Uno puede pensar en cuadrilíteros o en pentalíteros, dijo Viscarra, en plurales de facto o en díptotos altisonantes; uno puede pensar en esas cosas o en las rarezas del fantaseo quemado, o en nada; como jamás se alcanza eso último, se ironiza a costa de la sinceridad. Delgado no dijo: eligió contemplar las mortificaciones en las manchas de humedad esbozadas sobre el parqué empañado. No dije yo, tampoco; buscaba, sí, alguna idea para decir, una opinión dudosa, algo a manifestar o añadir, mas nada. Ante el silencio, nuestro, o porque se había bebido lo que quedaba de la botella al tome y traiga, Viscarra respiró con dificultad, ofuscado (tal vez una impresión engañosa de mi parte), y dijo que había que sobreponerse, no hay de qué avergonzarse, dijo (no estábamos avergonzados), ni preocuparse tanto por la profundidad (tampoco preocupados), ni atropellar con el silencio, y en esto llevaba toda la razón Viscarra: cuando se atropella con el silencio no se explica y cuando falta explicación no quedan establecidos los puntos de vista ni las necesidades ni las intimidaciones. Tocado, Felipe Delgado se desentendió de los dibujos en el piso: me extraña tu actitud, dijo, mirando a Viscarra: estás totalmente borracho, yo no he bebido ni una gota y no comprendo tu lenguaje; es una situación ridícula, por simple curiosidad te pregunto: ¿cómo lográs emborracharte con una mísera cuarta botella de aguardiente? Viscarra fue quien ahora calló, el que calló de nosotros, y yo no supe quién tenía razón o dejaba de tenerla y también callaba, sin pretender atropellar. Suavizando el tono: no te sientas mal, dijo Delgado: ya tenemos suficiente menosprecio a nuestro alrededor, hemos de recobrar la palabra aunque no nos alcance para vivir. Eso dijo, Delgado. Viscarra sonrió, sonreí yo: no estábamos completamente embrutecidos.
No hay comentarios »
Aún no hay comentarios.
Deja un comentario
El bosque es grande. La oscuridad también. Hay veces que un pequeño gorrión picotea las migajas. No soy más que eso. Ni siquiera eso.
biblioteca mínima