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A los setenta años el hombre se escucha a sí mismo: treinta años más joven. La última cinta de Krapp es la última búsqueda, posiblemente la única, también la única. No puedo creer que haya sido tan imbécil, dice, entre la penumbra y la oscuridad; tampoco yo, en la penumbra sin oscuridad. Walter Santa Ana, casi ciego o tal vez ciego, es Krapp, es también el pequeño extravío nuestro cuando lo vemos mirarnos con esa mirada de no ver, de no poder ver. ¿Será verdad, entonces, que la oscuridad nos hace sentir menos solos?
Ella estaba acostada sobre las tablas del fondo del bote. Las manos debajo de la cabeza. Los ojos cerrados. Sol ardiente. Apenas brisa. El agua muy calma, como a mi me gusta. Noté un rasguño en su muslo y le pregunté cómo se lo había hecho. Recogiendo grosellas salvajes, me respondió. Volví a decirle que todo me parecía inútil. Que no valía la pena continuar. Ella dijo que sí, sin abrir los ojos. Entonces le pedí que me mirara. Al cabo de unos instantes… al cabo de unos instantes lo hizo. Sus ojos eran como dos ranuritas por culpa del sol. Me incliné sobre ella para cubrirla con mi sombra. Sus ojos se abrieron. Me dejaron entrar. El bote se había metido entre los juncos y se había quedado allí, encallado. Me deslicé por encima de su cuerpo. Mi cara contra sus pechos, mi mano sobre su piel. Estábamos ahí, tendidos, sin movernos. Pero debajo de nosotros todo se movía y nos movía. Suavemente. De arriba abajo. De un lado a otro. (Krapp, Beckett, Gené, Santa Ana)
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