin mucho disimulo. ¡Eso mismo! respondió Viscarra acercando los vasos: preferimos palabras y mujeres cuando decrece, preferimos alcohol cuando inflama. Después nos miró un poco sorprendido: ¿y cuándo sucedió que salimos, si nunca ha sido posible salir?
Para defender los negocios y negociados de las grandes editoriales, la redactora de La Nación Susana Reinoso escribe muy suelta de cuerpo y lengua: Sigmund Freud, Gregorio Klimovsky, Mario Bunge, Néstor García Canclini, Beatriz Sarlo, Eliseo Verón, Guillermo O’Donnell, Karl Marx, Anthony Giddens, Michel Foucault y Gilles Lipovetsky integran la lista de autores más perjudicados por el fotocopiado ilegal de libros en el país. Olvida la señora, pluma en alquiler por dos centavos, que varios de los mencionados están muertos y poco puede perjudicarse a su cadáver, hace años devorado por los gusanos salvadores. Y no es todo. Más allá, o más acá, de la ensalada energúmena que implica adobar a nuestra inefable Beatriz Sarlo con los trazos de Freud o de Foucault, esta señora de La Nación, bobita y patán a sueldo en su pura desvergüenza, viene a reclamarnos por los derechos de Karl Marx desde un diario que si por algo se ha destacado en su negra historia es por alentar genocidios, quema de libros y desapariciones sobre todo aquello que oliera mínimamente a marxismo o rebeldía de color. Y la bobita, señora servil y genuflexa, olvida (o más probablemente ignora) que ese tal Marx, que no era marxista pero sí revolucionario, murió hace ciento veintiséis años sin haber transado jamás un mínimo negocio con sus libros. Y también olvida (y seguramente ignora) que muchas de las obras del viejo cascarrabias tienen ya siglo y medio de paridas y que ese simple hecho natural las pone, desde hace largo tiempo, bajo el régimen de dominio público. Bobita, a destajo.
Falta justo un año para el bicentenario del paisito extremo y aparecen las preguntas por el intrincado laberinto del ser nacional. Sabemos que semejante cosa no existe ni existió nunca. Pero si alguna representación de ese misterio de ultratumba fuera posible, no estaría en las imágenes desteñidas de Belgrano o de Sarmiento. Ni tampoco en las de Borges, Cortázar, Arlt, Gardel, Piazzolla, Ginastera o Marta Argerich. Ni siquiera en las figuritas tambaleantes de Maradona, Perón o Charly García. El esponjoso ser nacional más bien debe parecerse a un gordito cara nada, con cerebro de tarántula y sonrisita cínica: un hipócrita adulón y tramposo. Sobre todo, un magnífico cobarde. Aunque no nos guste para nada -y nos cause miedo-, sospecho que nuestro reclamado ser nacional tiene un semblante y un espíritu muy parecidos a los de Alfredo Astiz.
Los antiguos yahoos del cuento de Borges se revuelcan entre la mierda y devoran con agrado la carne rancia y las cosas fétidas. Hacen el amor en presencia de todos, al estilo cínico, pero son en extremo decorosos en otros aspectos: se ocultan para comer, castigando duramente a quien es visto cuando se alimenta. Estos yahoos borgeanos son insensibles a las fantasías teológicas de Brodie, al lenguaje fantasmagórico de los extranjeros cultos y a la hipocresía de la fama: si alguno de sus poetas alcanza el éxito cualquiera de la tribu puede matarlo. Muy diferentes son los internéticos yahoos contemporáneos, hijos de la locuacidad informática y las cruzadas supersticiosas. También se revuelcan entre los desechos y disfrutan de la fetidez del pensamiento y la sangre ajena. Pero no tienen decoro de ningún tipo y, a pesar de la estupidez reiterada de su fama, manifiestan gozar de buena salud e impunidad extrema.
Ningún recuerdo entrega futuro. Todo pasado individual, como escribió Strindberg, es sólo paja de establo en la cual crece el presente. Paja enmohecida y fermentada; vuelta niebla, espesa. Desde un punto de vista estrictamente personal: no hay nada atrás que valga la pena. Sucede lo contrario que con la historia y la sociedad. Para el individuo, aislado, el origen no está nunca en el principio. El origen se encuentra en el final. Más precisamente: cuando forcejea con él.
Arango. La mujer y yo quedamos junto al cadáver abandonado. Haga algo por él, usted que puede, dice con una voz trémula. Esa voz me conmueve por la cantidad de amor y de dolor, como de nostalgias y de esperanzas rotas. Soy el único que puede hacer algo por él , digo. Y agrego: traté de ayudarlo, pero fracasé. La mujer se aleja. En sus pasos descubro el cansancio y el peso de una desesperación superior a sus fuerzas, pero no puedo ayudarla. Sin más esperanzas, yo recojo mi cadáver y me marcho con él.
Dejo el rastro de las notas, parciales, incompletas, que piden por su propio espacio. Ya no son mías: han escapado al proyecto, y tal vez al futuro.
El registro ¿imaginario? de Omar Genovese
Los genios mueren de cáncer al cerebro. A los cantantes -y a los oradores- les asalta el cáncer en la garganta. Dicen que la pasión no tiene órgano que la contenga. ¿Será verdad, entonces, que los apasionados sólo pueden suicidarse?
Existir es vivir como mortal. El sueño nos hace infinitos. Pero hemos de existir junto a otros mortales. Así, cuanto más nos acercamos a los sueños, más rápido se extinguen.
Mario, la tregua y final. El hombre ya era un hombre mayor cuando una palabra suya, generosa, cayó en mis manos. En verdad, el hombre siempre ha parecido ser un hombre mayor, o lo ha sido. Pero ese hombre que siempre fue mayor (o lo ha parecido) tuvo algún sentido cuando yo no lo era. Después supe extraviarlo: a él, a su palabra, a su generosidad. Tal vez no fuera sino escamoteo: la palabra de ese hombre mayor giraba atropelladamente, dueña del tiempo y un día se detuvo, sin demasiado escándalo. Fue desplazada por otra palabra, tan atropellada y dueña del tiempo como la suya, aunque ajena, menos generosa. Entonces olvidé al hombre mayor que, tal vez, solo, parecía mayor. ¿Quién era él, para interpelarme? Lo puse en jaque: lo dejé sobrevivir por sí mismo, sin mover un dedo. No se puede querer por mucho tiempo a quien no le habita el abismo.
Después, un día, la muerte sopla hacia atrás. Nos echamos cara a tierra con el miedo y es la muerte, no la generosidad, la que clausura los abismos.
En todos los tiempos y en todas las lenguas del mundo se ha querido buscar la respuesta al enigma de la literatura. Tal vez Platón fue el primero en hacerse la pregunta e intentar contestarla: ¿qué es la literatura? De allí en más, montañas de palabras y explicaciones a lo largo de los siglos. Hoy sabemos: ninguna definición sobre la literatura alcanzará jamás el consenso y la ubicuidad; ninguna definición logrará definirla. Pero yo encontré mi íntima respuesta en un pequeño relato de Galeano. No lo hallé ahí porque Galeano se haya formulado la pregunta (si se la hizo alguna vez, no fue en ese relato), y seguramente él no apoyaría mi presunción altanera. Cuenta Galeano que en un viaje de regreso a Montevideo leyó la última novela de José María Arguedas, El zorro arriba y el zorro abajo. Novela que el peruano dejó inconclusa y que fue publicada un par de años después de su muerte, cruzada con partes de su diario personal atiborrado de pensamientos acerca de su propio suicidio. En esa novela Arguedas elogia a Onetti de la manera más excelsa: había escrito que estaba en Santiago de Chile, pero quería estar en Montevideo para encontrarse con Onetti y apretarle la mano con que escribe. A poco de llegar a Montevideo Galeano visita a Onetti, que estaba, como casi siempre, en la cama, entre botellas y montones de cigarrillos apagados. Le comenta de la novela de Arguedas y de su elogio. Onetti no sabía nada: aún no había leído la novela. Hacía poco tiempo que Arguedas se había disparado a sí mismo en una de las aulas de la Universidad Agraria, en el Perú. Después de un rato de silencio y miradas esquivas, Galeano levanta los ojos y se encuentra con las calladas lágrimas de Onetti. En esas lágrimas, recostadas entre la pereza, el tedio y la desaprensión del mayor escritor latinoamericano del siglo veinte, he hallado mi mejor respuesta a la pregunta por la literatura.
Como sueño, yo no lo estoy.
Me abandono por las noches a mis sueños, antes que me dejen el día.
No amo. Me asusta amar.
Como sueño, yo no lo estoy.
Ya no sueño. Ya no.
Como sueño, sueño la audaz melancolía, un grito solitario hendiendo mi carne de tedio.
Como sueño, yo no lo estoy.
En el tormento de mi noche, cuando no sé qué camino, pago cien veces mi deuda.
Con las brasas del sueño.
No quedan más que cenizas de la sombra de una mentira que me he obligado a oír.
Y la blanca plenitud, no era como el viejo interludio.
Una mujer de finos tobillos clavó la pena.
Dejando apenas remordimiento: haber visto la luz nacer sobre la soledad.
Como sueño, yo no lo estoy.
Iré a descansar, la cabeza entre dos palabras.
Me abandono por las noches a mis sueños, antes que me dejen el día.
Como sueño, yo no lo estoy.
Ya no sueño.
(Leolo)
Clastres. La vocación de antipensamiento: triste rumiar que aparta a la vez del saber y de la alegría: por cierto, es menos fatigoso bajar que subir, pero ¿acaso no piensa lealmente el pensamiento sólo yendo cuesta arriba?
Se puede afirmar: uno pierde el tiempo o, sencillamente, lo pierde. Dejarse llevar por las confesiones y, como se dice, ser víctimas de nuestra propia locuacidad. Logramos –cada tanto- ser alegres, ocurrentes; sanos, aunque no de cuerpo. Sabemos muy bien: la muerte es algo escandalosamente cercano. Hemos caído ya en la tumba, pero salimos de ella cada tarde, tratando de escamotear el futuro. ¿Todas? No todas: sólo cuando un fantasma sacude nuestras puertas.
¿Cuántas veces hemos de capitular? Tratamos con una herida imposible, o con una lotería. Desearía declararme neutral; sobre todo, no morir en una forma grotesca, ordinaria. La pregunta de Klüge: ¿qué vínculo es más fuerte que una pareja de amantes? La respuesta de Klüge: un asesinato, cuando ambos saben que lo hizo el otro.
Pertenezco a una generación cuyos miembros arrastramos la carga y el privilegio de ser sobrevivientes. Nada más cierto para nosotros que esa frase inolvidable: el peso de las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Porque son los muertos de nuestra propia generación quienes nos oprimen: los que fueron nuestros propios amigos. ¿Qué hubiera sido de ellos –y de nosotros- si no los hubieran asesinado y estuvieran todavía vivos? ¿Qué hubiera sido del presente si tanto sacrificio, si tanta energía resistente, tanta risa, tanto fervor y tantas ganas y hasta tanta belleza hubieran estado hoy vivas? ¿Sería igual el mundo? ¿Seríamos los mismos nosotros? Estamos inscriptos en una estela siniestra cuyo efecto se prolonga en el presente, para todos.
