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James (primero en Roth, después en James). No hay segunda oportunidad. Es una vana ilusión: nunca ha existido más que una. Trabajamos a ciegas, hacemos lo que podemos, damos lo que tenemos. Nuestra duda es nuestra pasión y la pasión, nuestra tarea. Todo lo demás no es sino la demencia del arte.
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Fue Lonoff el que lo dijo. No me lo dijo a mí. Es decir: digo que no me lo dijo a mí porque se lo estaba diciendo a otro. Cuando digo que no fue a mí a quien lo dijo no digo toda la verdad. La verdad es que me lo estaba diciendo a mí aunque a través de otro distinto a mí, al que Lonoff le estaba diciendo. No tan distinto, sí distinto, más distinto de mí que el propio Lonoff; bastante cercano Lonoff, más cercano a mí Lonoff que el otro al que Lonoff le estaba diciendo, diciéndome. Lonoff dijo -y, viejo, cómo me gustaría escribirte que un día me crucé con lo que Lonoff estaba diciendo, estaba diciéndome, cómo me gustaría, viejo, y no es posible, no es posible comentarle a un cadáver las novedades de los vivos; o sí, pero un ejercicio inútil: parlotearle a un muerto es enunciar en vacuo un costado asesinado de nosotros mismos. Lonoff dijo lo que yo descubro a diario cuando hago que escribo y cuando hago que no escribo, lo que hago cada momento que no estoy rifando el tiempo a la marchanta, cuando entonces agarro frases y las doy vuelta, una y otra vez las doy vuelta. Eso fue lo que dijo Lonoff y eso es mi vida y la suya: escribir una frase y darle una vuelta, mirarla de frente o de reojo, más de reojo que de frente, y darle otra vuelta, escribir otra nueva frase y dar yo una vuelta y regresar y dar otra vuelta a la primera de las frases o dar vuelta la segunda, o dar vueltas sobre la frase, o tirarlo todo y recomenzar de vuelta, nunca recomenzar del todo. Eso dijo Lonoff y también dijo que como nada distingue un domingo de un jueves resulta que no conozco –no conoce a nadie- no conozco a nadie. No puedo asegurar que definitivamente no conozca a nadie y si las frases que doy vuelta son sólo diminutas frases de furia, o de odio, cuando son del odio, siendo -yo era así, hoy en día no sé si soy más así: todo el tiempo en juicio, todo el tiempo deshaciendo lo juntado. Todo el tiempo dando vuelta frases y personas, frases y cuerpos muertos, y si me desentiendo de esa rutina durante más de veinticuatro horas tal como dijo Lonoff: me pongo frenético de aburrimiento por la sensación de estar desperdiciando el tiempo y estirando la vida al cuete. Entonces vuelvo a la computadora y escribo una frase y la observo y después comienzo a dar vueltas y darle vuelta. Al fin y al cabo la computadora está ahí, cerca, cuando todos los demás se alejan o los alejo o los sacude la impudicia de un rayo. La computadora no se muere ni se suicida y si bien no acaricia ni humedece puede llegar a ser tan contundente como un viejo cabernet raspando el cuello o una magnífica charla intrascendente –las trascendentes son insoportables- o un regio polvo con una mujer que se te sienta encima; y si menos acalorada también menos supliciante que todas aquellas vicisitudes humanas. Lo que no se manifiesta a la vista posee una fuerza por demás incorpórea, nada. En cambio, si acaso a la computadora le ocurre sucumbir un rato entonces habrá de cantar la vieja Olivetti, y si se acalambra la Olivetti aparecen la plumafuente o el 2B, siempre dispuestos para la entrega, para la frase, para dar vuelta la frase, para dar vueltas entre frase y frase y entre las frases y no dejar de preguntarme, como se pregunta Lonoff, ¿cómo es que para mí no existe ningún otro modo perdurable de ocupar las horas?
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Uno se pega un tiro. Después agoniza. Agoniza. No siempre el tiro sale perfecto. A veces, ni sale. A menudo sale pero no recorre el camino correcto. Entonces lastima: riñones, intestinos, abdomen. Lastima: hiere, rompe, destroza, parte, pulveriza. Uno se va a morir. No con la prontitud y necesidad que Uno pensaba. Se va a morir de todos modos, del peor de los modos: Uno no va a morir en su cama, va a morirse en una cama de hospital, rodeado. Después: amigos de Uno recordarán durante algunos días, algunas semanas. Amigos de Uno, pocos, pensarán, alguna vez, más adelante, en el camino: no el camino de la bala, incorrecto, el camino de Uno. ¿Quién puede saber si lo correcto, incorrecto, al revés? Dos elige ahorcarse. Trazar una soga desde una viga de madera y hacer de viento en algún páramo sin camino. Dos elige caminar, correr, en el aire. Elige caminar: la soga desata el camino. Dos camina, sin camino, sin recorrido. La soga le usurpa el camino, la vida. El cuerpo queda flotando, las palabras también flotando, las palabras, flotando. Tres no elige. Tal vez eligió antes, o antes. A Tres le da un infarto masivo. Con un infarto masivo encima del ángulo no hay camino posible, ni una mísera curva, ni una curvita, ni un lomo de burro. Tres se queda sin camino: sin marcas, el camino desaparece, sin más, sin advertencia. Tres no corre ni recorre, se queda, se va. ¿Se puede flotar después de un infarto masivo? Las palabras, flotando, a la deriva, no derivan. De Cuatro poco se sabe. Es posible (es seguro) que Cuatro está en camino. En el camino. Algún camino desconocido, no, desconocido. Un camino no sabido, conocido, anda ya buscando a Cuatro. Cuatro se hunde. Algo se intuye, para los cuatro: algún día se tiene que dar (lo ha escrito Uno). Algo se sabe: ninguno de los cuatro ha de morir de viejo. No se muere de viejo bajo la limpia sentencia de Uno: algún día se tiene que dar. Las palabras, flotan. Quedan, flotan. Mientras tanto, los demás, los otros, los que inventamos caminos, derivas, falsos, engañosas, caminos turros, curvas gigoló; los que todavía alcanzamos a embaucarnos un camino, un senderito serpenteante, los que nadamos a lo perro y corremos como patos, los que somos número sin número, ésos, seguimos pasando años.
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el gobierno de la provincia decide a qué hora tenés que llegar a tu casa. ni mis viejos eran tan estrictos….
-pero vadinho, eran otros tiempos. cuando vos eras pibe no había la inseguridad que hay ahora.
-es verdad, dani. en mi época los jóvenes no se embriagaban, pero algo raro deberían beber, porque desaparecían…
ley hueca.
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John Birmingham. Una vez conocí a un tipo, solía masturbarse tanto que terminó encariñándose por demás con su mano. Tanto, que empezó a hablarle, le dibujó una carita sonriente y la llamó Muriel. Después de un tiempo Muriel comenzó a responderle. Él la maquillaba para embellecerla, le hizo vestiditos. Por las noches ella descendía y le hacía el amor loca y apasionadamente. Pero después de un tiempo el tipo se dio cuenta de que Muriel no estaba del todo satisfecha: solía levantarse a medianoche y la encontraba frente a la computadora, chateando con otros hombres o simplemente mirando películas porno. Una madrugada, a eso de las tres, se despierta con un frío sudor en todo el cuerpo. Inquieto, escucha ruidos y gemidos que provienen del departamento vecino. Baja la mirada hacia su mano: no hay nada allí, sólo queda un muñón con sangre seca. Sale disparado hacia el pasillo y encuentra la puerta del vecino abierta de par en par. Asoma la cabeza, ¿qué ve?: en la cama, Muriel, toda maquillada, haciéndole el amor al vecino. Las tres de la mañana suele ser una hora apropiada para suicidarse o, al menos, morirse con un falafel chorreando entre los dedos. (Es una historia real, me asegura Flip).
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A los setenta años el hombre se escucha a sí mismo: treinta años más joven. La última cinta de Krapp es la última búsqueda, posiblemente la única, también la única. No puedo creer que haya sido tan imbécil, dice, entre la penumbra y la oscuridad; tampoco yo, en la penumbra sin oscuridad. Walter Santa Ana, casi ciego o tal vez ciego, es Krapp, es también el pequeño extravío nuestro cuando lo vemos mirarnos con esa mirada de no ver, de no poder ver. ¿Será verdad, entonces, que la oscuridad nos hace sentir menos solos?
Ella estaba acostada sobre las tablas del fondo del bote. Las manos debajo de la cabeza. Los ojos cerrados. Sol ardiente. Apenas brisa. El agua muy calma, como a mi me gusta. Noté un rasguño en su muslo y le pregunté cómo se lo había hecho. Recogiendo grosellas salvajes, me respondió. Volví a decirle que todo me parecía inútil. Que no valía la pena continuar. Ella dijo que sí, sin abrir los ojos. Entonces le pedí que me mirara. Al cabo de unos instantes… al cabo de unos instantes lo hizo. Sus ojos eran como dos ranuritas por culpa del sol. Me incliné sobre ella para cubrirla con mi sombra. Sus ojos se abrieron. Me dejaron entrar. El bote se había metido entre los juncos y se había quedado allí, encallado. Me deslicé por encima de su cuerpo. Mi cara contra sus pechos, mi mano sobre su piel. Estábamos ahí, tendidos, sin movernos. Pero debajo de nosotros todo se movía y nos movía. Suavemente. De arriba abajo. De un lado a otro. (Krapp, Beckett, Gené, Santa Ana)
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Sartre y Céline. Hacia 1948 a Sartre le quedaba todavía mucho pensamiento para desenrollar y Céline, en cambio, ya había escrito todo lo que de él vale la pena leer. Más allá de eso y de las mutuas cargas de adjetivos y golpes bajos que se arrojaban uno al otro, lo cierto es que en aquellos años, cuando apenas terminaba la segunda guerra mundial, Céline debió haber sido fusilado.
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Dado que la existencia humana es una alucinación que contiene en sí misma la secundaria alucinación del día y de la noche, esta última una insalubre condición de la atmósfera debida a la acumulación de aire negro, está mal que un hombre sensato se preocupe por la ilusoria aproximación de esa alucinación suprema llamada muerte. (de Selby)
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Por insistencia de Leonardo Moledo tuve noticias e información de la Sociedad de la Tierra Plana, organización fundada por un tal John Alexander Dowie a fines del siglo XIX. Todavía en nuestra época la Sociedad se dedica a propagandizar una teoría según la cual el planeta tierra es una especie de disco chato con el polo norte en el medio rodeado de una muralla de hielo. No hace mucho que murió Charles Johnson, poderoso presidente de la Sociedad de la Tierra Plana, editor –además- de una revista: Noticias (de la Tierra Plana, obviamente). El simpático Charles afirmaba ser el Último Iconoclasta entre los seres humanos y dedicaba páginas y páginas a demostrar que la ciencia es una falsa religión, que la idea de considerar a la tierra como una esfera es dogmática y ciega y que, como cualquier hijo de vecino puede observar, los que se mueven son el sol y la luna y jamás la tierra, que permanece y siempre ha permanecido y siempre permanecerá inmóvil. He recordado todo esto al leer El tercer policía, esa fantástica novela de Flann O’Brien, donde el científico de Selby intenta demostrar que la tierra no es esférica sino que tiene una cierta forma de salchicha. Aquí, en la novela, la ciencia no es una religión, pero la reputación de sabio o de erudito se consigue, como ha demostrado de Selby, tratando de que nadie nos vea jamás leyendo el diario. El tercer policía no puede reseñarse: simplemente no hay que dejar de leerla. Desmond, personaje de la sobredimensionada serie Lost, tenía un ejemplar de El tercer policía sobre su escritorio en uno de los capítulos. Botoncito de muestra: ¿Sabe usted por ejemplo qué ocurre al golpear una barra de hierro con un buen martillo de minero o con cualquier otro instrumento contundente? Pues lo que sucede es que los átomos son lanzados con virulencia hacia la parte interna de la barra y allí se comprimen y se concentran como huevos de una gallina clueca. Y si se sigue golpeando con bastante fuerza y durante el tiempo necesario, ¿qué pasa entonces? Si no lo sabe, pregúntele a cualquier herrero y el responderá: si se persevera con fuertes golpetazos, la barra desaparecerá, algunos átomos pasarán al martillo y otros irán a parar a la mesa, al yunque o al objeto determinado que esté justo debajo de la barra. Eso es algo que todo el mundo sabe, pero el resultado bruto y neto de todo esto es que la gente que pasa la mayor parte de su vida montando en bicicleta por las pedregosas ensenadas de la parroquia, llega a tener sus personalidades mezcladas con las de sus bicicletas. Se sorprendería del número de gente por estos andurriales que son mitad persona y mitad bicicleta a causa del intercambio de átomos. Pero eso no es todo: además le dejaría pasmado el número de bicicletas que son mitad humanas, casi medio personas, y que forman parte de la humanidad. En la novela, uno puede tropezar con una bicicleta profundamente sexy o con un edificio bidimensional. Como afirma uno de los personajes: en este lugar puede decirse cualquier cosa y será cierta y habrá que creérsela. Tal vez sea por cosas como ésta que un fino y sensible lector como James Joyce, ya casi ciego, leía con avidez los escritos de Flann O’Brien ayudándose con una lupa.
