Más que asemejarnos a Ríos somos como Deltas, una acumulación casi geométrica de agua y barro y raíces ensortijadas, cerca de las desembocaduras, sin llegar a desbordarse. Es posible que paremos en la habitación de un viejo usurero de palabras que no cesa de esquilmarnos (un funcionario público, en definitiva, casi un agente de seguros). También. ¿Una especie de laconismo compasivo nos acidula impulsos, espontaneidades a la cuarta? También. Formamos parte de un racimo de citas (y de citas) que no siempre han de expresarse en amor o ternura. Olvidé la palabra: el libro que la sostenía, esquivo, se amuralló dentro del bolso implacable. Nuestra ventaja consiste únicamente en saber que la dieta vegetariana y el ejercicio físico no previenen la tuberculosis, tampoco el fuego. ¿Sobrevividores de resurrección extensa, asindética, asíntota, larvada? Resurrección en segunda velocidad, podría decirse. Posible flexión de escribividores a kerosén (aunque Viscarra, escribebedor). Sin tracks –huecos diabólicos- que nos orienten: ¿qué costado de La condena nos ha de parar? Olvidé la palabra (¡caería tan bien!). Caer, del verbo caber: en el centro de los cementerios abrazamos, pero no lo suficiente; las tumbas son espacios bellos y privados, pero nadie, que se conozca, allí se abraza. En consecuencia, por tales motivos de pertinencias, complotamos perseverancias (intentos, artificios, emergencias); instruimos entresijos y, otra vez (una y otra): resurrecciones. No, happiness, no es. Fósforo, tampoco. Por separado, debiéramos explotar el Obelisco o la Tour Eiffel o el meridiano de Greenwich, como aquel personaje de Conrad; en cambio no estamos habilitados para borrar un disco duro. Podría decirse: cooperación desestructurada. Pero cooperación suena obra buena y, al final, resulta que no hay sangre, ni griterío, ni siquiera obra (¿buena, mala?). No, no es la palabra, irremediablemente perdida, pero puede pasar: happiness. Después de todo, como fue leído, de las buenas obras del diablo poco se sabe.
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