(Don León y las desventuras del sujeto político)
Zaffaroni, que no zafa: Lo que yo propongo es poner la situación acorde a la Constitución y juzgar a los menores desde los 14 años. ¿Y por qué no desde los once años? ¿desde los ocho? ¿desde el embrión en el útero de sus madres? ¿por qué no juzgar –preventivamente- al óvulo y al espermatozoide, pareja impune de delincuentes en serie, si ya sabemos que el futuro de su engendro está sellado en la hipocresía de la justicia?
La delincuencia tiene utilidad económico-política en las sociedades que conocemos. La utilidad mencionada podemos revelarla fácilmente: cuantos más delincuentes existan, más crímenes existirán; cuanto más crímenes hayan, más miedo tendrá la población y cuanto más miedo en la población, más aceptable y deseable se vuelve el sistema de control policial. La existencia de ese pequeño peligro interno permanente es una de las condiciones de aceptabilidad de ese sistema de control, lo que explica por qué en los periódicos, en la radio, en la televisión, en todos los países del mundo sin ninguna excepción, se concede tanto espacio a la criminalidad como si se tratara de una novedad cada nuevo día. Desde 1830 en todos los países del mundo se desarrollaron campañas sobre el tema del crecimiento de la delincuencia, hecho que nunca ha sido probado, pero esta supuesta presencia, esta amenaza, ese crecimiento de la delincuencia, es un factor de aceptación de los controles.
(Michel Foucault, en una conferencia dada en el Brasil, en 1976).
(y, todavía, Klüge)
Fui mal aconsejado en mi desespero.
Pero peor consejera aún fue mi lucidez.
Siento frío.
Narosky y/o/léase/ Narodowski.
Sí, tal vez sea el tiempo de una banda delictiva intelectual.
No se me preguntó y se comprende: no soy escritor, no me considero argentino y dudo mucho ser contemporáneo. Sin embargo, mi respuesta a esa encuesta que no me llegó es que sí, yo vivo de la literatura. Paso los días haciendo el verso a varias docenas de personitas y personotas, y me pagan por eso. No mucho, es verdad, pero lo suficiente para la olla, el vino tinto e internet.
Sr. cantante de cámara, usted es célebre por su apasionada expresividad en el acto I. Se ha escrito que en su rostro se vislumbra un rayo de esperanza. ¿Cómo logra un hombre sensato como usted expresar esto si ya conoce el espantoso final del acto V?
Todavía no lo conozco en el acto I.
¡Ha interpretado la obra 84 veces!
Sí, es una ópera muy exitosa.
Entonces debería conocer el horrible final.
Así es; pero no en el acto I.
¡Usted no es tonto!
Por supuesto que no.
Es decir que a las 8:10, en el acto I, ya sabe por sus anteriores actuaciones qué sucederá a las 10:30 en el acto V.
¿Y qué?
¿Entonces por qué actúa con un rayo de esperanza en su rostro?
Porque en el acto I aún no conozco el acto V.
¿Quiere decir que esta ópera podría tener otro final?
Posiblemente.
Pero hace 84 veces que no es así.
Sí, porque es una ópera muy exitosa.
Eso explica las 84 representaciones; sigue sin tener un final feliz.
¿Tiene algo en contra del éxito?
No; pero el acto V no tiene un final feliz.
Sin embargo podría tenerlo.
Klüge: el poder de los sentimientos.
Poco antes de ser asesinada Rosa Luxemburg dijo que existían dos futuros posibles para Alemania (y para toda la humanidad): Socialismo o Barbarie. Ahora sabemos que estaba equivocada: había sólo un futuro, el presente, bárbaro.
En sus comienzos fueron el indio y el gaucho, después: los anarquistas, más tarde: cabecitas negras, no hace mucho: el subversivo apátrida, unos pocos años atrás: los piqueteros. Ahora, a falta de un rótulo más bizarro, bien vale la etiqueta: los delincuentes. Pródigo país: siempre habrán de existir elementos antisociales sobre los que afirmar nuestros paranoicos alaridos por el orden, nuestros espasmos reaccionarios, nuestra infinita vocación autoritaria.
Tiene miedo de morir. Se asoma a la ventana, con mirada de no ver. La lluvia cae, afuera, en la calle, barro y charco: un ternero joven busca montarse sobre una vaca enorme, fracasa intento tras intento. Detrás suyo, la mujer duerme, o hace que duerme. Poco después la sospecha hará que despierte; el marido camino a casa. La mujer le dirá que se marche; antes, se agachará sobre una palangana, agua fría para higienizarse. No la ve, escucha el sonido de sus manos arrastrando el agua hasta el sexo. Lo sabe: una pequeña parte de él se está diluyendo en el agua de la palangana; otra parte en el agua que cae, afuera. Antes que el marido abra la puerta, estará mojándose bajo la lluvia, entre las vacas mansas y el ternero insistente. Habrá que esperar, se dice: el otoño es de barro. Cuidado con patinar. Se lo puede ver, de espaldas, alejándose, caminando entre los charcos, mojándose. No soy yo quien lo ve, aunque lo esté mirando. Tampoco es el cristal de la cámara. Ni el ojo del director. Se lo puede ver, bajo la lluvia, con miedo a morir. Esperando mientras camina. Sólo el viejo médico lo puede ver, aunque todos los demás lo estemos mirando. El viejo médico, respirando duro, agrio, sentando en un sillón enorme, detrás del escritorio, detrás de la ventana, detrás de la lluvia, quien de verdad puede ver. Por esa razón es el único que escribe. El viejo médico bufa, se sirve una copa de licor de guindas, toma el lápiz, escribe: se ha asomado a la ventana, tiene miedo de morir, la mujer estará durmiendo todavía, aunque tendrá que irse pronto porque el marido está por llegar, saldrá a la calle, bajo la lluvia y sobre el barro, caminará. Cuando él ya no esté a la vista, el viejo médico dejará el lápiz sobre el escritorio y se servirá más licor de guindas. Respirará hondo, se dormirá entre los brazos del sillón enorme. Por la noche, él lo sabe, todos estarán en la taberna, borrachos, la mujer bailando hasta la muerte o la resurrección de todos, y todos, menos el viejo médico, escucharán, sin festejos, un único tango, el tango de Satán.
Grizzly Man. Nunca será suficientemente repetido: en la Naturaleza no existe candidez ni ternura. Allí todo se resuelve entre comer y ser comido. Un oso defeca impunemente mientras pelea con otro oso, enorme, por una hembra. Nunca va a aceptar que un hombre quiera amarlo. Los osos no son cariñosos. Comer, ser comido, nada más: aquel que no lo comprende acaba en los intestinos de un carnívoro, masticado con majestuosa indiferencia. Puede que Treadwell haya encontrado el sentido de su vida -y de su muerte- entre la mierda caliente de un mastodonte pardo, pero los osos no tienen nada que ver con eso, ni les importa. Existen unos treinta y cinco mil osos en Alaska. La más miserable entre todas las personas del mundo vale infinitamente más que todos esos animales juntos. En el planeta ya hay demasiadas películas sobre osos, demasiadas fotos con osos y demasiados osos.
El Papa pide fidelidad y abstinencia sexual en un continente en el que las violaciones de mujeres, y de niñas, son un arma de guerra y un gravísimo problema en la paz (…). Esta insistencia de hablar de sexo donde se muere de hambre demuestra cuando menos una ignorancia enciclopédica de la realidad por no decir otra cosa más grave. Desconozco cuál es la jerarquía de pecados y valores en el seno de la Iglesia, pero por encima del sexo debería estar la misericordia. O, al menos, el silencio. El Papa, África y los preservativos.
Zizek. ¿Qué tienen en común directores como Hitchcock, Tarkovski, Kieslowski y Lynch? Cierta autonomía en la forma cinematográfica. La forma no está aquí sencillamente como vehículo del contenido: la forma tiene un mensaje por sí sola. Es una especie de “materialismo cinematográfico” debajo del nivel del significado. Significado espiritual pero también significado narrativo. Tenemos un nivel más elemental de las mismas formas comunicándose entre sí, interactuando, reverberando, haciendo eco, transformándose las unas en las otras. Y este trasfondo de proto-realidad, es una realidad más densa, más fundamental que la realidad narrativa, que la historia que observamos.
Algunas frases, por demasiado repetidas, nos generan cansancios. Otras, nunca suficientemente repetidas, nos mantienen alertas. Por caso, esta de Brecht: Si la gente quiere ver sólo las cosas que pueden entender, no tendrían que ir al teatro: tendrían que ir al baño.
En la película: el poeta, que ha extraviado lenguajes, compra palabras a los aldeanos para completar sus versos. Más tarde, un mocoso de los que limpian los parabrisas de los autos en las calles por dos monedas se entera de la historia del poeta que compra palabras. El niño, que no arraiga (¡ni nunca!) palabras propias, se esmera en robar palabras de paso para luego vendérselas al viejo escritor, por una moneda. El viejo ya tiene (o tuvo, antes) todas las palabras y no le son necesarias. De la presencia del niño necesita, no de las palabras. El niño no necesita del viejo, las monedas del viejo le son necesarias. No importa cuál, la mutua necesidad une sus distancias imposibles. Fuera de la película: el mocoso, que no posee palabras, tampoco las roba. Cuando puede, roba monedas. El viejo, que tiene (o tuvo) todas las palabras, que no necesita niños ni tampoco monedas, se deja languidecer en la única ebriedad posible, la muerte.
El Stalker se detiene justo antes de entrar al cuarto y reza y los otros se detienen con él. Aunque el camino haya sido particularmente duro y lleno de trampas mortales todos regresan sin atreverse a cruzar la línea: una gota de agua mas una gota de agua no hacen dos gotas de agua, sino apenas una gota más grande. Andrej necesita tres intentos hasta cruzar la pileta vacía y sulfurosa llevando una vela encendida para salvar el mundo. Él, como nosotros, ya no puede salvarse. –Puede, sí, convertirse en fuego sobre una estatua y desfallecer llamando a un perro (que no es el mismo perro de antes todo el tiempo, aunque a veces lo es).
La Nostalgia no descansa sobre nada: si existe es sólo en la medida en que la imagen poética existe.
Pese a todo, la razón está en Anatol. ¿Para qué exhibirme y por qué dar a la imprenta mis textos si en lo que yo escribo sospecho que no hay nada más que una ceremonia íntima y egoísta, una especie de interminable y falsificado chisme sobre mí mismo?
El arte es desaparecer.