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Prefiero que me disparen en la calle y morir peleando contra esta reacción conservadora a la mente que quedarme sentada en Estados Unidos o Europa y morir allí, por ejemplo, de cáncer de mama. Todos vamos a morir, pero si muero de un disparo en las calles de El Cairo al menos tendrá significado. Nawal El-Saadawi.
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Tengo, como tenía Juan María Brausen, la total e inolvidable seguridad de que no existe en ninguna parte una mujer, un amigo, una casa, un libro, ni siquiera un vicio que pueda hacerme feliz. Lo que no tengo, y que sí tenía Brausen, es la formidable capacidad de amparo en la imaginación, la potencia del ensueño y el despliegue de una fantasía capaz de engendrar un lugar, una calle, una imposible ciudad como refugio insobornable frente a la desdicha.
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Abro una página cualquiera, algunos versos de Camargo; leo, releo, reescribo: La tierra te posee, muerto, en un cercano coito de óxidos y raíces. Un día, tu voz será clavada como una cruz demente en esa tierra entumecida.
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Sáenz. En un recinto tabernario, en el purgatorio, peregrino y oscuro, donde la ingenuidad es el denominador común, cuesta la vida toda búsqueda; cada cual tiene que asumir su propia actitud en el aprendizaje de la vida y la muerte. En el mundo exterior sucede de muy otra manera. Unos simulan aprender y otros aprenden en el olvido. Hay quienes lo hacen de un modo sensato, por las vías legalmente prescritas y aceptadas, con el permiso de las instituciones y sin alejarse de las normas ni atentar contra las buenas costumbres o tocar lo prohibido. Aquel que se atreve a poner en juego su alma y elige su propio camino haciendo caso omiso de las normas, fatalmente tendrá que ser castigado. Y para tranquilidad de la gente, el castigo tiene que sobrevenir por sí solo, sin que nadie tenga necesidad de mover un dedo, dictar una sentencia ni decir una palabra.
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¿No son encantadores los sinónimos? Pero a la muerte no hay modo de ajustarle sinónimos.
¿O sí?
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Morirse en París con aguacero y jueves no es para cualquiera: Ovidio murió en Tomis bajo el sol. Morirse en París no es lo mismo que agonizar morirse en Rumania o sucumbir morirse en La Plata. Desgraciado, Ícaro se fue para el otro barrio en caída libre. Vallejo en cresta de espuma. Ovidio con ola de plumas. Ícaro aterrorizado mirando abajo hacia los mares subiendo arriba en tanto el cuerpo abajo. Así la poesía: atrás, abajo, abajo. A estas cosas aluden todos los sonidos: a la muerte plural pegajosa muerte de espuma espuma polifónica polifonía multi D.
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Ni los pájaros ni yo fuimos hechos para cantar ni los pájaros ni yo fuimos hechos ni los pájaros ni yo fuimos pájaros.
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Hubo alguien que si quería escribir salía espuma. Circunstancia prodigiosa: sólo a unos pocos le brota espuma cuando escriben: loor gloria supina a la baba poética en tres D, palabra larga vida adverbio buena leche adjetivos batidos multicolor. Conviene que haya versos, es inconveniente que existan barquitos de papel: los hay, pasan de largo.
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Escribir Hernán. Un día uno va, o viene, o llega y lo espera y le dice, o le escribe, apenas lo encuentra: tenés que leer a Grossman, y como es un imperativo el hombre va, o viene o llega y se compra la novela casi el mismo día en que los changarines del puerto la están desembalando en los contenedores que la traen desde el otro lado del océano. Más aún: el hombre lee la novela. En retribución o en venganza o a causa de su devoción por la palabra el hombre se aparece un día cabalgando sobre otra novela, cabalgándola a través de cien kilómetros, una novela de más de mil páginas, como la otra, y le asegura a uno, imperativo, que prefiere que no se la devuelva nunca, que se la robe si es preciso o necesario, lo que sea, pero que le meta diente, y ojo, y garra a ese Pynchon al que uno no puede dejar de leer, al que él no puede dejar de leer. Otro día, en otro tiempo, el hombre anda recorriendo los lomos de los libros de la biblioteca de uno, ojos y dedos entre lomos multicolores ordenados, desordenadamente, exclusivamente, obstinadamente, por tamaño, por altura de tapa, por bruta economía de espacio; recorre lomos y se detiene frente a los Ulysses, se queda un rato, ahí, acurrucado junto a las tres traducciones al castellano de la novela que rodean a la edición en inglés de Joyce, se queda ahí y escoge la traducción de José María Valverde, abre, transita, lee: roca de piña, limón escarchado, caramelos blandos; uno no lo oye porque el hombre lee para sí mismo pero de alguna manera lo escucha, entonces uno busca, lee: roca de ananá, limón confitado, mantecado escocés; y como ya está embalado uno va y agarra la más joven de las traducciones: crocante de piña, lorza de limón, caramelo; al final hay que recurrir, a dúo, a la edición de Vintage: pineapple rock, lemon platt, butter scotch. Después el hombre sale a fumar a la terraza, porque uno no fuma, porque uno ha dejado de fumar hace diez años y el hombre es respetuoso de las decisiones de uno, pero él fuma y no va a dejar de fumar por las decisiones de uno, aunque es respetuoso y se va a la terraza del mismo modo que cruza la puerta de los bares porteños, hurgando por el viento y por el humo. Otro día, otros días, en algún tiempo, el hombre y otro hombre y una mujer y también uno, juegan a los intercambios alrededor de una mesa, y a uno le toca en suerte o en desgracia la lectura de esa novela de Roth que tendrá que leer aunque uno esté lleno de prejuicios hacia Roth, justificados o no, y si se descuida a uno le puede tocar en suerte o en desgracia incluso alguna novela de Cohen, al que uno esquiva prejuiciosamente pero los otros no esquivan y el hombre por supuesto tampoco esquiva sino lo contrario; en ese juego de los intercambios a uno le cae toda, completa, la discografía de Radiohead, y al hombre le cae un nombre, el nombre que mejor le cae, uno piensa, porque él, el hombre, es un stalker en la zona, no sólo en su zona sino en todas las zonas, inclusive en la zona de la Europa de Pynchon y en la zona soviética de Grossman, y en la zona tomada de Cortázar, y le cae bien el nombre porque el hombre es un especialista en arrojar tuercas, como bien dice el otro hombre, el que deduce antes que uno que el hombre se llama Stalker, que ha de llamarse Stalker además de Hernán y de los otros cuatro o cinco nombres con los que ha querido cargar palabra en ese otro juego, el de escribirse. Ahí uno comprende que Tarkowsky no está lejos de Kafka ni tampoco de Shakespeare o de Pynchon, ni siquiera de Tom Yorke, que al hombre le seduce tanto y a uno le seduce menos, hasta que escucha, una vez tras otra, hasta diez o cuarenta, o cien, la versión de I Will que el hombre ha dejado flotando para uno y para los demás, flotando para todos. Llegado a este punto uno piensa si debe escribir estas cosas, si debiera callarlas; si se compromete a seguir escribiendo, si es mejor escribir y encerrar las frases para uno mismo, si no tiene más remedio que arrojarlas en cierta esquina de la palabra porque de algún modo es preciso conjugar la ausencia. Ahora esto no puede seguir sino de este modo: Afuera hay sol. Temprano, por la mañana, unos pájaros revolotearon junto a la ventana del dormitorio, protestando a gritos o gritando en alabanza por la primavera, no es posible saberlo. Afuera hay sol. Un día, otro día, tres años antes, el hombre cuenta que se ha despertado de madrugada por un fuerte dolor en el pecho, un dolor de causa absurda, dice, un dolor que lo ha despertado y no lo deja volver a dormir; entonces el hombre agarra una novela que ha comprado recientemente, otra novela de ésas con más de mil páginas y se pone a leer, a las ocho de la mañana decide no ir a trabajar, se queda todo el día leyendo 2666 de Bolaño, el dolor en el pecho, dice, menguando de a poco, la vida, dice, cambiando abismalmente. Así el hombre, Hernán. Uno le ha escrito, uno le ha escrito todo el tiempo cuando ha escrito, cuando uno no conocía al hombre y también después, cuando era inevitable. Afuera hay sol. Virginia dice que en tanto la ciudad aclara Puck llega por ráfagas a su pensamiento, leo. No sé que estará haciendo Pynchon a estas horas. Estará viejo, envejeciendo. Miro el ancho lomo de un libro desde lejos, sin tocarlo. Escucho, no pájaros, elefantes blancos. Sólo quería verte la cara, Luis, dijo el hombre, Hernán, Puck, Stalker. Miro mi cara, la veo, aún sin espejos puedo ver mi cara. Estoy más viejo, envejeciendo. En todas las ciudades del mundo parece haber sol.
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Y rachas de espanto resecarán los finos campanarios
Los altos sepulcros de la piedra oirán los caminos
Al paso fúnebre de los ejércitos del viento
El ojo ardido será un extraño cementerio pensante.
(Camargo)
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¿Qué va a ser de vos después de las tormentas de fuego y acero? ¿Qué vas a hacer? Arder, chillar. Convertirte en estigma, oscuridad. Convertirte en cenizas. Dejar que te cubran lentamente primero con polvo y luego con tierra, semillas, musgo, dejando detrás tuyo la mandíbula y los dientes. Convertirte al final en un pequeño montón de tierra que esconde una lápida, en el que crecen flores, que está vacío por dentro. Genet, Un cautivo enamorado.
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Busco en Pynchon alguna hebra, un débil filamento que amaine la destilación hacia la nada. Agarro una frase, aprieto las palabras. Las abrazo hasta que gimen un minúsculo dolor. Entonces les cambio el lugar, el sentido: las mutilo para encajar su dolor de palabra en el mío, también de palabra, no sólo de palabra. Incapaz de escribir, escribo. Escribo, a través de otro. Otro no puede ser otro: Pynchon. No en esta circunstancia. La muerte anula, en cierto modo, los días que la preceden. Al mirar hacia atrás notamos la trascendencia y el impacto que produce. Pero estamos abocados a olvidar. No hay cómo pensar el día antes para la muerte. No logramos ver los mecanismos que se ocultan, detrás. Si fuera posible, tomaríamos medidas, resolveríamos apresuradamente algunas cosas. No es posible. Después, todos los bordes son susceptibles de desaparecer. Entonces, tal vez, empezamos a vislumbrar lo que no se esperaba que llegásemos a ver.
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La muerte no pide cita previa (no nos ha exigido que le reservemos día, escribió Beckett). Es mentira que quede la palabra: la muerte no deja nada sino un hueco absurdo. Sin el Stalker, ¿qué haremos, cómo haremos, ilusos, extraviados, deambulando, inútilmente, por la zona?
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No hay post final hasta que viene aquel que nunca se ha de escribir. El que nunca vas a escribir. Ahora es cuando hay mil razones menos para sentirse en comunidad. No existe modo de saber cómo, ni adónde voy a seguir ahora escribiéndole a este tipo.
