Casi al anochecer Viscarra nos preguntó si todo aquello que le quedaba por hacer en el resto de sus días estaría ceñido por tener que mirar a los ojos a los perros y a los mendigos. No tenderles la mano, dijo, tan sólo fijar los ojos en los ojos de los perros y los mendigos. Pensé que era difícil seguir viviendo y al mismo tiempo ser lo suficientemente valiente como para desdeñar la vida hasta ese nudo. ¿Como Dostoievski? preguntó Delgado; de perros y mendigos y dostoievskis entiende sin rebusques, Delgado. Corregí: ¿como dice el escritor, otro, que dice Dostoievski? Como Viscarra, dijo Viscarra; como a un igual, alguien capaz de meterse en un zaguán o una callejuela para rastrear hilachas de sí mismo en otras miradas. No te hagás ilusiones, le respondió Delgado: vamos hundidos por nacimiento y por voluntad, mamados por afición, antojados del hundimiento: nada esperamos del mundo, nada nos interesa más que el mundo.
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El bosque es grande. La oscuridad también. Hay veces que un pequeño gorrión picotea las migajas. No soy más que eso. Ni siquiera eso.
biblioteca mínima
Cuánto silencio, don Luis. ¿Hay huelga de mínimas?
hay fin de vacaciones, abrumador comienzo de tareas, o taras; y, como es sabido, el silencio grita.