Zizek. Durante la Séptima Cruzada, al mando de San Luis, Yves le Breton contó que se había encontrado en cierto momento con una anciana que vagaba por las calles con un plato en su mano derecha, del que salían llamaradas, y con un cuenco lleno de agua en su mano izquierda. Al preguntarle la razón por la que llevaba las dos vasijas respondió que con las llamas iba a prender fuego al paraíso hasta que no quedara ni rastro de él y con el agua iba a apagar las llamas del infierno hasta que no quedara ni rastro de ellas, porque no quiero que nadie haga el bien con el fin de ganarse la recompensa del paraíso o por miedo al infierno, sino sola y exclusivamente por amor a dios. Hoy por hoy, esta actitud ética, verdaderamente cristiana, se mantiene viva exclusivamente en el ateísmo.
En Shoah de Lanzmann, un sobreviviente de Treblinka: mientras permanecemos vivos estamos condenados a la esperanza. Exactamente, y es esa nuestra mayor desgracia.
Aclaración, posiblemente innecesaria. Este Robinson, que murió como invasor del ejército israelí en el norte de Gaza y que era miembro de uno de los numerosos grupos de artillería que disparan furia y horror sobre los palestinos no tiene nada que ver con nuestro Robinson, aquel que fuera abatido por balas embebidas en despecho. Este Robinson, el que aceptó entrar en Gaza a los cohetazos, no arrastra ni un gramo de heroicidad ni honor y merece el desprecio que merece todo el que apoye con su hombro y su fusil a un Estado genocida. Sin embargo, por indicaciones del canciller argentino Jorge Taiana, el embajador de nuestro país en Israel se comunicó con los familiares de este Robinson, el soldado hijo de argentinos que murió en Gaza, para solidarizarse en este doloroso momento y enviarles las sinceras condolencias del gobierno argentino.
Siempre se oye hablar de intentos israelíes de manipular los medios. El propio ministerio de exteriores israelí está orquestando esfuerzos de propaganda destinados a inundar sitios noticiosos en Internet con argumentos e información pro-israelíes. Spam de la Hasbará.
En noviembre de 2007 hemos acudido a la Conferencia de Annapolis y nos han prometido poner fin a este conflicto en el plazo de un año. Desde Annapolis hasta hoy día, se han aumentado los asentamientos casi 38 veces, y habían completado su política de judeizar Jesuralén oriental, y se habían aumentado los controles militares del ejército israelí en Cisjordania desde 574 controles hasta 632. Y, además de todo ello, se aumentó el número de detenidos palestinos hasta casi 11.000 detenidos en cárceles israelís, e Israel sigue construyendo el muro racista en el corazón de los territorios palestinos ocupados. Quien hace este tipo de políticas no quiere la paz. Musa Amer Odeh Delegado general en España de la ANP.
Números. 17 días, 920 muertos, 350 niños asesinados, más de 4.200 heridos, un millón y medio de personas encarceladas, toneladas y toneladas de plomo fundido y del otro; infinita vergüenza.
Nosotros, oficiales de combate de la reserva y soldados de las fuerzas de defensa de Israel declaramos por este medio que no continuaremos luchando más allá de las fronteras de 1967 para dominar, expulsar, hambrear y humillar a una población entera. Continuaremos sirviendo a la fuerza de defensa en cualquier misión que sirva a la defensa de Israel. Las misiones de la ocupación y de opresión no responden a este propósito y no tomaremos parte en ellas. Courage to Refuse.
Vía Tierra metida.
Veinte israelíes muertos en los alrededores de Gaza en el espacio de 10 años es, ciertamente, una triste cifra. Pero seiscientos palestinos muertos en poco más de una semana –y miles de palestinos muertos desde 1948, cuando la masacre que los israelíes perpetraron en la aldea Deir Yassin produjo el éxodo de los palestinos de esa parte de Palestina que se convertiría más tarde en Israel- es una cifra que nos sitúa en una magnitud diferente. Esto ya no se parece a uno de esos derramamientos de sangre típicos de Oriente Medio, sino a una atrocidad equiparable a las de guerras balcánicas de la década de 1990. Y, naturalmente, cuando un árabe se agite con furia incontrolada y proyecte su ira ciega e incendiaria contra Occidente, diremos que no tenemos nada que ver con ello. ¿Por qué nos odian?, nos preguntaremos. Pero no digamos que ignoramos la respuesta. Robert Fisk.
A la derecha (y si: para espanto de la razón líquida todavía escribimos –de vez en cuando- en términos de izquierda y derecha) sea local, norteamericana, europea, israelí, árabe o ubicua, se le pueden adosar numerosos adjetivos. Pero a algunas el que mejor le cabe es el de estúpida (no por eso menos peligrosa). Al canto:
El 6 de septiembre, en Recife, Brasil, con ocasión de inaugurarse la fábrica Impsa, un sacerdote roció con agua bendita a Cristina, y tras maldecirlo con la mirada, demoró diez minutos en secársela con pañuelo y abanico, para que ni rastros quedara del sagrado líquido. Similar actitud despreciativa había tenido Néstor Kirchner, el 30 de septiembre de 2006, cuando asistió como presidente a la inauguración,en El Calafate, de una nueva flota de barcos de paseo de la empresa Fernández Campbell. Sabemos por los relatos de los grandes exorcistas —baste repasar la Summa Demoníaca de Fortea—que los demonios se retuercen ante el agua bendita, como sabemos de las crispaciones terribles de los posesos o infectados cada vez que la misma rocía sus cuerpos. Saque el lector las conclusiones que quiera. Las nuestras son tan simples cuanto rotundas. Satán anda enseñoreado en la democracia y en sus actuales protagonistas, sino como león rugiente, al menos como rata rabiosa y depredadora vestida de percal. Es preciso estar sobrios y vigilantes, resistiendo firmes en la Fe, como lo enseñara San Pedro. Cabildo, octubre de 2008.
Sin comentarios. Estas mínimas son un espacio pequeño, diminuto, de autorreflexión y, cuando es posible, dan lugar a algún intento estético de la palabra. No son un foro de discusión, aunque no pocas veces se ha puesto en práctica la discusión sobre lo escrito. Cada cual conoce el horizonte de sus límites: el mío comienza cuando alguien viene a cacarear en los comentarios las bondades del genocidio, cualquier genocidio. Existen en internet innumerables blogs y otros tipos de espacios que alientan la propaganda sionista y defienden las prácticas genocidas que el Estado de Israel lleva adelante contra los palestinos ahora en Gaza y desde hace más de 60 años en Palestina toda. Los portavoces de la embajada Israelí y el Mossad tienen sitios de sobra, tiempo de sobra, dinero de sobra y militancia de sobra para exponer y defender allí su moral de muerte. Aquí no.
Todos somos terroristas. O: el terrorismo que no cayó del cielo, cual rayo maligno e inesperado. La verborrea fácil y descuidada pro israelí, ahistórica y ciega, azuzada entre la cruzada capitalista neoliberal y ética posmoderna olvida –oculta- las alargadas raíces del terrorismo en nombre del cual regala licencias genocidas al Estado de Israel. La propia palabra “terrorista”, tal como escribe Terry Eagleton, lleva implícita la infravaloración; cuando no, queda reducida a la simple matonería: el terrorista es el salvaje fanático, que no se adapta a la convivencia moderna, que no respeta las legalidades de los estados constituidos ni –oh, pecado- las democracias capitalistas. Esta caricatura del terrorismo olvida –oculta- que el terrorismo es en realidad –otra vez Eagleton- una pura invención moderna. Como idea y práctica política emergió por primera vez con la Revolución Francesa, lo cual equivale a decir en realidad que el terrorismo y el Estado democrático moderno son hermanos gemelos. El terrorismo nació, en la época de Danton y Robespierre, como terrorismo de Estado y, al mismo tiempo, como terrorismo contra el Estado. Si hay Estado, hay terrorismo. Algo que los defensores de los “derechos de los Estados” gustan escamotear (además del curioso brinco de alienación: ya no son los seres humanos quienes poseen los derechos, sino que es esa fantasmagoría de las relaciones sociales llamada Estado el que los acapara).
Pero esto no es lo único que se esconde. Acorde a su condición posmoderna y atestada de pensamiento débil, el cotilleo pro israelí enmascara y niega la historia: nada más funcional a la práctica genocida que argumentar desde el puro presente. Terroristas fueron casi todas las organizaciones sionistas que actuaban en Palestina antes de la partición y la creación del Estado de Israel. Casi todas ellas realizaron atentados contra los mandatarios británicos y también para aterrorizar y desplazar a la población árabe. Desde 1920 la Haganah se ocupó de dinamitar casas árabes en la ciudad vieja de Jerusalén y aldeas campesinas. Lo mismo el Irgún, otra organización sionista que utilizaba unidades especialmente entrenadas para operar en las aldeas árabes en la década de 1940. El Irgún, junto a otra organización del sionismo, el grupo Stern, son los responsables de la matanza en la aldea de Deir Yasin, donde dinamitaron a los habitantes árabes en sus propias casas. Después de la proclamación del Estado de Israel, con estos tres grupos se forma el ejercito nacional israelí. El terror no llegó a Palestina de mano de los árabes ni de los musulmanes sino que se instaló allí desde las tinieblas iniciales del sionismo.
Desde hace algunos años Israel se presenta a su propia gente como víctima autojusticiera que se defiende contra un gran mal, el terrorismo musulmán. Como ha expresado Ilan Pappé cualquier “erudito” es reclutado “para explicar lo demoníaca y monstruosa que es la lucha palestina, si es dirigida por Hamas. Son los mismos eruditos que satanizaron a Yasir Arafat en una era pasada y deslegitimaron su movimiento Fatah durante la segunda Intifada palestina”. Es la misma ética verbal que justificó la ocupación y el despojo desde 1948, que llamó terrorista y antisemita a la OLP, a quienes se levantaron en las Intifadas y a cualquiera que reivindicara la causa palestina. La misma ética que legitimó durante todos estos años los campos de refugiados y el asesinato continuo de líderes e intelectuales palestinos. La que avaló durante décadas la práctica de la expulsión y el encierro, hasta hacer de Gaza el gueto concentracionario más grande del mundo. Poco de bueno puede surgir de un gueto sometido año tras año al despojo, el miedo y la barbarie, bien lo supieron los judíos de Varsovia. El terrorismo de Hamas es el hijo bastardo del terrorismo sionista; su encarnadura especular, carne de su carne, aunque sin su despliegue militar y sin sus voceros ilustrados.