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Ningún diario argentino hubiese pasado la prueba del detector de mentiras en 1978. Las publicaciones de mayor tirada en el país, diarios, revistas, periódicos, acompañaron al Proceso militar como fieles lacayos con palabra. La mayoría, por otra parte, lo hizo desde antes del golpe del 24 de marzo. Casi todos los denominados “medios masivos de comunicación” hicieron lucrativos negocios con generales, almirantes y brigadieres. Clarín, como destaca Pablo Llonto, “a un precio de regalo había obtenido de Videla la cesión de las acciones que el Estado poseía en la fábrica Papel Prensa”. Joaquín Morales Solá, el mismo que hoy arenga por la libertad de expresión, escribía ardorosos panoramas políticos en el gran diario argentino para resaltar las bondades infinitas de la dictadura. Su puesto editorialista lo había ganado en virtud de los excelentes oficios periodísticos con los que sirvió al general Bussi en Tucumán. Un ejercicio imprescindible para conocer la laya y la hilacha de cada uno de los afamados (y no tan afamados) periodistas argentinos de hoy consiste en pasarlos por el tamiz de la historia: ¿qué escribías y para quién escribías en los tiempos de regocijo militar? Si algo promovió la dictadura fue la impunidad. De allí que casi todos los periodistas del Proceso también se creyeran impunes y no guardaban palabras para el elogio, la alabanza y el aplauso a los milicos y a la represión al mismo ritmo que los editores. La palabra escrita debiera pasar factura: ahí están las hemerotecas, gritando testimonio escrito, a mano de cualquiera que con un poco de vergüenza y otro poco de decencia fuera a buscarlo. Y sin embargo, no. Decencia y vergüenza son dos columnas distantes y apartadas para un país con memoria atrofiada y lenguaje efímero. Así es que cualquiera puede afirmar cualquier cosa sin tener que rendir cuentas de sus antiguos amores y desamores. Periodismo y prostitución son palabras por demás hermanadas. Aunque, como se sabe, muchas prostitutas suelen asquearse por el trabajo que realizan por necesidad o por fuerza. Algo que jamás sucede con los periodistas. Ahora, después de tantos años, uno puede revisar, por caso, la lista de escribas de cualquier medio de comunicación, Perfil, por ejemplo, y no dejar de sorprenderse. Nelson Castro, Pepe Eliaschev, Artemio López, Eliseo Verón, Martín Kohan, el pichitrulo Fowgill, Jorge Asís, Daniel Link, Damián Tabarovsky, Mario Bunge, entre otros. Todos hermanados, les guste o no, bajo el mote de “columnistas” pespunteados por Jorgito Fontevecchia. El mismo que firmaba, en 1978, año del Mundial, un editorial en su revista, La Semana, refiriéndose a los periodistas extranjeros que denunciaban los horrores en la Argentina: “Por favor, no nos venga a hablar de campos de concentración, de matanzas clandestinas o de terror nocturno. Esta es una fecha clave para defender al Proceso”. Las hemerotecas están ahí, no cuesta mucho recorrerlas. Algunos muchachos y muchachas que escriben bajo la tutela de estos personajes debieran caminarlas. Debieran recordar que la prostitución no es delito, pero a la mentira y al olvido algún día se les puede demandar justicia. Recordar también que no estaría nada mal que alguna vez dejaran de bajarse la bombachita por cuatro monedas y dos minutos de exhibición. Recordar, por último, un viejo proverbio sin patria: dime a quién sirves y te diré quién eres.
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Junio de 1978. Jorge Fontevecchia era el director y fundador de la revista La Semana que editaba la editorial Perfil y cuyo socio era su padre. Por entonces, el nene de papá comandaba una publicación que llevaba dos años de antigüedad y que aún no lograba hacerle sombra a los dinosaurios semanales de Atlántida y Abril. A los veintiséis años, Jorgito escribía editoriales sin pisar las canchas. El fútbol era para él un deporte muy lejano. Pero el Mundial era el Mundial. Y Fontevecchia, mucho antes de su metamorfosis, era otro de los empresarios-periodistas plenamente convencidos de que la junta militar era lo mejor que le había ocurrido al país. Cuando le tocó resolver qué imagen usaría en la tapa de La Semana que celebraría el triunfo argentino no eligió rostros de futbolistas, usó la cara de Videla. Luego se sentó a escribir: “Al final del día domingo 25 de junio mi cuadro médico era el siguiente: hipertensión, disfonía, taquicardia, jaqueca y fatiga física. Al apoyar la cabeza en la almohada (un lunes entrado en horas y sólo pocas antes de escribir esta carta editorial) sentí una sensación de relax total. Algo así como estar en el paraíso. Tuve uno de los más plácidos y felices sueños de los últimos tiempos. Me levanté dos horas después. Estaba totalmente descansado. Me sentí distinto, mejor. Como si dejara atrás toda una época de la Argentina. Como si a partir de ahora, todo fuera a ser mejor… Había una vez un país sudamericano que había sido líder de su región. Pero, poco a poco, las cosas le fueron saliendo mal. Sus habitantes se acostumbraron a la derrota hasta casi considerarla natural. De pronto un importante triunfo deportivo destruyó la conciencia perdedora. A partir de ese momento, el país comenzó a ser lo que había sido.” Pablo Llonto, “La vergüenza de todos” (El dedo en la llaga del Mundial 78).
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Blogger, la apología de la propiedad privada y el macarthismo del siglo XXI. Si usted descarga mp3s está propagando el comunismo. Por tanto: sanción, amenazas y censura y autocensura. ¿Dónde estás, Bakunin?
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Hombre lento. Dar algo siempre sube el ánimo. Algo que incita a dar más. Es como juego: toda la emoción está en perder. Perder una y otra vez. La caída temeraria, irresponsable.
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Miyuki Hatoyama, la nueva primera dama del Japón, anda contando seriamente sus viajes a Venus y las sacudidas genitales que tuvo, en una vida anterior, con un Tom Cruise japonés. Al mismo tiempo (o, si se prefiere, en el mismo mundo), Lionel Messi gana 270 pesos por minuto jugando al deporte más aburrido y más presuntuoso que ha conocido la humanidad en su larga historia. Para ponerlo en perspectiva: Messi cobra, en dinero, cada diez minutos, lo mismo que un docente argentino recibe, en dinero, por su trabajo de todo un mes. Lo que significa, blanco sobre negro: cada dos horas Messi gana el salario de un año de un maestro con doble turno. O, más preciso todavía: en menos de tres días ese jugador de fútbol recibe el equivalente a toda la vida de trabajo, más de treinta años, de un profesor de escuela secundaria. Al mismo tiempo (o, si se prefiere, en el mismo mundo) los pibes de la villa Tranquila matan y se hacen matar por un billete de cinco pesos, lo que Messi percibe en cada segundo que transcurre de su agitada existencia. Cinco pesos alcanzan para dos o tres pequeñas dosis de paco. Al mismo tiempo (o, si se prefiere, en el mismo mundo) los más grandes y poderosos diarios y medios de comunicación de la argentina (con minúsculas) se desgañitan gimiendo por una libertad de expresión que nunca aceptaron ni respetaron y siempre despreciaron, viejos cómplices y secuaces confesos del proceso militar genocida de los años setenta. Al mismo tiempo, un señorito (con minúsculas) gobernante de la ciudad y que admira y pugna por la represión acusa de fascismo al prójimo sabiendo muy bien, como todo el mundo sabe, que el gobierno k. (con minúsculas) no es fascista sino pacato y mentecato y, mal que le pese a Bonafini y a Osvaldo Bayer, burgués. Aunque no lo suficientemente burgués como pretende y desea la implacable burguesía sojera y financiera del siglo veintiuno. Sí. Todavía es imperioso y necesario utilizar semejante palabra: burguesía. Al mismo tiempo (o, si se prefiere, en el mismo mundo) Julio López no está, aunque está Astiz y también está Susana Giménez y también está Paluch cada mañana parloteando en las radios de los taxis y los oídos de los taxistas y en las orejas de los pasajeros de los taxis. Ninguna teoría sociológica puede ser capaz de transcurrir, con algún sentido de humanidad, la hermenéutica de estas alucinaciones cotidianas. Todo esto es sabido y conocido y aceptado desde hace tiempo como también es sabido y conocido y aceptado desde hace tiempo que hablar de literatura o escribir sobre la función de la literatura o deletrear las modas de la literatura o alentar reseñas literarias no tiene la menor importancia en este tiempo o, si se prefiere, en el mismo mundo donde todo esto es sabido y conocido y aceptado. Situación en la que todos, todos, aparecemos, fenoménicamente, como culpables. Si todos somos culpables de algo, si es que lo somos, ninguno es culpable. No somos culpables de nada, ni siquiera de la existencia o de nuestra miserable existencia o la de los demás. Algunos, unos pocos, somos, eso sí: cobardes. Apenas si eso, un poco cobardes. No del todo cobardes: sólo un poco cobardes. Debimos morir a los dieciocho años en lugar de andar arrastrando impotencias a los cincuenta. Pero también fuimos cobardes entonces, aunque, como ahora, no del todo cobardes, sólo un poco cobardes. Sabíamos, igual que hoy sabemos, que no nos queda ni nos quedaba nada y todo iba y va a pura pérdida. Un día nos dijeron, a mí, a él, a todos: nos queda el amor, Bardamu -o Medina, o Bloom o Emma Bovary, o Juan de los Palotes. Y otro día leímos la verdad: el amor es el infinito tirado a los perros. A la furia desgarrante de los perros. Así comenzó la impotencia, esta impotencia. O tal vez comenzó antes pero así fue escrita. Creímos, tal vez creímos, un poco, no mucho, que la palabra era una especie de trinchera. Creímos, sabiendo que no. Creímos, sabiendo que la palabra no es más que un AK47 sin carga, puro farol, plumas al viento. Ahora, entre las Hatoyama y los Messi y los pibes de Tranquila con el culo florecido y el odio y las entrañas moribundas y el miedo brotando desde las alcantarillas todavía hay que inventarse esperanzas para creer un poco. Hay que ir, minuto tras minuto (doscientos setenta pesos por minuto), hora por hora, deseando amar, aunque amar es imposible y también hablar es imposible y lo único que no es imposible, si todavía alguna cosa no es imposible, es cagar, cagar casi placenteramente. Debiéramos sincerarnos pero apelamos a la cortesía y a las buenas costumbres, a las costumbres. Debiéramos arrojarlo todo y arrojarnos en el todo, y hacer correr el agua, pero nos seguimos aferrando a finísimos hilos de baba. No queda nada, sabemos muy bien que no nos queda el amor, ni nada. No queda nada, con excepción, tal vez, de un poco de mierda entre las manos. Sabemos que es el tiempo de los perros (o, si se prefiere, el mundo es de los perros). Sabemos eso y todavía así no tenemos el coraje, el ínfimo coraje, de enviarnos mutuamente a la mierda. De irnos todos juntos, abrazados y desconsolados, para siempre desconsolados y perdidos, definitivamente perdidos, a la mismísima mierda.
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La apuesta editorial de Barral y su equipo, con el sostén eficaz de quienes la apoyaron desde fuera, merece ser evocada en un momento en el que la literatura descaece de nuevo, víctima ahora no de la asfixia provocada por la censura sino del comercialismo más basto creado por la conjunción mortífera del bajón imparable de las humanidades en nuestras aulas y de la sustitución de los criterios basados en la calidad de las obras por el de su visibilidad mediática en esa obtusa sociedad del espectáculo que de forma tan lúcida anticipó Guy Debord. Goytisolo.
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¿Y si acaso Medina clavó en el fuego tan sólo por aburrimiento? ¿Y si el fuego, y el viento en el fuego, advinieron nada más que por impulso del tedio, por cansancio, porque ya estuvo, porque ya está?
