Nada que recordar. La metempsicosis ¿posible? es no, en fantasmagorías como el cine sí, en la vagina rododendro de Molly, sí: disculpar a Molly, sí, sin wikipedia she was a Flower of the mountain. A Nora. ¿Por qué nos enamoramos de las mujeres burdas? No nos enamoramos de las intelectuales, no, de las sensibles, no nos enamoramos, no de las apasionadamente revolucionarias, no. Nora, Molly, todas las otras; cuanto más tosca, mejor la mujer; tipificación: la joven cajera china del supermercado chino, mujer, ideal, de mujer, tosca y muda para el que no conozca el idioma chino, sólo tintineos impertinentes tntntn. ¿Nada que recordar? Dar infinitas vueltas alrededor de la plaza sucia, rebosante de mierda de perro y de hojas y árboles secos y de botellas de plástico vacías; ella siempre pide monedas para dar el vuelto, con cara inexpresiva, oriental, la voz mínima asentada sobre hombros pequeños, rústicos. El día completo, no del todo completo, alrededor de un plaza desierta y con los árboles secos como si fuera el mapa entero de Dublin o de Trieste, porque nos enamoramos de las mujeres, burdas, cuanto más más, nos enamoramos de las mujeres toscas y caminamos a través de nosotros mismos, encontrando ladrones, fantasmas, giants, old men, young men, wives, widows; el espíritu afirma lo que la carne niega ¿o era al revés? En los labios vaginales de Molly la transmigración, el grado de perfección varía de acuerdo a los merecimientos por lo realizado en la vida (anterior). La mujer china de piernas gruesas, capaces de trotar horas y horas sobre un campo de arroz, o de soja, o de lo que sea que se cultive, ante la caja registradora del supermercado chino, en China: capaces de sostener con fuerza el peso de las pariciones, this is yours con mirada de vaca acongojada y fiebre aftosa. Ahí está, otra palabra, metempsicosis bobina glosopeda a la oriental, una campesina china detrás de una caja registradora con ocho hermosos niños bloom, prodigios. Nada que recordar, ser el lacayo cornudo de una mujer china, cajera de supermercado chino, llena de pequeñas úlceras en la mucosa bucal, redondeadas y enrojecidas, pantorrillas gordas como troncos, Penélope cojiendo con cada uno de los pretendientes, uno por noche y otro por día, uno por detrás y otro por delante, Penélope china ante la caja registradora, cuckold, ¡romper, queremos romper! Nada que recordar, ¿quién daría algo por un hombre capaz de besarle el culo a una mujer así? Besarle el abismo a la cajera china de supermercado chino sin un solo átomo de expresión en su cara o en el culo, inexpresivo común lugar en todas las mujeres, llámense Molly Nora o las madres que las parió o llámese la china cajera china de supermercado chino, ¡eureka! -Buck Mulligan cried, eureka! La tercera palabra: diferencia entre las posiciones aparentes que tiene un astro en el cielo según el punto desde donde se observa, los infinitos planos de observación como infinitos los besos y las bocas infinitas y los alientos y la saliva que va de boca en boca y el culo inexpresivo de la mujer china encerrando en la boca el misterio inexpresivo de toda la orientalidad concentrada en un único punto, redondeado y enrojecido como un afta algo mayor que un afta, tan mucoso como un afta, tan degradado y enviciado y corrompido como un afta que ni todo el listerine, un punto ordinario y dos bolitas de grasa alrededor de ese punto único donde se concentra toda la luz del mundo yes, I said yes I will yes, sister, yes, and on your virgin sward, de última, paralaje. Nada que recordar excepto la descarga de ventosidades o un brazo de Molly asomándose por la ventana o esa cosa oscura y terrible y caliente emergiendo desde el cuerpo de Nora, de la cueva de Nora, de la somnolencia de la joven china que está parada ante la caja registradora en el supermercado chino y pide monedas para dar el vuelto y mira con cara inexpresiva donde toda la expresión y el dolor apaciguado del mundo se concentra, o, en definitiva de algo que nosotros y no un borracho casi ciego hemos llamado Bloomsday, nosotros, cornudos del mundo, besaculos unidos en la dicha y la desdicha, lamedores de aftas, chupadores inexpresivos de piernas tocones de algarrobo, caminantes y pateadores de calles sucias como plazas y plazas mugrosas como puentes y puentes hediondos como culos, pero no puentes, desde allí se arrojan papelitos y citas al río y cuerpos, al río. Arrancarse todos los dientes de uno en uno hasta la raíz y si fuera posible el mismo hueso: dejar la boca pelada, para que no quede el menor vestigio ni la menor resignación del paralaje, de la glosopeda ni, por supuesto, de la metempsicosis.

--- biblioteca mínima
[...] 40. Luis Bardamu (idem) [...]
Pingback por Bloomsday (repercusiones & seguimiento) « J. S. de Montfort escribe | 17-06-09
Me has dejado pasmado.
Gracias por colaborar. Es todo un lujo y un placer contar con tu texto en el proyecto.
Un saludo
comentario por Portnoy | 18-06-09
El agradecimiento es para vos, Javier, por tu voluntad inclaudicable.
comentario por bardamu | 18-06-09
Mujeres toscas e intelectuales como una Virginie Despentes
a la que jamás ni un hombre tocará después de sus años
de chica vagabunda. Mujeres, mujeres extrañas como las de hoy, esas muchachas errantes y burdas que se alejan de los hombres naturalmente, sin nada o con todo…
Salute, Bardamu por tu Bloomsday
comentario por lndls | 19-06-09
Oiga, señor, por cómo insiste usted con los culos, vaginas, úlceras, pedos y demás cuestiones relacionadas con los orificios, primero: dudo que sea capaz de comprender a Joyce y me escandaliza de sobremanera que pretenda darse las libertades de este escritor sin adicionar a sus escritos alguna otra sustancia que no sea la mierda; y segundo: independientemente del mundo en que viva, seguro que allí hay humanos y monos, mientras que usted está tan consustanciado con el hecho de que todos cagan, que no es capaz de distinguir unos de otros. Cuánto menos podrá distinguir usted entre mujeres intelectuales y burdas, maravillado ante la apertura del culo al producir heces, caca, soretes, etc., aspecto común tanto a las unas como a las otras, así como a usted y a mí.
Molly, Nora y demás mujeres toscas, ya sea reales o de ficción, exceden su capacidad de percepción, falencia para la cual son insuficientes las frases pomposas y nombres de prestigiosos muertos que se revolverían en la tumba si esta diarrea suya, con sus comas mal metidas y todo, cundiera más allá de su inmundo retrete.
Búsquese la forma de ver las estrellas desde otra perspectiva y déjese de hinchar con el despecho amoroso pueril y ramplón que pretende disfrazar de arrebato culto.
O, de lo contrario, búsquese una mujer real y huela pedos de verdad.
comentario por Kasimiro (lector ofendido) | 20-06-09