Circula por mail un argumento vergonzoso en defensa del genocidio israelí, preguntando que haría la Argentina si desde un país fronterizo como Uruguay se amenazara su existencia, sugiriendo que deberíamos hacer con nuestros vecinos uruguayos lo que Israel hace con los palestinos en Gaza: una guerra de exterminio. Uno no dedicaría esfuerzos para atender semejante sofisma si no fuera porque esas palabras condensan la hipocresía social acumulada de un país como Argentina que basa su razón en un autoritarismo visceral y en el escamoteo de su propios genocidios. Nada nuevo: ese tipo de justificación era el utilizado por la dictadura procesista para encubrir sus asesinatos y desapariciones contra “el terrorismo apátrida con ideas foráneas” y también para promover conflictos con supuestos “enemigos” geopolíticos -en ese caso Chile, cuyos militares gobernantes, después de ser socios de los militares argentinos en la desaparición de personas, se transformaron en “una peligrosa amenaza externa”. Pero además la reiteración y el alcance internacional del actual sofisma deja entrever su origen en la internacional proisraelí: desde hace unos días los correos electrónicos en Brasil reciben el mismo argumento con pequeñas variantes –allí el país “atacado” es Brasil, obviamente-. Y hay que recordar que Barack Obama, en plena campaña electoral y de visita en Israel, afirmó, en una cínica versión hogareña del mismo sofisma, que si alguien amenazase a sus hijas durmiendo en su casa, se permitiría cualquier acto de agresión para defenderlas. Ligeras variantes para una misma idea: el mejor palestino es el palestino exterminado. Como ha respondido Emir Sader a ese hipócrita argumento: quien hoy no se indigne delante de la masacre israelí y se refugie en el silencio o en sofismas, perdió la humanidad hace mucho tiempo.
Doce reglas infalibles para la redacción de noticias sobre Palestina en los grandes medios de comunicación.
1) Siempre son los palestinos quienes atacan primero, y siempre es Israel quien se defiende. Esa defensa se llama “represalia”.
2) Los palestinos no tienen derecho a matar civiles. A eso se le llama “terrorismo”.
3) Israel tiene derecho a matar civiles. Eso se llama “legítima defensa”.
4) Cuando Israel mata civiles en masa, las potencias occidentales piden que lo haga con mayor prudencia. Eso se llama “reacción de la comunidad internacional”.
5) Los palestinos no tienen derecho a capturar soldados israelíes dentro de instalaciones militares con centinelas y puestos de combate. A eso hay que llamarlo “secuestro de personas indefensas”.
6) Israel tiene derecho a secuestrar en cualquier hora y en cualquier lugar a los palestinos. No se precisa prueba alguna de culpabilidad. Israel tiene derecho a mantenerlos secuestrados indefinidamente, aunque sean autoridades democráticamente elegidas. A eso se le llama “encarcelamiento de terroristas”.
7) Cuando se menciona la palabra “Hamas”, es obligatorio añadir en la misma frase “apoyados y financiados por Siria y por Irán”.
8). Cuando se menciona “Israel”, está terminantemente prohibido añadir: “apoyados y financiados por los EEUU”. Eso podría dar la impresión de que el conflicto es desigual y de que la existencia de Israel no corre peligro.
9) En informaciones sobre Israel, hay que evitar siempre que aparezcan las siguientes palabras: “Territorios ocupados”, “Resoluciones de la ONU”, “Violaciones de los Derechos Humanos” y “Convención de Ginebra”.
10) Los dirigentes palestinos, aunque hayan sido democráticamente elegidos para cargos públicos, son siempre “cobardes” que se esconden entre una población civil que “no los quiere”. Israel tiene derecho a aniquilar con bombas y misiles los barrios donde duermen. A eso se le llama “acción quirúrgica de alta precisión”.
11) Los israelíes hablan mejor inglés, francés, castellano o portugués que los palestinos. Por eso merecen ser entrevistados con mayor frecuencia y tener más oportunidades para explicar al gran público las presentes reglas de redacción. A eso se le llama “neutralidad periodística”.
12) Todas las personas que no están de acuerdo con estas reglas, son, y así debe hacerse constar, “terroristas antisemitas de alta peligrosidad”.
(Autoría colectiva en la red).
Mahmoud Darwish. La poesía no es posible sin metáforas, y la metáfora es el significado del significado. Pero hacer de la política una metáfora es querer matar el significado. Ver el Estado de Israel como un símbolo es intentar liberarle de su responsabilidad como Estado y de su sometimiento a la legalidad internacional: el símbolo no negocia ni rinde cuentas; pero el símbolo, y así es como yo lo entiendo, tampoco se arma con misiles, tanques y bombas nucleares. ¿De qué puede ser Israel un símbolo con semejante poderío, con semejante capacidad de destrucción, de ocupación y de aniquilación? Es cierto que los Estados tienen necesidad de símbolos, pero convertir al Estado mismo en símbolo no es más que una quimera para ocultar su naturaleza como fenómeno histórico.
About me: Sameh Habeeb, Gaza City, Gaza Strip, Palestine. I am Sameh A. Habeeb. I’m a Palestinian born and raised in Gaza. I’m 23 years old.
The untold story
“I keep the children away from the windows because the F-16s are in the air; I forbid them to play below because it’s dangerous. They’re bombing us from the sea and from the east, they’re bombing us from the air. When the telephone works, people tell us about relatives or friends who were killed. My wife cries all the time. At night she hugs the children and cries. It’s cold and the windows are open; there’s fire and smoke in open areas; at home there’s no water, no electricity, no heating gas. And you [the Israelis] say there’s no humanitarian crisis in Gaza. Tell me, are you normal?” Haaretz.
Raymond Williams. Hay ideas y formas de pensar que contienen semillas de vida; y hay otras, quizá muy arraigadas en nuestra mentalidad, que contienen semillas de una muerte generalizada. Es posible que la medida de nuestro futuro resida literalmente en nuestra capacidad para diferenciarlas y nombrarlas con el fin de hacer posible que todo el mundo pueda distinguirlas.
La guerra del chancho. La mitad de las 680 víctimas mortales que ha dejado hasta el momento la ofensiva militar israelí en la Franja de Gaza son mujeres, niños y jóvenes menores de 18 años, aseguró hoy en Jerusalén una portavoz de la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinacón de Asuntos Humanitarios.
Sartre. La literatura está hecha para que la protesta humana sobreviva al naufragio de los destinos individuales.
El cirujano noruego, Dr. Mads Gilbert, entró en Gaza el 31 de dicienbre. Gilbert ha enviado, esta mañana, este SMS a sus amigos y colegas de Europa:
“Gracias por todo el apoyo. Han bombardeado el mercado de verduras en Gaza City hace dos horas. 80 heridos, 20 muertos, todos han venido aquí al hospital Shifa. Es el infierno! Estamos rodeados de muerte, sangres y amputados. Muchos niños. Mujeres embarazadas. Nunca he tenido una experiencia tan horrible. Y ahora oigo tanques. Por favor, pasa este SMS, grítalo. Todo. HACER ALGO! HACER MÁS! Estamos viviendo en los libros de historia, todos nosotros. Mads G. 13:50. Gaza, Palestina”.
Pappé. La sociedad judía israelí no puede ser impresionada por palabras de sabiduría, persuasión lógica o diálogo diplomático. Y si no se quiere apoyar la violencia como medio para oponérsele, queda sólo un camino: cuestionar directamente esa arrogancia moral como una ideología maligna hecha para cubrir atrocidades humanas.
Los padres del historiador Ilan Pappé huyeron de Alemania durante la persecución nazi y se establecieron en Haifa. Pappé hizo su carrera académica en la Universidad de Haifa y fue figura emblemática de los llamados “nuevos historiadores”, caracterizados por cuestionar la versión sionista de la historia. Pappé ha pagado esta osadía con el ostracismo del mundo académico israelí. Sus opiniones y trabajo académico le han ganado muchos enemigos, por lo que decidió abandonar Israel en 2007. En la actualidad da clases en el departamento de Historia de la Universidad británica de Exeter.
Grüner. La postulación del mundo como pura ficcionalidad (no ajena, en cierto modo, al triunfo de una ubicua obscenidad de las imágenes en manos de los medios de comunicación, y al carácter abstracto y especulativo del capitalismo actual) ¿no apunta a suprimir esa distancia crítica que permite situar a la ficción en lugar de una Verdad impensable? A uno le dan ganas de amonestar, de decir: “señores, entérense de que la Guerra del Golfo si ha tenido lugar, y parece ser incluso que allí sí se ha matado gente. Entérense, quiero decir, de que la lucha de clases, la violencia política y el inconsciente sí existen fuera del texto: casualmente son ellos los que constituyen esa “otra escena” que permite que el texto sea, que se erija en toda su irreductible especificidad y autonomía como síntoma de lo indecible y de lo impensable.
Hay en Israel, clima de final, de triunfo cantado, la familia israeli se reúne frente a la tele o alrededor de la radio, a la espera de los resultados. Como esto es Israel, hay quienes rezan, vaticinan milagros, y aguardan la llegada del mesías. “Esta noche sucederán milagros, y luego vendrá el mesías”, augura una oyente de radio. “Amén”, le responde el locutor. “Amén”, la oyente.
David Wapner en Tierra metida y en Nación Apache.
¿Han perdido la memoria los judíos israelíes? No: sucede que se han convertido en neoliberales y se han cristianizado como sus perseguidores europeos, que, luego de exterminarlos, empujaron a los que quedaron vivos para que se fueran a vivir a Palestina con el terror del exterminio a cuestas. Rozitchner.
Leo, la cuestión del sujeto es variada y compleja. Dejo de leer. He leído antes esta frase en algún otro lugar. Tal vez con otras palabras. No me dejo engañar: son las mismas de aquella vez aunque sean diferentes. La cuestión del sujeto es variada, releo. Aunque hayan cambiado, dejo. ¡Cuánta metafísica puede destilarse de una frase! Cuestión, sujeto, variedad, complejidad. Si se obvia la cuestión, que casi siempre es obvia, queda todavía el sujeto. Invulnerable. ¿Cuál sujeto? ¿Sujeto dicente, sujeto indecente? Me parece natural encontrar una frase como esa al abrir un libro. Encuentro natural que me parezca así. En cualquier página, releo. Cualquiera puede leer y releer una frase parecida. O la misma. La cuestión del sujeto es, dejo. Esas palabras, o las otras que son las mismas y distintas pero iguales, encierran la fantasía de la vida eterna. La enuncian: la cuestión es, leo, fracaso y trascendencia: el sujeto, un reflejo espeluznante, dejo. Nos hace bajar la mirada. El sujeto es bochornoso, me inquieta. Lo he visto tan poco, lo he leído tanto. No hace el más leve ruido, se deja leer. Leo, dejo de leer, dejo leer. De modo que cada vez comienzo de nuevo la cuestión, y el sujeto en cuestión. En las imaginaciones más lúgubres el sujeto da lugar a tesis. Variada, compleja. No leo. Hombres y mujeres por la calle, andan, lejos del sujeto complejo. Otras cuestiones, variadas, empujan al hombre de la calle. Entonces ¿para qué tomarse la molestia? No dejo, leo. El sujeto es inmortal. El cuerpo no. El cuerpo es otra historia, otra tesis. ¿Lo conmueve? Otra cuestión, variada y compleja. Ya no sé: tal vez lea, tal vez deje de leer. Una sola certeza evita que me convierta en un terrorista suicida: jamás he escrito ni escribiré nada que contenga una frase semejante. Pero no estoy tan seguro, la cuestión del sujeto es variada y compleja. Tampoco escribo la cuestión, ninguna otra cuestión, leo y dejo. Existe una gran compasión en leer, mayor autocompasión en dejar de hacerlo.