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A otra cosa, kerosén y mariposa. No es posible saber hasta qué punto fue idea, responsabilidad, iniciativa o simple voluntad de Medina. O, tal vez, impulso y gestión de Medina empujado por Larsen, seducido. O, tal vez, Medina alentado por los otros, por todos los otros, todos. O, tal vez, Medina sobornado por Onetti, en contra de Onetti, a pesar de Onetti. No es posible, para nosotros, conocer de eso, más que motivo y decisión. Casi seguro tampoco fue posible para Medina, ni siquiera para el mismo Onetti, escarbar en esas preguntas inútiles, el conocimiento del final. No importa. Si importa, que no importe. Onetti ya palmó, no hay a quien preguntar nada. Además, seguro hubiera mentido. Para todo, mentir, mentir siempre. Lo que a mí me importa, lo único para el caso, es que Medina pudo pegarle fuego a Santa María y dejar rastrojos humeantes donde antes hubo palabra y donde antes hubo literatura. Lo que importa, digo, lo que me importa, es que si Medina pudo hacer eso, en Santa María, nada menos que en Santa María, con absoluta impunidad y sin que se le movieran los pelos de comisario, de pintor, de enfermero improvisado ¿por qué no iba a hacer eso mismo, eso mismo, eso mismo, pero con más razón y mucho menos mérito sobre este disparate cotidiano en el que exhibo, casi destilando, las plumas desgajadas de una infructuosa vanidad?
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¿Y ahora qué? Sin más barbas para quitar, ¿qué? ¿Adivinar de qué lado soplará el viento, Medina? ¿Habrá que descolgar los teléfonos, silenciar los timbres? Acaso no dejar huellas. Siquiera algún aroma carbonizado. El viento sopla, siempre, casi siempre, desde el ángulo equivocado, mi amigo. También yo odio a ese hombre, Medina. Sin haberlo visto nunca lo odio. Autor, juez, oficina, lado. Lo odio, Medina, por razones distintas a las tuyas, no tan distantes a las tuyas. Por ser hombre, tal vez. Más que hombre. Las mujeres, ésas, al final se mueren; las mujeres son muertas y se mueren, y ahí no acaba nada. A los hombres, cuando son más que hombres, les queda esperar. Nada más, esperar. Y la caña paraguaya o el whisky o el vino tinto. Siempre mejor el whisky. No se sabe de qué lado ha de llegar el viento, y llega. Por los rancheríos, Medina, aunque no te agrade. Por donde el fuego agarra mejor y más pronto y más firme y con más furia. No es el infierno, Medina, es el paraíso. Los pobres llegan antes al paraíso, o no llegan. No te muevas, Medina: esto es el paraíso. Lo supo, antes que todos, que vos y que yo, que él y ella y el otro, antes que todos, Pound. Pound, no el otro, Medina: let the wind speak.
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En realidad, no he querido nunca a nadie, dijo Medina. Asentí, dije: no te creo. Como tampoco le creí al otro, Medina, ni al otro, que disimula la totalidad en el pedazo. No te creo, Medina. Además ya me contaron, estás muerto. Sos más que viejo. Jugás a hacer las cosas, como dice la mujer. No te creo Medina, sé que tampoco vos: no te creés, no me creés. Si nos quisiéramos un poco, tal vez. Pero somos, Medida, sos, incapaz, eso dije. Lo que no dije, lo que no fue dicho sino pensado y, después, leído; pensado por Medina, vos, leído por mí y la mujer: hay algo más fuerte y más limpio que el cariño, que la amistad, que cualquier forma de amor, Medina; no sé qué es, pero debe parecerse a la dignidad, al orgullo.
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Mentir. Mentir siempre. El que miente está preocupado por la persona que recibe la mentira. Mentirle, interesarse por ella, protegerla. Dice Medina: siempre se puede probar y volver a probar. Pero a Medina muy pocas personas le importan. Casi nadie le ha importado. Tiene la manía de decir la verdad.
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Que discutan las migajas legales todo lo que quieran bajo renombradas farsas y engañifas mercantiles. Lo que debiera hacerse –lo que nadie va a proponer en esa cueva de bandidos denominada congreso nacional (con minúsculas)- es la expropiación de los diarios clarín y la nación (también con minúsculas, porque a las mayúsculas hay que ganárselas), la confiscación de las radios más poderosas, la nacionalización sin pago de casi todos los canales de televisión. Expropiación inmediata y cárcel a sus directivos y responsables por haber fomentado, desarrollado e impuesto en los últimos veinte años el genocidio intelectual más horroroso en la historia del país; por haber sometido impiadosamente a todos los argentinos a sobredosis diarias de estupidez, mal gusto, estafas y falsedades. ¿Utopía? Sólo un país transitado por la cobardía y abatido por el cholulaje pudo ser capaz de soportar durante tanto tiempo y tan pasivamente el bombardeo continuo de semejantes medios masivos de destrucción.
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A mí cae mejor el vino tinto y a Medina la caña. En particular, dice Medina, la caña Ombú, si es que todavía existe la caña Ombú. Pero no es cierto. A mí me va mejor el whisky. A Medina también le va mejor el whisky. A los dos directamente de la botellita, sin la transición medida del vaso. Eso habrá hecho que un día nos tropezáramos, juntando nuestras vanidades lastimadas. Bien pensado, es más probable que una mujer haya sido la causa de nuestro encuentro. Las mujeres, dice Medina, son las que paren todos los acuerdos y desacuerdos entre los hombres. Tengo mis dudas. No de los efectos de las mujeres en las relaciones de los hombres. Tengo mis dudas que Medina haya dicho algo como eso. Más que seguro yo lo pensé o lo dije, o no lo dije pero lo pensé, entre los mimos a la botellita de whisky. Lo cierto es que nos encontramos, Medina, yo. En un cuarto de hotel. En una calle oscurecida. En una frase. Ciertamente, en una frase. En una frase bien clara. Más ciertamente en una frase clara que en una calle oscurecida. Los dos andábamos, andamos, esquivando las calles, oscurecidas o no, aunque por razones diferentes. Nos encontramos dije, y él dijo: nos encontramos. Supimos entonces que de algún modo ya éramos amigos. No mucho, pero para siempre, dijo Medina.
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Al encontrarme (encontrarme él, más que yo a él) Medina me contó lo que le dijo a la mujer, sin decírselo. Se lo dijo sólo pensando, al menos, una parte de lo que le dijo a la mujer lo dijo sólo pensando. Hoy podés hacer lo que quieras porque es un amor desesperado, aunque no te hayas dado cuenta, me contó Medina que le dijo a la mujer y ella le besó la frente: pero anoche fuimos felices, fui. Eso me contó Medina que le había dicho a la mujer y que ella le besó la frente antes de comenzar a rebuscar su ropa, la de ella, y después marcharse. Le vi, a Medina, los dedos manchados de óleo. Si los abriera y los apoyara sobre un papel blanco, esos dedos, sudorosos, dejarían impreso un círculo cromático perfecto. Le vi los dedos y pensé en cuadros con desnudos. Con el desnudo de ella, la piel fría, la piel demasiado joven, demasiado fría. Pensé también en damajuanas de vidrio, en litros de vino imposible, ácido, raspante. A una mujer como esa, tan joven, con la piel tan aterida, hay que pintarla con desesperación, puteando a su madre o a dios. La otra parte, la parte que Medina le dijo a la mujer sin decirle, la que me contó a mí, que me reía sin burla casi como se reía sin burla la mujer aquella madrugada, no puede ser dicha sin esas damajuanas de vino. Seguro que Medina también se lo cuenta a otros, que se lo dirá a todos lo que quieran encontrarlo, o puedan, si lo buscan o se dejan encontrar por él: pero como yo estaba enloquecido de amor por ella y además ella no me importaba, pude soñarla en la mañana gris, avanzando a la orilla del agua, pequeña, encogida y friolenta, buscando a los pescadores, buscando herir al mundo y, tal vez, de paso también a mí, dormido, ausente, arropado, incapaz de quererla como ella había imaginado el amor.
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Busco, en un libro de Zweig. Después sigo buscando, aunque ya no entre páginas ni en Zweig. Dejo el libro sobre mi escritorio y camino hasta llegar a una casa, pequeña y sucia. Hay un cuarto en el piso superior de esa casa, un cuarto con una ventana enrejada. La ventana también es pequeña y también está sucia. Escucho el sonido de un piano. No hay melodía en lo que escucho, son notas fragmentadas, desmoronadas, que se repiten una y otra vez. En algún momento golpeo la puerta de calle. Poco después alguien me acompaña por una escalera angosta y oscura. Llamo a otra puerta, pequeña, sucia. Quien me abre ahora es un viejo encorvado, flaco -pequeño, sucio-, con la frente trazada por arrugas. Aunque nervioso de piel y hueso sus ojos están apagados, sin expresión, sin aliento. El viejo me hace una reverencia, servil. Una reverencia excesiva. No soy una visita distinguida. En realidad, ni siquiera soy una visita. Apenas si un lector. Pero él no lo sabe. Me impone tratamientos ridículos: alteza, santidad, majestad, eminencia. No espera que yo le diga nada y se pone a hablar. No conversa, habla. No ordena sus pensamientos. En las palabras, sus frases son confusas, inentendibles para mí. Le pregunto algo, sin importancia, sólo con la intención de otorgarle un apoyo. El viejo sonríe un momento. Luego retoma el monótono balbuceo. Esto ya me lo había advertido Zweig. Son palabras inarticuladas, similares a los sonidos del piano que escuché desde la calle. Después él calla y también yo. Veo el piano, a un costado, en el pequeño y sucio cuarto. Es un piano también pequeño y también está cubierto de mugre. Las uñas del viejo en cambio, son largas, demasiado largas y están impecables. En tanto observo el cuarto, el piano, las paredes húmedas, el viejo escribe en un pequeño papel. Su mano está firme: a diferencia de todo el resto de su cuerpo, convulsivo. Los ojos también están firmes, pero inexpresivos. Todo lo demás tiembla. Cuando termina de escribir el viejo me entrega el papelito, en silencio. También esta parte me la había contado Zweig. Al viejo le gusta escribir sus pensamientos. Tal vez, seguramente, los mismos que no puede o no sabe cómo pronunciar. Me despido. Me alejo de esa ruina de hombre y salgo del cuarto, pequeño y sucio. El viejo me acompaña hasta la puerta con reverencias. Después, en la calle, protegido por la soledad y el desdén de los pájaros indiferentes, leo las palabras que el viejo escribió en el papelito. Ya he partido. Estoy muy lejos: sólo me entretiene ahora una conversación de dioses. Debajo de la frase, escrita con más apuro y con letra más pequeña, tal como me lo anticipara Zweig, hay una fecha absolutamente inexacta. Junto a ella, la firma: su humilde servidor, Scardanelli.
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Ahora el Poder Ejecutivo presenta al Congreso un proyecto de ley contra la inmigración “malsana”. Se trata de impedir que desembarquen los idiotas, locos, epilépticos, tuberculosos, polígamos, rameras y anarquistas. Lo urgente es librarse de los anarquistas. Es una suerte que Anatole France haya llegado a la Argentina antes de que estuviera en vigencia la ley, porque no le hubieran dejado bajar del vapor. La obra de France es un curso de nihilismo, y si el señor Falcón la ha leído, habrá colocado al maestro en la columna malsano de las remeras y los epilépticos. No conozco más formidable enemigo de las instituciones que el padre de Crainquebille. ¿Ravachol era anarquista? También los fueron los ascetas, San Francisco de Asís, también lo es Tolstoi. En anarquismo es una teoría filosófica. ¿Ha tomado el Poder Ejecutivo un diccionario para enterarse? Anarquista es el que cree posible vivir sin el principio de autoridad. (David Viñas, Anarquistas en América Latina).
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El Marica de Shakespeare. Aunque pocos lo sepan, a pesar que casi nadie lee sus versos, el hombre que muy probablemente sea el mejor poeta latinoamericano del siglo XX todavía está vivo.
