También yo odio a la puta oligarquía, dijo Delgado. No sólo: tengo odios profundos, enlazados en sangre y miedo y plomo, odios que van pegados como lapa en la memoria, odios de escamoteos y circunspecciones cómplices. Odios de clase, dijo Delgado: aunque las clases se ausenten de prepo de los alegatos, de las prédicas y de los manifiestos arrastradas por el vértigo y los espejismos las clases todavía están ahí, donde nunca dejaron de estar. Una señorita sacude la cacerola, una señorita da vivas por Galtieri, una señorita clama por el orden ante Videla, dijo Delgado. Odio a esa puta oligarquía, repitió: ¿qué hay de malo en eso? Conozco hombres que trabajaron toda su vida sin descanso y no tienen dónde caerse muertos y otros hombres que no ha trabajado nunca y duermen en palacios. Y para saber de esas cosas, dijo Delgado, no son necesarias colonias ni ateneos ni cenáculos ni magisterio. Aplaudo para sacudir a trompadas la armonía barata de los mentirosos, dijo Delgado: prefiero el bufón al cobarde, dijo. ¿De dónde sale esta ruina que simplifica, esa humareda que extravía? Alguien se está burlando, se está burlando hasta del hundimiento, dijo Delgado, se está burlando de los que hicieron mal en nacer, hombres, pueblos que no saben, y ahí van, hacia el abismo, sin dignarse a contestar un saludo. La vida es somática, dijo Delgado, ¿pero quién pone el cuerpo en estos tiempos? Todo es escamoteo y disimulo, y pormenor formal: la imagen social de lo que no está. Todo es significado, dijo Delgado, significado sin significado, dijo; y después: odio a la puta oligarquía, sí; y después: calló. Entonces lo miré, políticamente agotado, y dije que yo también, le dije.
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