La suciedad del cuerpo, que era llevada con orgullo en el pasado, se oculta ahora con vergüenza. Por caso, una fecha: domingo de ramos, 15 de nissan de 4824: 4 de abril de 1064: 13 de rabíi de 456; un lugar: el territorio andalus donde florecían las tres culturas; una ciudad: Murcia. Allí los hospitales de los monasterios, al final de la cuaresma, están repletos de monjes debilitados y llenos de forúnculos y erupciones cutáneas por la dieta de la cuaresma y la falta de higiene. Es el siglo XI, los monjes católicos se bañan en dos veces en todo el año: antes de navidad y antes de la pascua. Cuanto más hidrófobo, mayor devoción: en el bautismo salpican agua sobre los ojos de los bebés para que vayan adquiriendo la primera aversión al líquido. Existen récords alucinantes: la adalid de la guerra contra los árabes y los judíos y mentora de matanzas y laceraciones al cuerpo, reina Isabel la Católica, cargó con una misma camisa, sin quitársela jamás, durante once años. Don Alvito, obispo de León, prometió no bañarse durante los años que tardara la reconstrucción de la catedral de la ciudad por él proyectada. La construcción duró 13 años, durante los cuales don Alvito huyó del agua como de la peste. San Alejo se jactaba de no haberse bañado nunca. Promesas son promesas. Tamaño desprecio por la higiene tiene su piedra fundamental en una costumbre romana: Pilatos se lavó las manos un día y con esa acción condenó, involuntariamente, a toda la cristiandad a vivir bajo la mugre durante siglos y siglos.
Existen personas que nunca lo descubren, pero si uno es medianamente inteligente desde los catorce o quince años se da cuenta que su existencia no arrastra el menor sentido. Después, toda la vida es una suma de pequeñas negaciones: insensata búsqueda de vericuetos donde escaparle a esa certeza. Debiéramos suicidarnos ni bien nos abandona la infancia, antes del sexo. Pero a esa edad somos demasiado incrédulos y más tarde crédulos en demasía. Así bajamos y elevamos las vergüenzas, reunimos formas, anclas de sombras: casi nunca podemos despreciarnos lo suficiente, ni los demás a nosotros. Sólo al final, cansados de tanta herida, intentamos trazar una línea contra el viento, pero ya no somos capaces. Ni siquiera somos.
Truffaut. Siempre he preferido el reflejo de la vida a la vida. Desde los once o doce años he elegido: literatura y cine. Lo hice porque prefiero ver la vida a través de la literatura y el cine que a través de ella misma.
Dama me pregunta si Michael K de Coetzee tiene alguna relación con el Michael Kohlhass. No lo sé, digo: von Kleist no ha estado, todavía, o ha estado muy poco. Paso la tarde con Kohlhaas (la edición tiene una errata en la tapa: Kohlaas, pero aclara: versión íntegra, lo que supone alguna otra reprochable). Recordé un par de líneas de La lucha contra el demonio. De esos fascinantes libros sobre vidas que escribía como nadie pudo hacerlo, ni antes ni después, Stefan Zweig. El demonio, dice Zweig, es un impulso incontenible hacia lo excesivo y peligroso, hacia la renunciación y la anulación de uno mismo. En cuatro escritores: Goethe, Hölderlin, Nietzsche y von Kleist, se manifiesta el demonio. Pero mientras que Goethe escribe el Fausto y escapa como laucha de la imprudencia, los otros tres pasan por el mundo como un meteoro destellante y veloz, extraños, incomprendidos. Acaban perdiéndose en la noche oscura de su desesperación. Dos terminan en el manicomio, von Kleist se suicida, como escritor y como hombre, a los treinta y cuatro (acto que debiéramos imitar o haberlo hecho). Michael K y a Kohlhaas encaran, no enfrentan, sus demonios y al demonio. Un paquete de semillas de calabaza o la aspiración a la justicia, imaginados desde cierto ángulo vital, no tienen demasiadas diferencias. Pero mientras que Michael K se asemeja a un Bartleby desertando de un exterior que no comprende y no lo comprende, Kohlhaas es un desaforado que reclama lo imposible y la satisfacción de lo imposible le arrebata la existencia. Actitud desaprensiva y calma en uno, excesos virtuosos y furia en el otro. Los primeros párrafos hacen intuir que los dos están fuera del mundo, encerrados en él. Jaulita de alambre atravesando épocas, corrientes literarias. Kohlhaas y Michael K. buscan desesperadamente la puerta de salida. Cuando la encuentran, si la encuentran, no hay nada detrás de la puerta; o hay lo mismo. Más de lo mismo.
¿Y si en lugar de escribir con la literatura o en la literatura se trata de escribir con y en ella al mismo tiempo y también: entre ella, sobre todo: ante ella?
Comienza el circo, sin pan. Autobombo y espíritu de grupo. Habrá buenos escritores y escritores no tan buenos y habrá, indudablemente, una gran mayoría de no tan buenos y menos que buenos. Thomas Pynchon no estará, ausente con aviso. Tampoco vendrán Coetzee ni Kenzaburo. Ni siquiera Bolaño se hará presente, por más que de él se diga: camino al mito. Di Benedetto y Onetti no respondieron a la convocatoria. La joya bizarra del programa: ¿existe algo más aburrido, previsible e inaguantable que un diálogo entre Abelardo Castillo y Sylvia Iparraguirre? (en palabras del tío Federico: ¡si al menos se encurdelaran!). Algunos gauchitos insufribles copan la parada. Nuestra recomendación: no ir ni de colado. Nuestro consejo: siempre habrá de ser más saludable gastar vuestro dinero en los libros de los escritores que pagar una entrada para escucharlos. Y, encima, soportar verlos.
Toda pregunta tiene al menos una respuesta y a menudo más de una. Lo que no quiere significar que haya verdad en la respuesta o que la respuesta sea verdadera. A partir de ahí se cae una respuesta a tu pregunta: Bardamu no es Céline; al menos no es el Céline que detesta a los judíos y que vendrá de inmediato. Bardamu es el personaje desaprensivo e incrédulo de una formidable escritura que mereció el mejor de los aprecios, incluso el de un crítico tan severo como Trotsky. Pero Bardamu es, también, y en términos de Bergman, el huevo de una serpiente. La prefiguración latente de un futuro desesperado. Por eso el nombre: no como homenaje sino como memoria, puesto que la memoria atañe no sólo al recuerdo, también al olvido. Memoria de lo que podemos llegar a ser, siendo lo que somos ahora. Bardamu, entonces, un mojón que indica hasta dónde podemos llegar más o menos en calma y, a partir de allí, andar con cuidado.
Durante años hemos pensado que el camino a la esperanza se agotaba en la puerta de un espacio desconocido: se abría encontrando la llave correcta. Ahora sabemos: la esperanza no está encerrada en ningún cuarto distante, se dibuja levemente en el invisible arco que una tuerca traza entre el aire y el silencio.
Lo tomé de otra Dama, dijo la Dama, después yo. Pero no saltaré al vacío, amigo Horacio. Dejaré que me invada toda esa tendencia a recuperar la infancia, toda esa nostalgia por un pasado que, a medida que me acerco al Mirador de Santa Luzía, noto que voy conciliando con el presente, hasta el punto de que tengo la impresión de no estar retrocediendo en el tiempo, sino de casi eliminarlo. Me sentaré a esperar, habrá una silla para mí en esta ciudad, y en ella se me podrá ver todos los atardeceres, callado, practicando la saudade, la mirada fija en la línea del horizonte, esperando a la muerte que ya se dibuja en mis ojos y a la que aguardaré serio y callado todo el tiempo que haga falta, sentado frente a este infinito azul de Lisboa, sabiendo que a la muerte le sienta bien la tristeza leve de una severa espera. (Vila-Matas, Muerte por Saudade).
Terry Eagleton, de quien se ha dicho que es probablemente el crítico cultural más importante de lengua inglesa en la actualidad y quien parece ir derivando cada vez más de Marx y Raymond Williams a Tomás de Aquino y San Pablo, afirma que la necesidad de orden es anárquica en estado latente: la muerte está infiltrada, desde el comienzo mismo, en la empresa de la civilización. Y también: nada es menos vulnerable que la nada. La muerte es el reverso de lo estridente y lo revoltoso, razón por la cual es la fantasía del agente policial y del burócrata, además de la del nihilista. No es cierto que la muerte no cause ningún problema: los muertos nos ocasionan una innumerable cantidad de trastornos.
Flamante. ¡Un panel de E-lit! Aunque prefiera la E-ol (lit. eólica) y la E-naut (ídem náutica) y la E-stup (ídem ibídem), sin falta no concurriré a escuchar tales E-xpsit. No porque haya leído alguna vez a los autores, que no leí. Ni porque alguien me los haya no recomendado, que no lo han hecho. No iré solamente para evitar hacer alteraciones escatológicas con el nombre y apellido de la moderadora.
High Hopes. Cinco horas hacia y desde Tandil son una buena excusa para repasar Pink Floyd y también una novela, relativamente breve, de Coetzee y otra, más breve todavía, de Vila Matas (que no será mencionada aquí). “Relativamente breve”: no tanto como el tiempo transcurrido desde aquella vieja -entonces primera- cinta magnetofónica de un lado oscuro de la luna, del otro lado la division bell, contrabandeada desde Inglaterra vaya a saber cómo, o mejor no saber cómo, en el inicio mismo de la época militar. En aquel tiempo tan breve fui demasiado joven para ser culpable de nada pero era, desde luego, culpable, no de todo, sino de algo, posiblemente de algo impredecible. Ahora, cuando paso, nunca regreso, por el espacio en que encontré Pink Floyd aquella vez y donde abrí el primer libro de K. (el otro K.) -un zaguán casi obligado de oscuridad, ya no soy yo sino que es Michael o Michaels en mi lugar. En aquel tiempo fue Joseph, ahora Michael o Michaels. Como tampoco soy el niño que fui esperan que cuente cosas, infinidad de ellas, que se supone me han sucedido en este tiempo en el mundo. Quieren que les abra mi corazón, dice Michael o Michaels o Coetzee, o yo mismo lo digo mientras leo a Coetzee o Michaels o Michael todos ellos de Sudáfrica, porque ya no deseo caminar por las callejuelas tenebrosas de Praga ni por las pulcras avenidas de Tandil. Quieren saber todo de las jaulas donde he vivido –las mías, las de Michael o Michaels, y si entre todas esas cosas pasadas hubiera aprendido a contar historias sabría como complacerles. Habría contado la historia de una vida pasada en prisiones donde, día tras día, año tras año, permanecía con la frente apoyada en la alambrada, mirando la lejanía, soñando con experiencias que nunca tendría, y donde los centinelas me insultaban y me daban patadas en el culo y me obligaban a fregar el suelo. Una vez acabada mi historia, la gente habría movido la cabeza con lástima y con rabia y me habría dado de comer y de beber; las mujeres me habrían abierto sus camas y me habrían cuidado maternalmente en la oscuridad. Pero la verdad es que Michael o Michaels, que es quien dice todo esto en mi lugar, ha sido un jardinero y yo he sido un jardinero también, aunque él lo fue para el Ayuntamiento primero y para sí mismo después y yo lo he sido para mí mismo siempre. Y los jardineros, dice Coetzee, se pasan la vida mirando el suelo. (Vida y época de Michael K.)