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Carmen es una de las peores composiciones musicales que he escuchado en toda mi vida. No se debe tomar en serio lo que digo sobre Bizet, tal como soy yo, este Bizet no entra en absoluto en consideración para mí. Pero como antítesis irónica contra Wagner es muy efectivo. (Nietzsche, 1888)
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Ni gatos ni Wagner ni Baudelaire. Caballos, sólo caballos; y doña Cósima. (Nietzsche)
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Me gusta Wagner, pero la música que yo prefiero es la de un gato colgado por la cola de una ventana y arañando los cristales con sus garras. (Baudelaire)
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A los cincuenta años estoy por admitir que ya nunca seré un escritor con un poco de talento, dijo Delgado: en primer lugar, porque no creo que el talento caiga del espíritu santísimo del paraíso o florezca en algún huevo genético de un antepasado talentoso. El recién nacido no viene con talento, dijo Delgado, ni tiene, en acto o en potencia, talento alguno, con excepción de un particular talento para el berrinche y para el mal olor de esfínter. El talento se hace, no nace. Esto lo digo y lo escribo, dijo Delgado, aunque lo escribo sin talento: se hace, el talento, no pocas veces con pena y trabajo, se hace, sacrificando tiempo, se hace, sobre todo, con cierta obstinación por el talento mismo. En segundo lugar… no hay segundo lugar, dijo Delgado: entre sentarme a escribir o meterme en la cama para lo que sea o tomarme un vino para lo que sea, o callarme para lo que sea, elijo la cama, elijo el vino, elijo el silencio.
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Carapintada. Al cabo todas las ratas terminan pudriéndose por dentro. Ésta, que hoy quedó boqueando y frío a causa de un golpe del corazón, ni siquiera tenía entrañas: puro hueco y bosta amontonada por años y años de continuo machacar. No lo nombro porque no merece ni el nombre. No pongo enlace porque a la infamia mejor dejarla lejos. Lamento que haya espichado por muerte natural. Tampoco merecía eso. Menos que nada eso.
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¿Por qué no te callas? Si uno logra ser indulgente con Borges, con Céline, hasta con Pound, ¿cómo no hacer el mayor esfuerzo por comprender las miserias envejecidas de un escritor moribundo, borrachín y desdentado? ¿cómo no disculparlo, si sus personajes, definitivamente más reales que él mismo, hacen vibrar los intestinos a cada párrafo?
Esta Libertad que yo le debo a España se la debo también, como todos los españoles y no españoles que vivimos sobre este suelo, principalmente a su rey. Yo, que sufrí amargamente años atrás la derrota de un gobierno legítimo español, y que he sido toda la vida un demócrata convencido, nunca imaginé que me llegaría el día de hacer un elogio público y sincero a un rey, a un monarca en cuanto tal, es decir: por el hecho mismo de ejercer la jefatura del estado. Hoy lo hago fervorosamente, y querría que todas las repúblicas de América se enteraran de ello. (Onetti, 1981, discurso de aceptación del premio Cervantes).
Palabras por demás patéticas hasta para comentarlas. Sin embargo ni por asomo tan conmovedoras como las pronunciadas por el rey para esa ocasión:
Con su lectura se alcanza un mejor conocimiento del hombre y una serena reflexión de la realidad y de sus circunstancias históricas, lo que determina una más profunda penetración en las raíces de nuestra identidad cultural y humanística, tan necesaria para la inteligente y responsable participación de todos los ciudadanos en la convivencia pacífica en la libertad. Que desde esta orilla de esa rica y amplia comunidad hispánica, se otorgue público reconocimiento a los más altos logros del nuevo continente, es para todos y especialmente para mí, como rey de España, una llamada de optimismo cara a un futuro que hay que construir con esfuerzo, imaginación y respeto al pasado. (El rey, sobre Onetti, 1981).
Su majestad (de él, de Onetti y de quien lo desee, que no la mía) no pasó jamás sus ojos ni de lejos por algún párrafo onettiano, ni siquiera por las solapas de sus libros. Era el dueño del micrófono y eso es suficiente para cualquier sabiduría. La literatura, el dinero y el poder, cuando se juntan, merecen ampliamente la justa tumba en la que gangrenan.
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Mujeres, cuervos. La realidad es un cuervo con cuerpo y voz y gestos y certezas de mujer, un cuervo y dos, picotéandome el hígado, sobre la noche, picoteando, acorralándome las entrañas: no interesa si yo no he hurtado ningún fuego divino, ni terrestre, ni siquiera un fueguito languideciente o pálido o desdeñado. No soy Prometeo ni ellas, águilas. Cuervos. Pico y pican: no puedo retirar mi mano, sin escopeta, ni piedra para la honda, ni hondura, para la piedra. Replegarse o no todo es todo y todo es para nada, más que seguro. Replegarse, a la literatura, a la vida breve, auténtica. La vida propia es verdadera y es, Onetti espantando cuervos, mujeres, cuervos. Personajes, personas que nacieron en los libros son hoy mis amigos o conocidos, asi es Onetti. Fabricio del Dongo, Hamlet, Bovary, el primo Pons, Maigret, Tartufo, Don Quijote, Marlowe (la Queca, Brausen, Arce, Medina, Diaz Grey: Meursault, Erdosain, Bloom, K., Josef K.), así es Onetti, y una serie larguísima de rebeldes triunfantes que no menciono, que Onetti no menciona, para evitar que alguien me atribuya pretensiones de erudito, tienen para mí más vida y realidad, casi más cuerpo, seguro más cuerpo, que mis anónimos compañeros de oficina, que los cuervos, que los cuerpos de los cuervos, que los cuerpos de esas mujeres, cuervos. Así es, Onetti.
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¿Día del blog? No me es posible ni me interesa elegir cinco blogs preferidos. Los blogs que leo y aprecio están mencionados ahí: en la barra del costado, alfabéticamente, sin privilegio de aparición y hasta es posible que, por mi descuido, falte alguno que otro que también leo y también aprecio y que no esté encolumnado. Detrás de todos esos nombres resisten personas con carne, huesos, sentimientos y cierta disposición a escribir como se pueda, no pocas veces a contramano. Con varias de esas personas he compartido vinos o cafés, caminatas, lecturas, palabras sueltas, miradas, silencios, alguna risotada y, sobre todo, distancias e inútiles vocaciones. Elijo eso.
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(Onetti, 1973). En el fondo, creo que soy una de las pocas personas que cree en la mortalidad. Sé que todo va a acabar en fracaso. Yo mismo. Vos también. Y no se trata de que ahora yo tenga sesenta y cuatro años y que pueda morirme esta noche. No. Es algo que he sentido desde la adolescencia. Así como se descubre que yo soy yo, así se descubre la muerte, se marcan sus linderos.
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Tengo la sensación, ni siquiera idea acabada, que no se trata de justicia ni de libertades escribe mi amigo Omar, y tiene toda la razón. No se trata de eso, sino de algo bastante diferente. No es posible conocer cuándo se acabará el mercado pero no es imposible imaginar un mundo sin él. El capitalismo, la razón sustantiva del mercado, no contiene el fin de la historia ni el punto final de la evolución histórica de la humanidad como sugerían, aceptaban y propagaban los optimistas defensores de las políticas surgidas en el Departamento de Estado norteamericano en los años noventa. Esa visión falsa, apologética del mercado y la democracia liberal, requirió, es verdad, justificaciones filosóficas profundas: ahí estaban las lecciones de Alexandre Kojève y, varias décadas después, las previsiones hegelianas filtradas por la interpretación de Francis Fukuyama. Pero si la humanidad hubiera alcanzado en el mercado su culminación histórica entonces podría considerarse justa –y necesaria- su completa destrucción, la aniquilación de la especie, el regreso a la sopa genética indefinida. Sin embargo no es así, nada evidencia una certeza semejante y la superación del mercado por otras formas de intercambio y de relación social humana continúa siendo la gran utopía de la especie: tal vez la única que entrega las llaves para salir del encierro de la barbarie. Sin embargo, ninguna utopía justifica el cruce pasivo de los brazos: el mercado aparece como indestructible, pero sólo es indestructible en apariencia y por eso no es imposible de boicotear, erosionar, agrietar. Es cierto: en este tiempo nuestro no hay manera escapar del todo a su mortal apriete de oso, pero eso no implica dormirse pasivamente entre sus brazos. Estamos dentro del mercado, al mismo tiempo podemos estar en su contra. En y en contra. Es una actitud ética y también, y sobre todo, una actitud política. Movimientos sociales como los zapatistas en Chiapas, las fábricas recuperadas de la Argentina o los Sin Tierra en el Brasil dan ejemplos de esta doble actitud, irreverente, frente al mercado. Actitud dual, en y en contra para la cual la red internética es una vía abierta a la imaginación. Pero a no confundirse: el pirateo no está fuera del mercado, la actitud del pirata es la de escapar a las normativas de la reproducción para después vender en el mercado y consumar su diferencia monetaria. El pirata es tan mercachifle como el que comercia amparado por la legalidad circunstancial. En verdad, el pirata es una forma más del comercio mercantil y no otra cosa. Es otra manifestación de la disputa bajo las reglas del mercado. Bien diferente es la actitud del que se resbala del mercado aún estando obligado a permanecer dentro de él, del que escamotea el negocio, del que difunde contenidos sin más búsqueda que la mera extensión del conocimiento y el placer estético. Ahí hay una política de no complacencia con el mercado, hay dignidad: es la gota que golpea sobre la piedra, casi en silencio, aquí y allá, fisurando, erosionando. El riesgo de llamar “pirata” a quien difunde sin búsqueda de beneficio en renta está en repetir sin crítica la letanía mortal del mercado, para el que todo lo que se haga fuera de él o en su contra es pecado mortal, delito de lesa economía, horroroso crimen contra la sacrosanta propiedad privada.
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Leopoldo Lugones, ¡Cipriano Reyes!, Borges, José Hernández: nombres que circulan hundidos entre los anarquistas expropiadores del submarino: ésos tienen, como escribe Pynchon, toda la variedad de las manías argentinas. El Ñato bordonea milongas nostálgicas porteñas; Squalidozzi negocia con von Göll un par de películas sobre las desventuras bucólicas de Martín Fierro. ¿No hay un beso para el gaucho Bakunin? Junto a las páginas de libro, sueltas y despatarradas por tanto manoseo, el Ñato, llorosamente mamao. Una pampa ensombrecida al anochecer, una enorme llanura, el ángulo de la cámara se mantiene bajo. A lo lejos, en el horizonte, aparece una figura solitaria montada a caballo que se acerca hacia la cámara, mientras aparecen los titulares. A von Göll la primera parte del Martín Fierro le parece rebelde, en la segunda encuentra a un gaucho amaestrado, vendido, que se integra de nuevo a la sociedad cristiana, renuncia a su libertad por ese tipo de Gesellschaft o sociedad comercial que en esos días imponía Buenos Aires.
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(René Lavand o las calles de una sola mano). Pero primero hay que llegar a la ciudad de Tandil, atravesarla, salir de ella, recorrer caminos de tierra, doblar, doblar otra vez, doblar otra vez más y ver, a mano derecha, una cabaña en medio de un parque, un cartel que reza “Milagro Verde”, un tinglado de enredaderas bajo el cual hay un Audi nuevo impecable.
