Memorias de un antisemita. Max y yo corríamos por toda la región como un par de vagabundos, dijo Nene, aunque la cobardía era la característica más destacable de Max: es verdad que se lanzaba sobre los gatos con ansiedad casi histérica, pero bastaba que uno de ellos se le enfrentara y le hiciera el mínimo rasguño en la nariz para que él aullara y, una vez escondido entre mis zapatos, ladrara con una bravuconería bastante vergonzosa. Cosas, que sucedían en los últimos días de invierno, dijo Nene; los que mejor representaban la sensación de skuchno, con el viento despeinándome. Antes, Nene nos contó que skuchno era una palabra rusa, difícil de traducir, y que significaba un intenso aburrimiento, una fuerte abulia y desaprensión: un vacío espiritual, un hoyo de ausencia que atrae como una vorágine imprecisa y vehemente.
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El bosque es grande. La oscuridad también. Hay veces que un pequeño gorrión picotea las migajas. No soy más que eso. Ni siquiera eso.
biblioteca mínima
Von Rezzori es minotario y pocos son los elegidos que pueden adentrarse sin tedio o despiste por sus laberintos descritos…
En cierta ocasión, regalé un ejemplar de “Un armiño en Chernopol” a alguien que me confesó no haber pasado de la página 23.
“Un armiño en Chernopol” me parece una joya. Desde el mismo prólogo-diálogo entre Magris y von Rezzori. En mi edición (Anagrama)la pág. 23 es la tercera de la novela, de modo que quien recibió tu regalo se esforzó bastante poco.