Se me acusa de haber asesinado a una mujer embarazada. Pero no es verdad: tan sólo maté a una poeta (poetisa) preñada en su propia vanidad.
Tus escalofríos, y palpándome. (Me falta el brazo, o la botella, o la aceptación del infortunio). Desde una isla, palpándome: aquella isla que descansa de anclas, de teodolitos, de ingenieros y de suicidas. Escalofríos que son: ojos de pantera, pólvora tuya, viento tuyo. (Nada me costaría el presentimiento ¿y el moho? ¿y el humo?). Esos escalofríos, tuyos, mordidos, exangües, oliendo a perros, a francés, me hacen crisálidas, constelaciones. (Escuché y vivimos: encerrados en un barril por cuerpo, dos agujeros pequeños desde donde atisbar un esbozo mínimo del mundo: cuerpo, ojos, minucias, que sí, qué oxidadas). Si te niego, me aproximo. Afirmándote: colgás de una lluvia sin hilachas, devorada. Escalofríos, es verdad, pero tras el conjuro de la intuición. (Yo estoy, por ejemplo, sentado, paseando entre judíos confusos o huyendo de los terribles agentes del Mosad o implorándote con una vieja trivialidad judaica; sentado y veloz, rechinante y mudo, ¿acaso bíblico? ¿errante?). Hubieras podido ser una buena arquitecta pero te salvó de mí una patada de escalofríos. Arriba de los alaridos, las osamentas que olvidaste dan la impresión de discutirte el balanceo. (O tal vez: en el más oscuro rincón, escarbando mi sangre, inseguro de mí, en mi propia ruina, mi mano flagelada de sexo, escribo un momento de cobre, un despreciable instante disfrazado, tembloroso, dulce).
Las fantasías sobre Israel me ponen enfermo. ¿Y las barbas? ¿Qué le emociona más a tu hermano, la religión o los explosivos? Esos colonos son nuestros grandes judíos creyentes y mesiánicos. La biblia es su biblia: los muy idiotas se la toman en serio. Todas las locuras de la raza humana están en la santificación de ese libro. Todas y cada una de las cosas que van mal en este país están en los cinco primeros libros del Antiguo Testamento. Dale golpes al enemigo, sacrifica a tu hijo, es a ti a quien pertenece el desierto y a nadie más, desde aquí hasta el Eufrates. Página sí, página no, un recuento de cadáveres filisteos: ésa es la sabiduría de su maravillosa Torá. Pásate mañana en la noche por los oficios religiosos del viernes y los verás besándole el culo a dios, diciéndole lo grande y lo maravilloso que es. Contándonos a los demás lo maravilloso que son ellos, que cumplen valientemente con su tarea como bravos pioneros de la Judea bíblica. (Roth, La contravida)
¿Y por quién hemos de brindar? ¿por el cobarde que se volvió valiente? ¿por aquel que no se desnuda pero se muestra? ¿por la necesidad (imperiosa) de ver una mujer resplandeciente? Nos sentamos entre millones y millones de seres: detrás de voces que hablan como si de música se tratara. Pero no se trata escuchar: temblamos por el miedo acumulado. Incapaces de apostarlo todo reemprendemos un discurso de hojas disecadas, dispersas por el viento, sin fortaleza interior. Algo así como una redención de los opuestos, de lo incompatible.
¡Qué libro tan maravilloso podría escribirse narrando la vida y las aventuras de una palabra! (Louis Lambert).
Me encontré con una calavera carcomida casi oculta a un costado del camino. Nada en ella reflejaba la luz del sol: aún así supe que las cuencas vacías me miraban. Le ordené que hablara. Entonces ella dijo: yo, a quien ahora observás con aburrimiento, en otros tiempos engendré mil varones y desfloré mil vírgenes, yo he asolado mil ciudades, he derrotado mil ejércitos y corté sin piedad la cabeza de mil tiranos, yo fundé mil bibliotecas y leí todos los libros que podían ser leídos y ahora le digo al que pasa, que sos vos, que no se deje engañar con las cosas estridentes de este mundo, que no se deje seducir por miserables triunfos cotidianos: como me dejé yo engañar y seducir en ese otro tiempo que pasó. Eso dijo la calavera, después dijo: todas esas cosas son sueños de un durmiente desesperado. Después calló, yo no lloré.
Dice (decía) Montale sobre Alfonso Nitti que su auténtica aspiración es la condición senil: la paz en la renuncia. Y como bien ha notado el poeta, es Italo Svevo, anciano precoz, el que en tres autorretratos sucesivos crea el mito de sí mismo: la imagen de una senilidad que no es temporal sino el estado de ánimo de quien siente haber vivido ya por él y por los demás; haber sufrido y vivido por todos.
Arterioesclerosis. Esta enfermedad, más común en hombres que en mujeres, se produce por la acumulación de placas de ateroma (células espumosas) en las paredes de los vasos sanguíneos, impidiendo el normal paso de oxígeno y materiales nutrientes a diversas zonas del cuerpo humano. Además de ser causa de ataques cardíacos e infartos provoca una serie de problemas cerebrales como demencia senil, confusión y pérdida de la memoria. Algo como esto le ha de estar sucediendo al ilustre físico, epistemólogo, filósofo y ensayista don Mario Bunge, que atribuye la autoría del clásico La simulación en la lucha por la vida a José María Ramos Mejía, cuando cualquier ignorante (con o sin cátedra) conoce que esta obra destacada del positivismo local fue escrita a principios del siglo XX por José Ingenieros.
Vía Tapera.
Actitud textual. Dice Said que una de las cosas que favorecen la actitud textual es su éxito aparente. Se lee un libro donde se afirma que los leones son fieros y si uno teme por alguna razón que ha de cruzarse con un león fiero, lo más probable es que se anime a leer más libros del autor sobre leones fieros y crea en ellos. Si además el libro instruye sobre cómo tratar con leones fieros, y dichas instrucciones parecen tener éxito, el autor adquirirá un gran predicamento y, además, estará impulsado a escribir otras obras: un libro que explique cómo arreglárselas con un león fiero puede dar lugar a una serie de libros que traten acerca de la fiereza de los leones o los orígenes de la fiereza. A esto Said llama dialéctica del reforzamiento. Ya no son los leones, sino su fiereza el centro de la atención. Y los métodos recomendados para tratar con la fiereza de un león incrementarán de hecho su fiereza y lo obligarán a ser fiero, ya que eso es lo que es, y ya que eso es lo que sabemos nosotros de él o sólo sabemos de él. Así se puede crear conocimiento, pero también algo más, dice Said: se crea la realidad que se pretende describir (con el tiempo ambos dan lugar a una tradición o a lo que Foucault llama discurso). Ahora bien, dicho esto pongamos los nombres en su sitio y donde se escribe “león” léase: مسلم.
Delgado, siempre Delgado -mártir de su propia locuacidad, recuerda que nada como la literatura para invocar la muerte fácil. A la escritura la muerte le cae bien, dijo Delgado: con la gran ventaja de que la muerte literaria no es corruptible y hasta es afortunada. Nadie lleva un cadáver literario a la morgue: ni la vieja de Dostoievski, ni Castorp, ni la explosión que sacude a K. (versión Welles), ni el moreno en el bar de Recabarren (el primero, del otro no supimos) han dejado apenas el esbozo de un cadáver. Ni siquiera la carroña, festín de besos repugnantes, tiene mal olor. Pero sí: hay cadáver, hay cadáveres, en la literatura y hay que preguntarse, lícitamente, si toda ella es otra cosa que cadáver, dijo Delgado. ¿Acaso será la muerte lo menos humano en la literatura? En tanto la muerte de una persona es implacablemente humana, la muerte de la persona (escrita) es un derrumbe que impide el derrumbe. Como sea, en todas partes, aquí y allá, nos abruma esa asombrosa glotonería por la aniquilación, dijo Delgado.
Dante Gabriel Rossetti se hizo cargo de un cuaderno de notas, algunas cartas y varios poemas breves que William Blake escribió entre fines del siglo XVIII y 1820. Nunca quedó muy clara la ordenación cronológica de esos poemas y poco importa el dato ante la furia de la palabra del poeta. Los números nada dicen; el poema grita locura, ruge el intelecto y desde él brota la necesidad, recurrente, de interpelar al paraíso. El poema denominado “XXXVII”, que algunos suponen diálogo entre un hombre y su amante, es un duelo: acoso, repudio y desafíos. El espectro del hombre vigila el camino y llora en la hondura infinita por la mujer que se ha ido. Una bestia acechante que pregunta: ¿cuándo volverás? Jamás, contesta ella. Y cuando mueras seré tu sepulcro, pero ni en la tierra, ni el en cielo o el infierno podrás alcanzarme: nunca voy a mitigar tu dolor. En la segunda estrofa el hombre se describe a sí mismo como un espectro (una emanación), hambriento e implorante, que persigue a la mujer. ¿Cómo acordarse de abandonar el amor? Uno, con la ventaja del tiempo que alardea impune ante la poesía, bien podría desordenar un par de palabras: la bestia de mi espectro vigila mi camino, día y noche; mi emanación llora: hondura insondable donde los dos vagamos y lloramos; sobre el viento implorante y hambriento mi espectro me persigue: husmeando tus pasos dondequiera que vayas.
Todo pasado atrapa como si fuera un útero de arcilla. Aquel otro tiempo es tenebroso, voraz, emanación salvaje. Pasado es bochorno, indignidad: hasta el diablo se siente avergonzado de haber sido una vez un ángel (Milton haría decir al diablo: ¡Mal, se tú mi bien!).
Eagleton. Hacerse saltar por los aires no es necesariamente estar morbosamente enamorado de tu propia mortalidad. Al sacrificarse a sí mismo como hace Bernardino, uno se adueña de la autoridad de la muerte. Vivir con la muerte le pone a uno en cuarentena frente al fracaso, le protege contra el dolor y le aísla de la angustia: un modo de vivir.
Dijo una vez un sabio musulmán: la buena escritura aumenta la claridad de la verdad, y cuando ساسمان le preguntó sobre la palabra, respondió: la palabra es un viento que no permanece. Entonces ¿cuál es el amarre de la palabra? La escritura, dijo el sabio.
Tres suspiros del moro (Rushdie).
I) Cuando mis perseguidores hayan seguido el rastro, me encontrarán esperándolos, sin quejarme, jadeando, dispuesto: aquí estoy, no hubiera podido hacer otra cosa.