Comienza, la frase comienza, con una equivocación flagrante: a la ciudad de Tandil no se llega, nunca se llega a la ciudad de Tandil. De la ciudad de Tandil se sale, sólo se sale, siempre se sale: tanto así que Tandil no debiera llamarse Tandil como ampulosamente se autodenomina buscando una tradición pampeana autóctona indígena originaria que le es esquiva, debiera llamarse Huyamos de Aquí: justo homenaje al discípulo más insufrible del escritor más insoportable y envalentonado que recorriera sus avenidas, sus callecitas y cafés, todas esas cosas que ya no existen sino como daño permanente y olvidado en esa ciudad y todos sus aledaños. Hay, en la frase, una equivocación, flagrante, y otras cuantas afirmaciones, también flagrantes; éstas otras, afirmaciones flagrantes de presente, de puro presente. Las personas, las ciudades, los automóviles, los árboles y las palabras están hechas de tiempo, de poca cosa más que de tiempo. Hace treinta y un años la ciudad era otra ciudad, más pueblo que ciudad, aunque en cierto modo haya seguido siendo la misma ciudad asomada desde el mismo pueblo, ciudad de la que es preciso huir y a la que jamás hay que llegar, como ya se sabe tanto por lo antes escrito como por lo escrito antes. La ciudad era otra ciudad y los caminos de tierra eran otros caminos de tierra, bastante más de tierra que ahora, más de barro y de huella que de verdadera tierra. Los árboles tenían menos círculos abrazando sus troncos y eran, sin duda, menos altos. Hace treinta y pico años la ciudad se complacía con el frío y ninguno de sus habitantes tenía la menor idea del calentamiento global o los efectos malignos de los invernaderos. Las calles de tierra y fango y huellas se adornaban con césped helado de madrugada y con escarcha que crujía en las cunetas. Entonces: el Audi era un Ford Falcon, al barrio se le llamaba paraje, y al paraje El Manantial. Aclaración innecesaria, pero como todo es innecesario, habilitada: antes El Manantial había sido: El Manantial de los Amores, denominación que un día se perdió justamente, es decir: con precisión y con justicia, porque en esa ciudad los amores se camuflaron en desprecio y devoción y sobre todo: en indiferencia y devoción, aunque El Manantial siguiera llamándose El Manantial a pesar que jamás se pudo encontrar allí un hilo de agua que brote de algún manantial o manantial alguno. (¡Abreviar!; entonces:) -Detalle sucinto y esquemático según el relato que a quien esto escribe realizó el poeta boliviano Víctor Hugo Viscarra acerca de los hechos sucedidos bastante tiempo atrás en la ciudad de Tandil rebautizada Huyamos de Aquí tal y como le fueron narrados a Víctor Hugo Viscarra por un joven tandilense con vanas pretensiones de poeta social y comprometido huido de allí relato acaecido durante una noche de invierno en el interior de una bodega de Churubamba en un distrito del altiplano paceño bajo efectos discursivos ampulosos mediados y meditados por copitas repetidas y numerosas de singani San Pedro y platos con chicharrón y picantes varios-. El Manantial. Barrio despoblado. Eucaliptos. Palomas. Ideal para ocultar personas. Apto para esconder granadas. Año del Mundial. Viejo hotel que ya no es hotel. Algo así como casa de inquilinato. Joven aspirante. Revolución, poesía y socialismo real. Cuartos vacíos. Amplios descampados. Lucha armada. Otra vez revolución. Baldío. Apto para enterrar granadas por tiempo determinado. Hotel. Inquilinato. Cuartos. Recomendable para esquivar. Falcon verde. Patrullero. Miradas curiosas. Delatores. Casa vecina. Parque. Mago. Mago. Falcon (¿verde? ¿gris? ¿celeste?). Mago con fama, mago, mano, mago sin mano, mano derecha de mago. Falcon. Caja de cambios en el (al) volante. Granadas: Sabino Navarro. Orden de traslado. Lluvia. Mañana de escarcha. Más lluvia. Barro. José Sabino Navarro. Joven aspirante. Desenterrar. Bolso. Granadas. Traslado. Lluvia. Barro. Frío. Escarcha. Mañana. Traslado. Mago. Ruido de motor. Auto. Media mañana. Falcon. Mago. ¿Te llevo? Te vas a mojar todo. Gracias. ¿Al centro? Si, gracias. Una mano. Sólo una. Mano. Salta. Del volante al cambio. Salta la mano. Mano rana. Primera al volante al cambio segunda al volante al cambio salta tercera al volante cambio volante. Hasta tercera. No hay mas cambios. Sólo hasta tercera. Falcon. Verdes, grises, celestes. Verdes. Bolso. Granadas. Silencio. Mago. El Mago. Cincuenta años, clavados. El padre. Cincuenta años, también clavados. Te vi. En la televisión. El mago no es el padre. ¿Pudiera serlo? Ni es mago, tampoco. ¿Pudiera serlo? ¿A trabajar? Si, la construcción. Silencio. La mano salta. Velocidad. Demasiada velocidad. Barro. Cambio. Volante, segunda, patinada, volante, freno, primera, volante, segunda. Velocidad. ¿Dónde está el miedo? ¿en el bolso? ¿en el volante? ¿en el barro? Una mano. Una sola. Voy hasta el banco Comercial ¿te queda bien? Si, bien; gracias. Te vi. En blanco y negro. Cable coaxil. Los naipes danzando. Una sola mano. Los naipes, en una sola mano. Ésa. Ésa mano. Ésta. Las granadas. De mano, en el bolso, de mano. Sabino Navarro ¿Explotarán cuando haya necesidad de explosión? ¿Explotarán cuándo? ¿Cuándo explotarán? El agua golpea el parabrisas. Falcon. Torrencial. Le temo a la palabra torrencial. ¿Explotarán? A chorros. Mirá como llueve, pibe, torrencial, te ibas a empapar hasta los huesos. Sí. Torrencial. Marea. La mano, marea. La lluvia, marea. Los naipes, danzan. La mano, salta. Segunda, freno, volante, tercera, volante, velocidad. (¡Abreviar!; entonces:) No es un mago, es un prestidigitador, ya es famoso en los Estados Unidos, es menos famoso en Tandil donde, como sucede en todo el resto del paisito militarizado, el mundial de fútbol próximo a jugarse y la selección de fútbol de César Menotti son mucho más atractivos y necesarios que los trucos de naipes. Menos famoso todavía en ese paraje apartado entre las sierras donde reside el mago con su destreza, con su cincuentena, con su sola mano y con su Falcon de cualquier color excepto verde estacionado en la puerta de la casa. No es un mago y es bastante huraño y poco dado a relaciones entre vecinos del paraje aunque es amable, podría decirse, tolerantemente amable. Una mañana de invierno, una mañana, lluviosa, sale de su casa para hacer trámites bancarios, enciende el motor del Falcon y con su mano, su sola mano, agarra el volante para manejar por las calles embarradas, angostas, de mano única, la misma mano con la que hace los cambios del Falcon, la misma con la que se roza ligeramente la sien. Es un prestidigitador de fama aunque el interior del auto no está lo suficientemente limpio y tampoco el exterior está lo suficientemente limpio pero el exterior no cuenta mucho porque la lluvia, torrencial, lo está enjuagando y al mismo tiempo el Falcon se está enmugrando de barro, de múltiples salpicaduras de barro que las gotas de lluvia, torrencial, no terminan de limpiar. Es un mago, aunque no sea precisamente un mago, y frena junto al joven que sostiene un bolso en la mano, uno de esos muchachos que viven en el Hotel que ya no es Hotel, El Manantial, ahí nomás, lindero a la casa del mago, que se está mojando mientras camina bajo la lluvia, torrencial. Es un mago, definitivamente es un mago, un mago de una sola mano que frena el Ford Falcon junto al muchacho y pregunta, más bien propone “te llevo” y sonríe, generoso, amable, y ajusta la mano para el volante y para los cambios a plena velocidad. Es un prestidigitador que hace trucos con naipes, pero en realidad no es mago ni es adivino. Por eso mismo, porque no es mago ni es adivino sino apenas un hábil y diestro prestidigitador con naipes, no puede saber y nunca sabrá que ese joven que lo mira, que mira su mano ausente con disimulo y un poco de embarazo, que dice “si, gracias”, ese muchacho que subió al coche, joven flaco, de cabello casi un poco largo, ese joven obstinado en salir a la calle, al barro, a la lluvia, con un bolso de obrero de la construcción colgando de la mano: tiene miedo. Está aterrorizado de miedo. Miedo que la lluvia no pretende destilar. Miedo profundo. Miedo. No es tan sólo miedo por las cuatro granadas fabricación Sabino Navarro que traslada en su bolso y que va a entregar en una cita convenida de antemano, posiblemente a otro joven tan joven como él y que, también posiblemente, tenga tanto miedo como su miedo. El prestidigitador, manco y famoso no es mago, no es adivino y no podrá conocer sobre ese miedo, ni sobre las razones y sinrazones de ese miedo. No podrá saber que no es miedo tan sólo a las granadas que descansan en el bolso, acostadas, envueltas en papel de diario y celofán, ni tan sólo miedo a los falcon verde, o a la palabra delatora de todas las personas con las que el muchacho se cruzará esa mañana de lluvia y de frío antes de entregar las granadas a otro muchacho. Tampoco sabrá del miedo del joven a la mirada delatora de las palomas en los eucaliptos o el propio miedo a su sonrisa, a la sonrisa generosa del mago, del prestidigitador, que no es adivino, a la sonrisa calmada y complaciente del prestidigitador, la misma sonrisa que tuvo en la televisión cuando hizo danzar los naipes con su única mano, en Estados Unidos, en Buenos Aries. El miedo del joven no es sólo miedo de esas cosas, tan obscenas de tan previsibles. El miedo que el prestidigitador no pudo ni supo adivinar en el muchacho es el miedo a la ausencia. Es el miedo al hueco y a la certeza. Ése es el profundo miedo del joven que el prestidigitador recogió en la calle, bajo la tormenta, y que mira la lluvia estrellarse contra el parabrisas, en silencio, ocultando el miedo. Miedo a la certeza: no habrá ya regreso al Hotel, ni a las sábanas con dibujos infantiles, todavía tibias esa mañana. No habrá retorno a la radio a transistores, a las anotaciones sobre la ciencia ficción y a los apuntes de recetas de comida, a las palomas buchonas, a los eucaliptos mudos. Ni siquiera retorno a las calles de barro. Es miedo sólido, palpable, reseco. El prestidigitador no puede tocarlo porque tiene una sola mano y es una mano que salta del volante al cambio al volante a la sien al cambio al volante. No puede siquiera rozar el miedo del muchacho, tan profundo como inalterable, definitivo; miedo de saber que ya no, miedo del que huirá de allí, tal vez para siempre, casi seguro para siempre; tal vez para toda la vida, casi seguro para toda la vida. Miedo, también, de pensar que si lograra escapar a todos los miedos, del miedo a las miradas y a los delatores, de todos los otros miedos, los pequeños, los grandes, si lograra zafar de todos esos miedos, entonces un día, un futuro, ya indiscutiblemente lejos del prestidigitador, de las granadas Sabino Navarro, de su ensueño de poeta social, de las palomas y los eucaliptos y de su tiempo rebasado, el joven podrá sentarse en un bar cualquiera, en una ciudad cualquiera y contarle a otra persona cualquiera, sin el menor embarazo por el tiempo muerto, que en todos aquellos años tenía mucho miedo y que semejante miedo le provocaba siempre enormes ganas de orinar y que en esa ciudad tan helada, en esos parajes tan desiertos entre las sierras, orinar quería decir exponer la verga al frío, y también quería decir: mear sobre la escarcha de las cunetas de las calles de barro, calles estrechas, calles de una sola mano, hacer crujir la escarcha de las cunetas con la orina caliente. Levantar con obstinación dibujos de humo desde el agua fatalmente congelada. A puro meo, a puro alivio de vejiga, a puro cagazo de riñones apretados.
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Antihölderlin IV. Nunca habrá un solo sacrificio ante la tempestad. Jamás serán rotas las cadenas que nos ciñen a la tierra. Hiperión miente; Empédocles ha bebido demasiado.
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Antihölderlin III. Los que envían, de cuando en cuando, adolescentes a este mundo para rejuvenecer la vida de las personas ya marchitas no son los dioses sino el tiempo. El tiempo: plena invención humana: como los dioses. El tiempo que se apiada del frío, de la noche, las miserias.
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Antihölderlin II. Nunca entendí la palabra de los dioses; yo crecí entre los brazos de las mujeres.
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Antihölderlin. Reconozco todo aquello que florece de la meditación, poco reconozco lo que brota de lo natural.
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Aunque Chitarroni afirme que es una tarea paciente y desinteresada de su albacea y editor César Aira y de su biógrafo Ricardo Strafacce, parece que la biografía sobre Osvaldo Lamborghini escrita por Strafacce es un verdadero bodrio, denso, gomoso para metabolizar y, por si fuera poco, invendible -incomprable- debido a su precio: 220 pesos. Aún así, el mamotreto contiene un costado fundamental para todo aquel que aprecie la obra de Osvaldo: las cartas y escritos inéditos de Lamborghini que allí se citan. Tal vez el libro se haya escrito “desinteresadamente”, tal vez no; lo que sí está claro es que Correspondencias está publicando esas fuentes, día por día, sin comentarios eruditos y sin cobrar un centavo. En silencio y dignamente, porque cada acción contra el mercadeo de la palabra rebosa dignidad.
