El calor no existe adentro, en las galerías Pacífico. Conversaciones: en portugués, en yanqui, en español español, en otro idioma que no identificaré jamás. Voces, acentuadas, complacidas. El miedo no existe. William Cody dobla donde el mural de cielo deja caer a la diosa con frutas en la cabeza. Cody, bajo un gran sombrero de safari -debe usarse al caminar por un país exótico, tribal. El aire acondicionado resguarda de la humedad, no protege de los ojillos adiposos del pelado, rubio. Jesucristo y dios son dos pelados rubios de ojitos voraces y billetes multicolores. Pienso en Viscarra, tan morocho y en Delgado, tan mestizo: no existen. Tampoco Irak, Palestina es una metáfora alicaída, villa Tranquila un mal sueño de madrugada, la fiebre amarilla un capricho de poeta. No existen, en absoluto: para atestiguarlo, Fredo y el chocolate italiano con coñac.
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El bosque es grande. La oscuridad también. Hay veces que un pequeño gorrión picotea las migajas. No soy más que eso. Ni siquiera eso.
biblioteca mínima
La tentación es grande, decir: no es lo mismo tranquilo que pacífico; pero, es que “la paciencia del pobre” nunca se agota.