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Algo más. Las primeras cuatrocientas cincuenta páginas de la novela de Levrero constituyen un diario –el Diario de la beca- que al mismo tiempo es el Prólogo para La Novela Luminosa. Es un diario de hipocondrías, de milanesas en el freezer, de adicción a la computadora, de impotencias, de lecturas, de muchas otras cosas. Como ejercicio inútil, como ejercicio inútil de esos que sólo pueden hacerse un domingo por la mañana, como ejercicio inútil e innecesario de domingo por la mañana podría caminarse el recorrido de las lecturas de Levrero durante el año completo que dura el diario. Al menos de las lecturas que están mencionadas allí. Pero como ese ejercicio es un ejercicio inútil no vale el esfuerzo de recorrer todo el año del Diario para hacerlo. Basta con tomar un par de meses y después dejarlo, a la hora de los ravioles, por ser precisamente un ejercicio inútil, innecesario, que se hace por abulia o por no hacer otra cosa un domingo por la mañana. En ese par de meses -por caso desde el 5 de agosto al 11 de octubre de 2000- Levrero leía con hambre, creaba programas de computación caseros con el Visual Basic con hambre y jugaba solitarios y otros jueguitos lelos en la computadora con hambre. Como Onetti, era un desenfrenado lector de novelitas policiales. De las buenas, de las malas. Novelitas policiales de la colección Rastros que compraba en los cajones de oferta en las librerías de viejo. Colección Rastros: en la contratapa de esos libritos usados, grandes letras rojas y debajo una lista de los últimos diecinueve títulos publicados, todo eso sobre un fondo amarillo rabioso y rodeado por un marco azul de aproximadamente un centímetro. Durante cincuenta años Levrero leyó y releyó las novelitas policiales de Rastros, editorial Acme Agency. No sólo esos. En los dos meses que revisa este ejercicio inútil la devoción de Levrero por la novela policial asoma una y otra vez. A veces entremezcladas con las de espionaje. Leo Bruce (policial), John MacDonald (policial), John Le Carré (La gente de Smiley), unas cuantas cuyo protagonista es Hannibal Lecter, Jean Ray (fantasmas y cosas macabras). Un especial para algunas cuantas novelas escritas por W. Somerset Maughan, autor repetido en este período (El filo de la navaja, Lo mismo de siempre, A orillas del Támesis, Soberbia (mala traducción de La luna y seis peñiques), otras más. Edwar Wallace (tres libritos). Ciertamente, bastante parecido a Onetti. Al Onetti de los últimos años en la cama. Yo también debería estar en la cama, pero no tengo quien me atienda. Recibí por mail las fotos que me sacó mi amiga. Las fotos muestran claramente que soy un viejo en las últimas; y no es la barba, eh; es la piel, la mirada, el color rojizo de la cara, el encorvamiento de la espalda. Lo que se dice un viejo de mierda. Un personaje de Beckett. Está Beckett en esos dos meses del Diario. Beckett siempre consigue arrancarme algunas carcajadas. El relato Primer amor, por ejemplo. Todos los relatos de Beckett y las obras de teatro de Beckett. Lo único que falta es releer Molloy. Wilkie Collins, Falta de pruebas. Un par de Chesterton (Cuatro granujas sin tacha, El hombre que sabía demasiado), la colección completa y encuadernada de la pequeña Lulú. Los cuentos de Henry James, qué bien escribe este hombre aunque no siempre comprenda del todo el sentido de lo que quiere contar. El teatro de la memoria de Pablo de Santis, al que el muy generoso Levrero califica de excelente. América de Kafka, que no volví a leerlo desde aquella primera vez en 1966 cuando me inspiró para convertirme en escritor. El premio por atención y por situación en esos dos meses del Diario se lo lleva Rosa Chacel a quien descubrí por casualidad en una liquidación de libros usados. Memorias de Leticia Valle me pareció una novela extraordinaria y la hice circular entre todas mis amigas brujas, porque no me quedó la menor duda de que doña Rosa era una auténtica bruja. Después, Alcancía (ida y vuelta), Barrio de Maravillas: me maravilla la cantidad de coincidencias que hay entre doña Rosa y yo. Percepciones, sentires, ideas, fobias, malestares muy parecidos. Dejé, a propósito, tres de los fuertes para el final. Semmelweis, de Céline. Levrero no dice nada sobre Céline, sólo que en este período leyó Semmelweis. Philip K. Dick, Sivainvi, pésima traducción española de Valis. Me sorprendió descubrir que Dick vivió algunas experiencias similares a algunas que yo he vivido, aunque en el caso de él esas experiencias han ido muchísimo más lejos. No creo que hubiera podido sobrevivir a experiencias de la magnitud de las de Philip Dick. Bueno, él tampoco pudo. En cualquier caso, es muy agradable leer esas cosas que, de algún modo, jerarquizan la propia locura. El postre, antes de ir por los ravioles de domingo y de ir bien pronto porque la pasta si se enfría no se puede digerir como corresponde. El postre es… Thomas Bernhard. Un Bernhard con dulce de leche, aunque no tanto: El sobrino de Wittgenstein. Tiene pasajes extraordinarios, es cierto, realmente magistrales, y está escrito con la verdad y la sinceridad características de Bernhard, terribles y conmovedoras. Pero, al parecer, es una de sus últimas obras y se nota un cierto desgaste, ¿cómo decirlo?: una especie de cansancio. Hasta la mitad del libro, más o menos, me costaba un poco leerlo, todo lo contrario de lo habitual con los libros de Bernhard, que me producen el efecto exactamente opuesto: no puedo dejar de leer, me cuesta hacer una pausa, por la fuerza hipnótica de su estilo. Uno de esos días entre los días de los dos meses del Diario de Levrero que he tomado para este ejercicio inútil e innecesario, ejercicio de domingo a la mañana, uno de esos días, Levrero y su amiga, llamémosla así en este ejercicio inútil, su amiga, en un bar, también un domingo, conversaron casi exclusivamente acerca del sobrino de Wittgenstein y de Thomas Bernhard. En cierto momento tuve que decir: ojalá después de que yo me muera, alguna vez dos personas como nosotros se encuentren en algún boliche del mundo y hablen de mí de esta forma. Parecía que Bernhard estaba ahí, sentado a la mesa con nosotros, hasta daba un poco de temor, porque convinimos en que debió ser un tipo insoportable. Todo lo contrario a Levrero, que era un tipo sumamente amable. Y aquí termina este ejercicio inútil de domingo a la mañana, innecesario. Mientras voy por los ravioles y pienso que la justicia a veces sí depende de uno, o de dos, y que la justicia no es inútil sino necesaria y que entonces tal vez te preste esta novela de Levrero y es muy posible que lo haga y luego un día te diga de ir a un boliche para hablar de Levrero y de Bernhard, pero esta vez sobre todo de Levrero, sentado ahí a la mesa con nosotros, y que hablemos de él sin ningún temor, porque los dos vamos a convenir en que Levrero era, decididamente, un tipo por demás amable.

--- biblioteca mínima
También sospecho que Bernhard era un poco difícil de tratar. Difiero un poco en cuanto a la idea del desgaste al final del austríaco. A mís esas novelas de último período me parecen tan compulsivas como implacables, de ritmo endemoniado. El Perdedor, Tala y Extinción no dan respiro. No he leído el S. de W. A ver si consigo a Levrero. Salud.
comentario por Doug | 21-07-09