Fue Juan de la Cruz Oblitas quien, después de mantenerse callado por largo tiempo y de lanzarnos miradas acusadoras, se puso de pié, algo solemne en confluencia con su borrachera, y dijo, apuntándonos a uno y otro sucesivamente con el dedo índice izquierdo: ya habrá tiempo para extendernos sobre diáfanos (dedo hacia Delgado), límpidos (hacia la pared), escabrosos (hacia Viscarra) y sinuosos (hacia mí); para abordar temas con toda franqueza (Viscarra) y con toda humildad (la pared) y con toda alabanza (Delgado); como ustedes bien saben (hacia mí) yo puedo curar (hacia mí) pero en realidad no puedo (Viscarra); busco cifras ocultas en las tinieblas (Delgado) y encuentro el más puro sentido del universo (su dedo nos recorrió a todos) en una copa (hacia Viscarra); sólo así puedo afrontar la vida (hacia la pared) y el mal (hacia la pared), la enfermedad (Viscarra) y el bien (Delgado), el vicio (hacia mí) y la virtud (la pared) y todo me es soberanamente indistinto. ¿Qué gana uno con estar sano (hacia sí mismo), ajeno de enfermedad y desasosiego (la pared) si no hace nada (hacia mí) por conocer la verdadera vida (la pared)? Ninguno de ustedes, ni yo, nos hemos atrevido nunca a pensar en la salvación, nuestra salvación. En ese punto, Oblitas se calló. Su dedo índice izquierdo había estado bajando al mismo tiempo que su voz. Acabó también por bajar los ojos. Delgado tuvo un asalto de tos, a mí me pesaban los párpados. Al rato, Viscarra preguntó: ¿y cuál es, entonces, su conclusión, señor Oblitas? Juan de la Cruz Oblitas no levantó la vista pero movió su cabeza de un lado a otro, quedamente. Después dijo, para sí mismo: es el whisky, demasiado whisky.
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El bosque es grande. La oscuridad también. Hay veces que un pequeño gorrión picotea las migajas. No soy más que eso. Ni siquiera eso.
biblioteca mínima
¡Muy bueno! La próxima reunión de esas avisame. Quiero ir.
lo siento luc: se hacen en el interior de una mina de estaño abandonada y la tradición aymara impide que las mujeres ingresen en las minas.
Es verdad, quién carajo conoce la verdadera vida. Solamente nos alienamos, comemos, de vez en cuando acabamos, somos autoritarios con los más cercanos y nos convencemos que nada se puede cambiar.