Cada tanto a Viscarra le da por repetir proverbios: yo me quejaba porque no podía comprarme zapatos, hasta que conocí a un hombre que no tenía pies, dijo, y calló. Lo miramos un poco y seguimos con lo nuestro, quiero decir, con nuestras copas de bruma. Pensé que el proverbio sería árabe o, casi seguro, oriental. Viscarra esperó con paciencia de altiplano; ninguno de nosotros le preguntó qué había querido decir con una frase semejante. Entonces insistió: un hombre es sabio mientras busca la sabiduría, si llega a creer que la ha encontrado, se convierte en idiota. Volvimos a mirarlo lento y después al juego de las copas. Estaba a punto del pataleo. Pensé: lo estamos encerrando en un cubo de silencio. Como si me hubiera adivinado los bordes de la imagen, Viscarra recordó una sentencia de Lawrence, el de Arabia: los árabes consideran que la mejor manera de escapar de un cuadrado es hacerlo por tres de sus lados, dijo; sonriendo, vencedor.
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El bosque es grande. La oscuridad también. Hay veces que un pequeño gorrión picotea las migajas. No soy más que eso. Ni siquiera eso.
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