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Cuando ya no importe. Serán procesados quienes intenten encontrar una finalidad a este relato; serán desterrados quienes intenten sacar del mismo una enseñanza moral; serán fusilados quienes intenten descubrir en él una intriga novelesca.
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Final, feliz. Puedo alejarme tranquilo; cruzo la plazoleta y usted camina a mi lado, alcanzamos la esquina y remontamos la desierta calle arbolada, sin huir de nadie, sin buscar ningún encuentro, arrastrando un poco los pies, más por felicidad que por cansancio. La vida, es y no es, breve.
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Zweig. Fue Burckhardt –el mejor lector de Nietzsche- quien más acertadamente lo definiera, diciendo que sus libros “aumentaron la libertad en el mundo”. Se expresó muy bien: dijo la libertad “en el mundo” y no “del mundo”. Porque la libertad no existe en el individuo más que singularmente; la libertad no sabe ni se deja multiplicar por lo masivo, ni crece con los libros o la cultura. No hay tiempos heroicos, sino hombres heroicos: es siempre el individuo el que lleva la libertad en el mundo, y sólo para él.
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Aparece un tiempo por el que uno pasa sin poder ser lo que antes y sin poder ser lo que habrá de ser, después. El tránsito –que no es tránsito, espera-: entre el atónito ya no y el furtivo todavía no. Este tiempo es, el tiempo, la espera. No es inmóvil pero desconcierta, confunde: todo tiene el mismo valor, idénticas proporciones, un significado equivalente, porque todo está desprovisto de importancia y sucede fuera del tiempo y de la vida, ya sin un Brausen que aquilate, todavía sin un Arce que imponga el orden y el sentido. La vida ¿no es tan breve?
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Toda la pena, todo el olvido y aguante Feiling. Cuentan las estadísticas que Osvaldo Soriano vende, todavía hoy, unos veinte mil libros por año. ¿Cómo no sentir tristeza ante las raquíticas lecturas de los argentinos? Los únicos que debieran alegrarse por la dilatada mentecatería que implica semejante consumo de frases para nada son los editores. Y Catherine Brucher.
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Me echan, estoy muy enfermo, no tengo (esta vez como nunca) dónde ir. Pero seguí escribiéndome a esta dirección: tal vez me adueñe del umbral.
Correspondencias es un espacio que publica gratis y aleatoriamente, sin cronología ni mediación erudita, cartas y textos de Osvaldo Lamborghini. Primero publicar, jamás pagar: leer, después difundir.
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Atado: como Prometeo a la roca, como el perro a la perra, como nuestras almas inmortales a la divinidad. La vida es breve.
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D’Elía encarna un bufón al mejor estilo de la tragicomedia peronista de los años cincuenta, aunque licuado por el aburrimiento y la carencia de chispa imaginativa. Tal evidente manifestación de las circunstancias no quita que quienes pretenden juzgarlo arrastran la miseria, los despojos y el dolor de una historia argentina siempre inacabada. A la oligarquía no sólo hay que odiarla: hay que expropiarla, cosa que al tibio neoperonismo K. y sus adláteres no se les ocurriría ni transitando una pesadilla inesperada. Para los tibios ni el fuego del infierno es suficiente. Para la oligarquía ni el fuego de los fusiles es suficiente.
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De tal palo, tal astilla. Día que recuerda al supuesto Padre de la Patria. Un padrecito petulante y prepotente. Hemorróidico y cornudo. Un padrecito con espada y de uniforme; mandón y matón. Semejante padre sólo fue capaz de engendrar hijitos al tono, montones de hijitos, hijitos bobos.
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Un tal Olivier Marchart escribe: “El debilitamiento ontológico del fundamento no conduce al supuesto de la ausencia total de todos los fundamentos, pero sí a suponer la imposibilidad de fundamento último, lo cual es algo enteramente distinto, pues implica la creciente conciencia, por un lado, de la contingencia y, por el otro, de lo político como el momento de un fundar parcial, y en definitiva, siempre fallido”. A partir de semejantes y altisonantes palabras Tabarovsky se interroga sobre si existe lo literario y, de existir, qué sería y si hay algo literario que pueda encontrarse fuera de la literatura. Cada uno elige, en la medida que le es posible, su propio punto de partida para preguntas como éstas y preguntas sobre el sentido de la literatura. El mío, mi vértice de ajuste para la pregunta, cruje al retumbar de algunos sonidos de sangre, de gritos, de rostros, de cuerpos y silencios, bala, cuerpos; sobre todo cuerpos: Bagua.
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En defensa del suicidio V. En la página cuatrocientos setenta y tres y las que le siguen de Gravity’s Rainbow se escribe a los hereros: pueblo bantú del sur de África que soportó -a principios del siglo XX- la persecución, el aniquilamiento y las prácticas genocidas permanentes por parte de los colonialistas alemanes, situación que casi los arrastró al exterminio. Los que no fueron asesinados por los colonialistas o muertos en campos de trabajo o por espantosas hambrunas eligieron el renunciamiento a la vida porque, según cuenta Pynchon, para los hereros se trataba de elegir entre dos tipos de muerte: la muerte tribal o la muerte cristiana. La muerte tribal tenía sentido. La muerte cristiana no tenía el más mínimo sentido. Los pocos sobrevivientes exiliados en Europa (más precisamente en la Zona) continuaron enamorados del encanto del suicidio. Un suicidio como pueblo, no un suicidio a corto plazo. Optaron por no reproducirse, convirtiéndose en profetas de la masturbación, especialistas en abortos y esterilización, verdaderos especialistas en actos orales y anales. Al mismo tiempo eligieron renunciar a las cosas de esta tierra:
Convertido al suicidio
No me importan las cosas que como,
No puedo soportar ese ritmo de boogie woogie
¡porque me he convertido, al, suicidio!
Podés quedarte con toda esa jarana
Y con esa mierda de bu-bu-bu-buuu,
¡porque me he convertido al suicidio!
No me preocupan los cupones de racionamiento
Ni las madres seductoras
¡porque me he convertido, al, suicidio!
Lo mismo me da blanco que negro,
Me meo en el campo y me meo en la ciudad,
Pero bueno, ya estoy harto. Si, en realidad esto
continúa, verso tras verso, durante bastante tiempo. En su versión completa representa una clara renuncia a las cosas terrenales. El problema consiste en que, según el teorema de Gödel, siempre habrá algo que uno haya omitido en la lista y, como no es fácil saber de qué se trata, lo mejor que puede hacerse es repasarlo todo desde el principio, corrigiendo mientras tanto los errores y repeticiones inevitables y agregando nuevos ítems que seguramente se le habrán ocurrido a uno, con lo que es fácil ver que tal vez el suicidio podría ser aplazado de forma indefinida.
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Tiempos vienen en que milicos de bigotito y alma de milico y milicos reciclados –siempre dispuestos el garrote y la picana- se preparan para la obediencia debida bajo el comando del Fino Palacios: futuro jefe policial porteño, escriba defensor del Proceso militar de los años setenta. Tiempos vienen para una Buenos Aires ordenada y amarilla, uniformada por el botoneo y la delación; tiempos para una ciudad sin manchas en las paredes, sin piqueteros, sin cortes de calles, sin negros, sin villeros, sin falopa, sin okupas, sin extranjeros sudamericanos (excepto turistas), sin cartoneros, sin putos ni travestis zarandeando las nalgas en la vereda, sin durmientes en los zaguanes ni baranda a meos de cuneta, sin lacras sociales ni células anarquistas o comunistas organizando desmanes. Tiempos vienen: tiempos en los que habrá que invocar a la memoria, la del pasado, la del presente. Al ejercicio de la memoria, a la dignidad de la memoria. Tiempos vienen de milicos y milicantes. Habrá que poner el pecho. Cuando no se pueda el pecho, habrá que poner los brazos, la mano. El dedo. Al menos el dedo. Un dedo a lo Radowitzky.
Un dedo, dos dedos, tres dedos, cuatro dedos…
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Hay tres cosas que a mí me han sucedido, me suceden, que tienen similitud: una dulce borrachera bien graduada, hacer el amor, ponerme a escribir. (Onetti, La vida no es tan breve).
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Las páginas que siguen son esbozos de capítulos de un libro que proyecto desde hace tiempo, y que quisiera proponer un nuevo modelo de sociedad, es decir, un sistema político basado en la matanza ritual de toda la clase dirigente a intervalos de tiempo regulares. Calvino, La decapitación de los jefes.
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Vida, muerte ¿dónde ocurren cuando lo hacen? Delgado, sin dudas: en una bodega de Churubamba. Levrero, un boliche de la ciudad vieja, por la tarde; Faunia, en un cuarto, desnuda, una toalla en el piso. Vida y muerte, ¿dónde suceden? Nietzsche, que se preguntaba: ¿cuánta dosis de verdad puede tolerar el ser humano?
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Fin de receso. No más epidemias a la vista. En vista. Retorno. La grotesca comedia docente, Beckett: salud. Sin anarquía. Lo bueno, esfumarse. Sobre las nubes, en un lago, un glaciar. Entre la multitud, una ciudad como ésta, aquélla. Lo bueno, esfumarse. Amo a los que no saben vivir sino para desaparecer ¿Nietzsche?. No hay otro lado, sin embargo. ¿Sino? Nada parece perderse. Nada desaparece, parece. Salvo, tal vez, la palabra. Una palabra que se diluye blanda, blonda. No desaparece, se diluye, adelgaza. Desnutrida. Un día, algún viento la llevará, para siempre. Tal vez. A la palabra. Para siempre. Tal vez. También. Nunca entendí (entenderé) la palabra del hombre. Tampoco crecí (creceré) entre los dioses. Lo bueno. Esfumarse. No hay otro lado, sin embargo. Conseguir una sensación musical, para la dilación. Dar un paso fuera del mundo, para quedarse.
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El artículo original de Coetzee apareció en The New York Review of Books el 30 de abril de este año. Poco después, el 17 de mayo, el escrito ya estaba traducido al español, publicado por el suplemento cultural del diario ABC y disponible en la red para quien deseara leerlo. En esa época algunos blogs reprodujeron el artículo o partes del artículo. A principios julio, Vero mencionó el texto de Coetzee en un comentario. Para ese entonces el artículo ya circulaba ampliamente entre los blogs y los lectores de Coetzee y de Beckett. En su edición de ayer, la “revista de cultura” de Clarín presentó el escrito de Coetzee sobre Beckett como novedad y título de tapa: “Escribe el nobel J. M. Coetzee”. ¿Novedad o fraude? Para completar el asunto Fabián Casas expone soserías a tono.
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The human stain (II). En la entrada correspondiente a Philip Roth de Wikipedia se dice que La mancha humana es una novela donde Roth examina la situación política estadounidense de la década de 1990, en especial la acusación al presidente Bill Clinton en 1998. En otro lugar, la novela es vista como un juego de despropósitos, la mayoría de ellos muy graciosos y que mantienen una franca relación con la administración norteamericana de los últimos años. Aunque se habla del mismo autor, de la misma novela y de la misma traducción es evidente que la novela que acabo de leer -del mismo autor, con el mismo traductor, bajo el mismo título- es otra, absolutamente otra, absolutamente diferente.
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The human stain. Y los amantes se alejaron. Huyeron en la tormenta, como escribió Keats. O también: –¿Sabés una cosa? Te veo. –¿De veras? Entonces ahora empieza el infierno. –¿Creés que existe dios? ¿Querés saber por qué estoy en este mundo? ¿Cuál es la razón de estar aquí? Es esto. Es estar aquí y hacer esto por vos. Es no pensar que sos otra persona en otro lugar. Sos una mujer y estás en la cama con tu marido, y no cojés por coger, no cojés para acabar, cojés porque estás en la cama con tu marido y hacer eso es lo correcto. Sos un hombre, estás con tu mujer y te la cojés, pero estás pensando en que querés cojerte a la chica que limpia las aulas de la escuela. Muy bien, ¿sabés una cosa? Estás con la chica de la limpieza. –Y con eso se demuestra la existencia de dios. –Si eso no lo demuestra, no hay nada que pueda hacerlo. –Seguí bailando. –Una vez muerto, ¿qué importa que te hayas casado con quien no debías? –No importa. Ni siquiera importa cuando estás vivo. Seguí bailando. –¿Qué es entonces? ¿Qué es lo que importa? –Esto, aferrarse a esto.