II) Viejos fantasmas, sombras distantes. Cuento historias para acabar con ellas; son todo lo que me queda y por eso las pongo en libertad.
III) El miedo es un absolutista: con él, se trata de todo o nada. O nos domina como un tirano intimidante o se desvanece en una bocanada de humo. La revolución contra el miedo no tiene nada que ver con el coraje. La revolución contra el miedo es una deriva del simple hecho de continuar con vida. Dejé de sentir miedo porque ante mi tiempo limitado no tenía segundos para perder con el miedo. Como en un relato de Conrad: tengo que vivir hasta que me muera.
Como en Zaratustra, cada efímera verdad pretende ser la verdad del mundo. Y quienes la cuelgan bajo el sobaco no se conforman con su transfiguración, sino que bajan de la montaña y predican evangelios.
Comprendo perfectamente el bizarrismo perverso que reduce la voracidad bucólica a su televisación sublimada. Comprendo muy bien que la sociedad doméstica necesite, cada cierto tiempo, un emergente de tertulia y pasajero que encarne su estulticia inagotable. Comprendo, incluso, el fulgor erótico de algún peronismo babilónico y marchito. Puedo comprender hasta la esquizofrenia apostólica de surdeces y cegueces que invitan a imaginar purgatorios inconcebibles. Todo eso puedo comprenderlo, y aún más. Lo que no comprendo, lo que no alcanzo a comprender de ninguna manera, es por qué no escapo definitivamente de todas esas sonrisas viudas y de todos esos pájaros arrodillados. Todas las bestias son vencidas por el hierro alguna vez, pero la nuestra es numeral y retumba como cadáver encarnizado. Huir, recular, podría no ser tan sólo un acto de saludable cobardía sino también el merecido desplome de fantasmagorías envilecidas.
Baudrillard. ¿Qué pasa con la Realidad, qué pasa con el cuerpo, cuando los ha sustituido su fórmula operativa? ¿Qué pasa con el sexo, el trabajo, el tiempo y todas las imágenes de la alteridad, cuando sucumben a manos de la síntesis tecnológica? ¿Qué pasa con el acontecimiento y la historia cuando están programados, emitidos y diluidos hasta el infinito en los medios de comunicación?
La justa hipótesis. Podemos sospechar, a todo esto, que algún pícaro está contaminando el agua corriente con extracto de raíz de peyote y, de alguna forma, las visiones alucinógenas colectivas están formando el gran estado de idiotez permanente al que, sin remedio, estamos condenados .
Herta Müller. El hombre es tonto y siempre está dispuesto a perdonar, dice el guardián nocturno, en tanto apoya su cuchillo en el banco. Se sacude las migas del chaleco. El perro devora la corteza de salchichón o panceta o butifarra que él ha cortado, antes, con el cuchillo. Le he perdonado todo, dice el guardián nocturno. Le perdoné el tratamiento que se hizo en la ciudad, dice, y desliza la yema de su dedo por la hoja del cuchillo. Me convertí en el hazmerreír de todo el pueblo. Ya no podía mirarla a los ojos, dice el guardián nocturno: lo único que no le he perdonado es que se muriera tan rápido, como si no hubiera tenido a nadie.
Casi del padre no nacido: Kertész o Améry -o apenas un punto de fuga por mano propia. Se trata simplemente de que todo esto podría haberse escrito de otra manera, de forma más equilibrada, con mayor consideración, y hasta se pudiera decir: con algo de amor. Pero ya sólo puedo escribir así, con la palabra mojada en sarcasmo. La mano burlona. Tal vez un poco sonriente pero, en todo caso, contenida. Como si alguien la obligara a retroceder cada vez que se dispone a escribir determinadas palabras. De modo que mi mano siempre acaba escribiendo frases imprevistas, palabras simplemente incapaces de proporcionar una descripción precisa. Menos todavía una descripción amorosa. Tal vez porque en mí no existen la precisión ni el amor o sus palabras. ¿A quién iba yo a querer? ¿Y por qué?
Se equivoca K. cuando piensa que tras los corredores vacíos existen puertas para abrir. Se engaña al creer que si detrás de las puertas no hay nada, todavía hay otros pisos. Finge y oculta K. cuando afirma que si en otros pisos tampoco hay nada, hay que ir escaleras arriba con alguna ilusión. Pero sobre todo miente, y miente descaradamente, al decir que en tanto no se deje de subir no se terminan los escalones. Los escalones no crecen tras nuestros pies que suben, amigo K.: los escalones bajan delante de nuestros pies, que se contraen.
Europa olvida a menudo que nunca fue otra cosa que una aventura de Zeus, una canita al aire del viejo verde, rey de los dioses truchos y promiscuos. Zeus la desvirgó debajo de un bananero cuando Europa era joven, bella e inocente. Ahora, Europa, vieja, arrugada y aburrida hasta lo previsible, sólo mantiene una esperanza: que un nuevo dios con cuerpo de toro llegue por ella. No importa si disfrazado de africano, de árabe o de sudaca: importa que llegue, como llegue, para hacerle sentir aquella ilusión perdida de juventud, para completar su aventura inacabada.
Profilaxis.
Los discursos de los argentinos: borbotones de nada y zarigüeyas a bajo precio. Cristina, Buzzi, D’Elía, De Angeli, los Fernández, Carrió, Macri, Moyano, tan efímeros como sus palabras. El verdadero discurso argentino está en otra parte, desde hace cuarenta años es monopolio de las Legrand, los Gelblum, las Susanitas, los Charly García, los Maradona.
La disputa política argentina es como la cara de la señora de la TV: estropeada pero con infinitas restauraciones de remendón, sin memoria que la signifique, de piedra caliza y lágrimas de albañal, candorosamente falsa.
¡Ayyy, qué miedo a la revolución!
Interludio con budinera y bombo legüero. La única verdad no es (ni será) la realidad. ¿Dónde estaban aquellos que habían votado a Menem y nunca se los encontraba? Escaquearon años, ahora resplandecen: de acorralados por cavallo a corralitos de soja, vaquita y chiripá, cacerola en mano. Para un sojerista, nada mejor que otro sojerista; para un desaforado, nada mejor que Lilita Carrió o: De Angeli a la Rural. Para un sojerista nada mejor que un peronista. Veinte no, ni siquiera una: la verdad es inefable. En tanto (en cuanto) las vaquitas siguen siendo ajenas, Atahualpa. Demasiado Fernández abriendo la boca, redundancia, pocas nueces y avellanas, minga reforma agraria y expropiación. Populismo diet. Ahora: cada vez que tirás la leche en la ruta, cada vez que abrís la canilla del camión y la leche blanquea los hormigueros, aparecen los pibes de Tranquila y los piojos y el mate cocido lavado: aparecen los paredones, te aseguro, largos: la cordillera. Ah, si fuera tan fácil, Bonafini. Si bastara con ponerse la camisa blanca o la camisa negra (¿la de Sergio, Bonafini?). Si se pudiera trazar una raya. Pero el universo y la General Paz están llenos de grises, Bonafini. Infinitos grises que la miopía no deja ver, rayitas ínfimas. Y ninguno entre los negros-negros y los blancos-blancos, ni tampoco ninguno entre los grises tirando a negro y los grises tirando a blanco, ni uno apenas entre los negros tirando a blanco o blancos tirando a negro, ni uno sólo de los grises más o menos grises con manchas blancas o manchas negras, ni uno solo de ellos, ni uno, menciona la propiedad de la tierra ni la de los alambrados, ni las vaquitas, que son ajenas todavía, Atahualpa. Ni las cabezas de cacerolas menemomacristas, ni los Fernández en prospección multiplicada, ni la calle embanderada y con papeles y silenciosa -en gritería. La propiedad de tierras y alambrados, decir. Aquella que decía el gallego Soto hace un siglo. ¿Todos padecemos de statu quo en la fluyente actualidad? Tirando del tarro que no del carro: forcejeando por el dulce de leche (pero la leche, derramada, hace llorar). Aclarado. Aún así, aclarando más, por las dudas: se te recuerda, vecino, se recuerda cuando clamabas por orden y pacificación y mundial setentayocho. Se te recuerda, gente, se recuerda tu satisfacción por la seriedad y presencia de ánimo del Comandante en Jefe y la colecta por Malvinas (con la misma banderita displicente en la mano). Se te recuerda, productor agropecuario que no paisano, se te recuerda cuando sonreías complaciente a Martínez de Hoz, jefazo si los hubo. Ahora, gente, vecino, ahora que sos un viejo cacerolero plantado ante el televisor y dispuesto al epitafio ¿hay quien evoque tu vaciedad gorila?; ahora, agropecuario que no paisano, ¿hay quien evoque tu imperturbable egoísmo, tu desprecio a granel?
Consigna de máxima y canto lírico irreverente: ¡Ni soja, ni retenciones, ni caramelos media hora: reforma agraria y expropiación!
Consigna de coyuntura y fin del interludio: ¡A la carga Barracas, La Boca y Sarandí: leña a la reacción clerical-liberal-agropecuaria!
Dos cisnes pasaron volando por encima del agua. Sus grandes alas, al batir, parecían suspirar. El aire se queja porque las alas de los cisnes lo golpean, dijo Anita.
Walser. No sobrevivimos como lo que hemos sido, sino como lo que hemos llegado a ser después de haber sido. Después que todo ha pasado. Pero existe todavía, aunque haya pasado. Ahora que ha pasado, ¿es más pasado o más presente?
Martin Walser. Mientras algo es no es lo que habrá sido. Cuando algo ha pasado, uno ya no es aquel a quien le sucedió. Aunque está más cerca de él que otros. Aunque el pasado, cuando era presente, no existía, se impone ahora como si hubiera sido tal como ahora se impone. Mientras algo es no es lo que habrá sido. Cuando algo ha pasado, uno ya no es aquel a quien le sucedió. Cuando sucedía lo que ahora decimos que sucedió, no sabíamos que sucedía. Ahora decimos que fue de esta o de aquella manera, aunque entonces, cuando sucedía, no sabíamos nada de lo que decimos ahora.
En el pasado común podemos pasearnos como en un museo. No podemos recorrer el propio pasado.
Deleuze, Guattari. Ya no creemos en el mito de la existencia de fragmentos que, como pedazos de una antigua estatua, esperan que la última pieza faltante sea descubierta para así ser pegados creando una unidad exactamente igual a la unidad original. Ya no creemos que alguna vez haya existido una totalidad primordial, como tampoco que una totalidad final nos espere en el futuro.
Aquello que siempre estuvo roto, nunca puede ser pegado.
Imploración: desde el íntimo de la oreja, pulsando coros, disecaciones, agua hundida, callos, alfabetos de castigo, dolor.
América, américa. Saadi Yousif.
Vía Prometeo.
Levinas. El tiempo, condición de la existencia humana, es sobre todo condición de lo irreparable. El hecho consumado, arrebatado por un presente que huye, escapa definitivamente al dominio del hombre, pero pesa sobre su destino. Tras la melancolía del eterno fluir de las cosas, del ilusorio presente de Heráclito, está la tragedia de la inmovilidad de un pasado imborrable que condena la iniciativa a no ser más que una continuación. La verdadera libertad, el verdadero comienzo exigiría un verdadero presente que, siempre en el apogeo del destino, recomience eternamente esa libertad.
