Gerald Reitlinger. Una anciana de cabellos blancos como la nieve sostenía en sus brazos a un niñito de apenas un año susurrándole una canción y haciéndole cosquillas con la mano. El niño se sonreía satisfecho. El padre le daba la mano a otro chiquillo de unos diez años, al que musitaba algunas palabras en voz baja; el niño trataba de retener sus lágrimas. El padre señalaba al cielo, le acariciaba suavemente la cabeza y parecía estar explicándole alguna cosa. En ese momento un soldado de las SS que se hallaba en la fosa gritó una palabras ininteligibles. Otro soldado separó del grupo a unas veinte personas y les ordenó que se dirigieran al otro lado del montón de tierra. La familia a que me he referido se encontraba entre el grupo. Recuerdo todavía a la muchacha de cabellos negros y cuerpo frágil que al pasar ante mí murmuró, señalándose a sí misma, veintitrés años. Rodeé el montículo y me encontré de inmediato con una gran fosa donde se amontonaban entremezclados los cuerpos de las víctimas, sólo su cabezas eran visibles. La mayoría tenía el semblante ensangrentado, la sangre corría por sus espaldas; había algunos que se movían todavía o levantaban la cabeza indicando que seguían con vida. La enorme zanja se hallaba casi repleta en sus dos terceras partes. Calculé que contenía unos mil cadáveres. Levanté la mirada hacia el hombre que había efectuado los disparos. (Declaración del ingeniero civil alemán Herman Graebe sobre lo presenciado el 5 de octubre de 1942 en la provincia polaca de Volhynia).
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El bosque es grande. La oscuridad también. Hay veces que un pequeño gorrión picotea las migajas. No soy más que eso. Ni siquiera eso.
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