Bauman. Todas las culturas humanas pueden interpretarse como artefactos ingeniosos calculados para hacer llevadero el vivir con la conciencia de la mortalidad.
No hay que idealizar a la bestia. A los cincuenta y seis años es un petiso excedido de peso, semianalfabeto; bruto, como él mismo supo adjetivarse, “tuve un solo acto de lucidez en mi vida, que fue meterme en la Armada”. Es el representante extremo del “guapo psicópata” que Adorno describiera en su conocida tipología de la personalidad autoritaria; pero con una particularidad que lo distingue: ser pusilánime. Hace diez años reconoció que lo único que sabe hacer es “destruir, poner minas y bombas, infiltrarme, desarmar una organización, matar”. ¿Escribir?, no: “me duele la mano de agarrar la lapicera”. En este tipo de personas, escribió Adorno, “el superyó parece haber quedado completamente atrofiado a consecuencia de la resolución del conflicto de Edipo, consistente en la regresión a la fantasía de omnipotencia de la primerísima infancia”. Por eso la bestia aparece como un sujeto infantil, habilitado para perseguir con sadismo y tenacidad, escogiendo siempre víctimas impotentes. No es únicamente un criminal, es el soldado en embrión de las tropas de asalto, es el “antagonista desheredado” (Lindner). Pero mientras el “guapo psicópata” de Adorno es alguien que hace apología de la fortaleza de cuerpo y de carácter y, sobre todo, de la capacidad de aguantar, la bestia, en cambio, es cobarde, y su apología se refugia en el escondite, la complicidad, el silencio.
Astiz.
Supo ser bella, sexy, angelical y también estúpida. El tiempo, implacable, que corrompe lo pasajero y afirma las sustancias, le ha quitado todo, menos la estupidez.
Anatomía del despojamiento. Paso uno. Mientras el oficial miraba, en los ojos discutía con el viejo soldado, curvada, sobre un papel a medio desplegar (no el barquito); la adivina había escrito que permanecerían juntos, lo sentía, profundamente, viviendo cada uno su propia vida. De un trabajo como ése, pensó, queda un hombre mixto, bastardo; rejunte desparejo, pedacitos de película mal compaginados. El valor de la mirada no cabría en la examinación, una pequeña huella de sus labios (de él) el contrasímil, su aliento, cianotípico, posiblemente; sí. Todos los oficiales del mundo, cuando ofrecen un cigarrillo, al prisionero, sudan: ¿cuál fue el motivo del pánico? No podría responder, por ejemplo, soy judío, aunque llevara como lastre un sentimiento de superioridad frente a los navegantes; ni darse por enterada: toda una comedia, indecencia. Siempre es posible encontrar una opción más fácil que vivir, no siempre es sencillo encontrar opciones o vivir.
Santurrones y chantapufis, autodenominados pomposamente Consejo de Profesionales en Sociología, han conseguido una resolución oficial que instituye el 1 de junio como día del sociólogo.
Kluge. Por duro que parezca el lado objetivo del mundo, igual de sugestivo sigue siendo el acto de narrar. Los libros son, en ese sentido, la última barrera de carros de la subjetividad; en las viejísimas historias que nos cuentan podemos encontrar las armas más eficaces contra lo que la realidad tiene de falso.
Ya no parece que seamos o que vayamos a ser. Nadie nos fuerza a seguir corriendo; nada aplaza nuestras insatisfacciones legítimas. Incapaces de distinguir entre accidentes o contingencias tampoco podemos conocer la diferencia entre estar felices o infelices. Siempre logramos hacer lugar para el arribo de un nuevo padecimiento, alguna inhibición desconocida, algún otro consumo inútil de vida.
Más que asemejarnos a Ríos somos como Deltas, una acumulación casi geométrica de agua y barro y raíces ensortijadas, cerca de las desembocaduras, sin llegar a desbordarse. Es posible que paremos en la habitación de un viejo usurero de palabras que no cesa de esquilmarnos (un funcionario público, en definitiva, casi un agente de seguros). También. ¿Una especie de laconismo compasivo nos acidula impulsos, espontaneidades a la cuarta? También. Formamos parte de un racimo de citas (y de citas) que no siempre han de expresarse en amor o ternura. Olvidé la palabra: el libro que la sostenía, esquivo, se amuralló dentro del bolso implacable. Nuestra ventaja consiste únicamente en saber que la dieta vegetariana y el ejercicio físico no previenen la tuberculosis, tampoco el fuego. ¿Sobrevividores de resurrección extensa, asindética, asíntota, larvada? Resurrección en segunda velocidad, podría decirse. Posible flexión de escribividores a kerosén (aunque Viscarra, escribebedor). Sin tracks –huecos diabólicos- que nos orienten: ¿qué costado de La condena nos ha de parar? Olvidé la palabra (¡caería tan bien!). Caer, del verbo caber: en el centro de los cementerios abrazamos, pero no lo suficiente; las tumbas son espacios bellos y privados, pero nadie, que se conozca, allí se abraza. En consecuencia, por tales motivos de pertinencias, complotamos perseverancias (intentos, artificios, emergencias); instruimos entresijos y, otra vez (una y otra): resurrecciones. No, happiness, no es. Fósforo, tampoco. Por separado, debiéramos explotar el Obelisco o la Tour Eiffel o el meridiano de Greenwich, como aquel personaje de Conrad; en cambio no estamos habilitados para borrar un disco duro. Podría decirse: cooperación desestructurada. Pero cooperación suena obra buena y, al final, resulta que no hay sangre, ni griterío, ni siquiera obra (¿buena, mala?). No, no es la palabra, irremediablemente perdida, pero puede pasar: happiness. Después de todo, como fue leído, de las buenas obras del diablo poco se sabe.
Shall we begin? El mismo juego, nueve años después. USA en lugar de Austria: a Roth, lejos de Mühe, le cuesta llevar el dolor. Como sea: otra vez la calma placentera de lo previsible se llena de sentido. Remake Funny Games U.S.
Lo que alguna vez pudo llamarse “espíritu literario” nacional no es transmisible de generación en generación, mucho menos por ósmosis. Alvaro Abós relata que hace unos pocos años improvisó una visita a la casa donde vivió -entre 1939 y 1963, año de su muerte-, Ramón Gómez de la Serna. La casa, refugio porteño del español, es el último piso de un edificio ubicado en Hipólito Yrigoyen 1974, a espaldas del Congreso Nacional. En la entrada: una placa recuerda al ilustre morador. Le abre la puerta una muchacha joven, médica, sorprendida porque alguien llegue para atisbar el living donde viviera un fallecido escritor español: si, si, algo me dijo el de la inmobiliaria, además vi la placa, claro. La verdad es que no leí nada de él; como se vive hoy en día, hay poco tiempo para leer, ¿vio? En ese cuarto, no muy espacioso y ahora presidido por un enorme televisor, Ramón Gómez de la Serna había instalado una mesa larga con ocho pupitres: le gustaba trabajar en ocho libros al mismo tiempo. Las paredes estaban cubiertas por miles de fotos, dibujos y recortes de revistas y diarios que el escritor pegaba continuamente: desde ese interior plagado de imágenes escribía para atravesar las noches de Buenos Aires. Antes de irse, el visitante no puede dejar de echar un vistazo a la biblioteca de la actual propietaria: unos pocos volúmenes: magra, dice Abós: en la cual se destacan varios libros de Paulo Coelho.
Días atrás, Genovese preguntaba quién había afirmado: “yo cambiaré para siempre el concepto de literatura nacional”. Pero, en realidad, lo que importa no es aquel que lo haya dicho sino el (la) que verdaderamente lo hace. Y aquí está . Sin broma, ni ironía. Mucho menos con sarcasmo. ¿O acaso alguien se atreve a sostener sin vergüenza que la “nueva literatura argentina” está mejor representada por Cucurto o por Casas que por Valeria Mazza?
Uno puede pensar en cuadrilíteros o en pentalíteros, dijo Viscarra, en plurales de facto o en díptotos altisonantes; uno puede pensar en esas cosas o en las rarezas del fantaseo quemado, o en nada; como jamás se alcanza eso último, se ironiza a costa de la sinceridad. Delgado no dijo: eligió contemplar las mortificaciones en las manchas de humedad esbozadas sobre el parqué empañado. No dije yo, tampoco; buscaba, sí, alguna idea para decir, una opinión dudosa, algo a manifestar o añadir, mas nada. Ante el silencio, nuestro, o porque se había bebido lo que quedaba de la botella al tome y traiga, Viscarra respiró con dificultad, ofuscado (tal vez una impresión engañosa de mi parte), y dijo que había que sobreponerse, no hay de qué avergonzarse, dijo (no estábamos avergonzados), ni preocuparse tanto por la profundidad (tampoco preocupados), ni atropellar con el silencio, y en esto llevaba toda la razón Viscarra: cuando se atropella con el silencio no se explica y cuando falta explicación no quedan establecidos los puntos de vista ni las necesidades ni las intimidaciones. Tocado, Felipe Delgado se desentendió de los dibujos en el piso: me extraña tu actitud, dijo, mirando a Viscarra: estás totalmente borracho, yo no he bebido ni una gota y no comprendo tu lenguaje; es una situación ridícula, por simple curiosidad te pregunto: ¿cómo lográs emborracharte con una mísera cuarta botella de aguardiente? Viscarra fue quien ahora calló, el que calló de nosotros, y yo no supe quién tenía razón o dejaba de tenerla y también callaba, sin pretender atropellar. Suavizando el tono: no te sientas mal, dijo Delgado: ya tenemos suficiente menosprecio a nuestro alrededor, hemos de recobrar la palabra aunque no nos alcance para vivir. Eso dijo, Delgado. Viscarra sonrió, sonreí yo: no estábamos completamente embrutecidos.
Imprecisa y lúdica palabra. ¿Se puede comprender al pensamiento por otro camino más perfecto que el lenguaje verbal? Avicena se planteaba: El lógico no tiene nada que ver con los términos. Si se pudiera estudiar la lógica por medios más simples, que sólo tuvieran en cuenta las ideas, éstos serían suficientes. Si el pensamiento pudiera ser traducido de otro modo que por el lenguaje, se podría pasar completamente sin palabras. Avicena tiene razón, pero si entonces: qué aburrido.
Rostro divino. El novelista Alfred Döblin relata por mano propia que el recatado mundo de fines del siglo XIX, tanto de Pomerania como de Berlín, donde vivió en aquella época, no le permitió ver una mujer desnuda sino hasta que cumplió veintitrés años. Entonces era un estudiante de medicina: el primer cuerpo femenino sin ropas que pudo observar fue del de una mujer muerta, rígida, sobre una mesa de mármol en la sala de anatomía.


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