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La más dura realidad es la época apocalíptica en que vivimos. Resulta casi vergonzoso ocuparse de los problemas personales y privados en una época así. Si ocurre, es sin duda porque, incluso en medio del Apocalipsis no se puede hacer callar por completo la modesta aspiración personal del ser humano a la felicidad. Y ocurre también porque, precisamente en una época de tensión y de exigencias extremas para el trabajo personal, se ha hecho más necesario que nunca establecer alguna especie de orden anímico. Sin embargo,no hay que dedicarle ningún pensamiento superfluo: quien no sepa que está amenazado directamente en su ser y su vida, y no haga cuanto pueda para contribuir a rechazar la desgracia ya casi inevitable, estará delirando. (Broch, Autobiografía psíquica).
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Después, ¡cuánto tiempo en un cuarto oscuro, lejos, en un cuarto siempre oscuro! No hay sol ya, no hay luz, ni adentro, ni afuera. En algún costado unos hombres hablan. Hay una mujer: una mujer que lee un libro en voz alta. ¿Un libro? El también ha escrito libros. Alguien le habla con suavidad, con dulzura; no entiende lo que le dicen. Aquel que ha sentido pasar por su alma un huracán queda sordo para siempre a las palabras del hombre. Aquel que ha mirado al demonio tan hondamente a los ojos, queda siempre ciego. Para siempre ciego. (Zweig, sobre Nietzsche).
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Ésta es la grandeza de la literatura: puedes comer con un tipo que murió hace veinte años y conocer sus historias como si estuviera allí delante. Partido de las Pequeñas Cosas.
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Es peligroso bailar al borde del abismo, es peligroso mirar en el abismo. Nietzsche: si mirás durante mucho tiempo en el abismo llegarás a sentir que el abismo te está mirando.
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Cada uno será consciente o no de lo que ambiciona, lo expresará con mayor o menor prurito, pero que no pretenda ser reconocido por la ferocidad de la impotencia que ello genera. La escritura no está en un blog, sino una forma inmediata de reflexión, casi grafo en la descascarada pared a punto de derrumbarse.
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Benjamin Franklin puede ser recordado por muchas razones: desde el cometa y el pararrayos a los catéteres urinarios o desde la formulación de los lentes bifocales a su participación en la independencia norteamericana. Probablemente lo más interesante de Franklin está en su cara, es decir, en el valor de su cara, estampada en los billetes de cien dólares. Este hombre, que escribió una autobiografía publicada después de muerto, La vida privada de Benjamin Franklin, desarrolló un catálogo de lo que llamó “virtudes” a practicar que pregonaba como si fuera un nuevo Jesús. A quien, por otra parte, recomendaba imitar. A diferencia de otros seguidores del Jesús paseandero y desguarnecido de los que germinó y creció la religión más sucia y más haragana de la historia -esto dicho sin valoración alguna: es ya legendario el apego del catolicismo clásico a la mugre, su rechazo a la higiene corporal y el desinterés hacia cualquier esfuerzo que no fuera doblar las rodillas en genuflexión-, Franklin promovió el desarrollo un estilo de vida laborioso, moderado, con orden y, sobre todo, higiénico. Coincide con el catolicismo en su espanto ante el sexo y el erotismo sexual. Frecuenta raramente el placer sexual, sólo hazlo por salud o por descendencia, así una de sus ordenanzas a cumplir: la agobiante y soporífera castidad. Todo esto tiene muy poca importancia hoy en día, y bien pudieran arrojarse las máximas de Franklin al basurero de las cosas exánimes o achicharradas. Pero como suele suceder, cada dos por tres o cada dos por cien personajes como Benjamin Franklin vomitan una frase imperecedera entre tanto palabrerío al cuete. Una sentencia transhistórica, válida para su época, para mil años antes de su época, para mil años después y para cualquier rincón del mundo habitado. La frase de Benjamin Franklin que viene al caso, cuando la pacatería nacional clama por más milico, por más garrote y picana y el represor Fino Palacios se prepara para comandar a la nueva policía porteña, tiene la vigencia de un campanazo ensordecedor o de una trompada en medio del estómago: Aquel que sacrifica la libertad en nombre de la seguridad, no merece ni la libertad ni la seguridad.
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Bebé tardío. Idea mínima para un resaltado sojicampero. Un año y cuatro meses después, título en página.
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Comentarios de ida y de vuelta, futes y refutes, enlaces y enlazados. Desde hace un tiempo estas mínimas se están pareciendo mucho a un blog. Aunque es verdad que son un blog ya tienen demasiado de blog. Incluso alguien las consideró parte de una cosa extraña e inefable que suelen llamar blogósfera (o algo parecido). No puede seguir así y no seguirá así. Cada cierto tiempo es necesario pelar pala, escoba y lavandina: espantar gallinas, zorritos, cotorras y moscardones. Lo que aquí se escribe -cuando no es que se escribe por puro ejercicio de inercia autista- se escribe para entreveros y diálogos con unas pocas amistades y algunas otras (escasas) personas que nos son simpáticas, amables, afines o seductoras. El resto es botella en el río o está cerca de un bledo, un pito, un comino o un carajo. Pueden pasar o no pasar, pero mejor si no lo hacen.Y para todos sería mejor utilizar el tiempo en leer a Céline, a Joyce, a Beckett o a Thomas Bernhard. O a releerlos hasta que tiemblen las pestañas. El que se canse de leer que intente cambiar el mundo.
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Si uno busca el éxito, sólo tiene dos caminos, o lo consigue o no lo consigue, y ambos son igualmente ignominiosos. (Kertész, citado por Vila-Matas)
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Rajá, bobito, rajá. Siempre hay un amigo que te previene, ¡cuidado con los bobitos! Los bobitos no son preocupantes excepto por eso mismo: porque son bobitos y circulan por todas partes desparramando sus palabrejas de bobitos. Los bobitos frecuentemente están a sueldo de los señores, buscan situar sus nombres en poderosos medios oligarcas y hurgan ansiosos por las migajas de los que están afuera. Nada se debe temer de los bobitos, repiten la historia conocida, o la histeria. Son vástagos de la ingnominia y hermanos sanguíneos de la rastrería. Nadie los llama, pero tienen la costumbre de andar rondando a ver si pueden chuparse algo. Cada tanto los bobitos resultan verdaderamente cansadores. Ahí es cuando no vale la pena responderles. Pero si algo caracteriza al ser humano es su inconsecuencia, entonces pasa que a veces uno intenta ser condescendiente y hasta, mire lo que le digo: hasta amable con los bobitos. Es inútil. A los bobitos no hay que ofrecerles amabilidad alguna. A lo sumo hay que meterles un par de sopapos bien puestos para que espabilen y sepan a qué atenerse. Aunque es posible que tampoco eso sirva para nada.
(Esto no será publicado en el diario La Nación)
Addenda: Si la palabra “bobito” resulta ofensiva para algún pulcro lector, sírvase reemplazarla por la palabra “turrito”, connotación arltiana que para el caso arrastra el mismo significado o, si lo prefiere, utilice “bebito”, más suave, pero en el mismo sentido; en cambio, bajo ningún concepto debe cambiarse el término por “bebido”, palabra ésta a la que debemos respeto y consideración en alto grado.
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Si el lenguaje es machista, la literatura es machista. Argal: cualquier intento de una literatura femenina necesita comenzar por un lenguaje femenino. Si tal cosa es posible o no está fuera de nuestro alcance y de nuestro lenguaje, ambos, obviamente, machistas. Bonito tema para hacerse de unos pesitos (por supuesto, también machistas).
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Jean Cocteau. Lo de Proust fue gripe porcina (h1n1).
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“No existe peor iconoclasta que un mahometano extremista. La última vez que invadieron este país quemaron la Biblioteca de Alejandría”. Aunque durante 1895 estuvo unas semanas vacacionando en Egipto, Arthur Conan Doyle tenía, al parecer, escaso conocimiento acerca del Islam y de la historia de los árabes. Lo que Conan Doyle deja traslucir en esta cita es la visión filtrada e interesada sobre un espacio en el mundo que estaba en la mira de las fauces hambrientas y codiciosas de león británico: los ricos despojos del ya decadente imperio otomano. Para eso era preciso mostrar al árabe (sea el árabe del Sudán, en este caso, o el de la gran provincia de Siria, en otros) como un fanático desesperado que va al encuentro de la muerte con el frenesí de un demente. Alguien con quien no es posible entablar ningún diálogo, excepto, y con razón, el diálogo de las armas. En la segunda década del siglo veinte el imperio inglés y el imperio francés se repartieron el Medio Oriente ganado a los turcos en la primera guerra mundial (con minúsculas) y trazaron las fronteras de los territorios árabes dominados sobre un tablero de arquitecto. El reparto y las fronteras se decidieron en Europa, despreciando cualquier interés y razón de nacionalidad de los habitantes de esas tierras. En ese mundo había riquezas insondables y eso era lo más importante. Existía también una cultura propia en quienes lo habitaban y -desgraciadamente para los conquistadores- demasiados habitantes. Pero tener en cuenta los intereses y los conocimientos de estos habitantes no formaba parte de la conquista, ni de los intereses de la conquista, ni de la cultura de la conquista. De ahí que no extrañe que muchos escritores y periodistas, ajenos al conocimiento riguroso del mundo árabe o del Islam, utilicen la palabra “mahometano”, que no es sino una interpretación europea por asimilación y comparación y es una interpretación equivocada. Así como en Europa a los seguidores de Cristo, supuesto hijo de dios (con minúscula), se los llama “cristianos” y es posible hablar de algo así como una “religión cristiana”, se presume (el mundo europeo presume) que en el Islam a los seguidores de Mahoma debe llamárselos, por extensión, “mahometanos” o de “religión mahometana”. Pero no existe tal cosa como una “religión mahometana”, ni tampoco hay seguidores de la doctrina de Mahoma (no hay “mahometanos”) en el Islam. Y, además, cosa que habitualmente se ignora, Mahoma no es hijo de dios, ni es considerado hijo de dios, sino que es el último de una larga cadena de mensajeros enviados por dios (todo con minúsculas) para actualizar su mensaje. Con todo, todavía en la actualidad el diccionario de la real academia española (con minúsculas) considera como válido el término “mahometano” para referirse a un musulmán, aunque en vano se buscará allí la palabra Mahoma. En cambio, sí existe, ampliamente definida, la palabra Cristo. Otro diccionario de consulta online considera que “mahometano” es aquella persona que profesa el “mahometismo”, lo que origina una nueva y simpática derivación. Para dejar más oscuras las cosas el mismo diccionario toma como sinónimos a las palabras “mahometano”, “musulmán” y “sarraceno”; apoyado, seguramente, en que “sarraceno” es el nombre con el que la cristiandad llamó a los árabes cuando éstos entraron en Europa desde el norte de África. Lo que olvidan los autores de este diccionario (o no olvidan, precisamente) es que el uso de la palabra “sarraceno” por “árabe” es bastante anterior a la existencia del mundo musulmán, puesto que como sarracenos (sarakenoi) se conocía ya en la antigua Grecia a las tribus nómadas del centro y norte de Arabia y, un poco después, también los romanos tuvieron trato con dicho pueblo, al que denominaban sarraceni. Confunde y reinarás. Con la afirmación de que los “mahometanos extremistas” quemaron la biblioteca de Alejandría sucede algo parecido: falta a la verdad y muestra desconocimiento en quienes repiten hoy esa afirmación sin cuestionarla. No existe ningún documento probatorio ni ningún testigo contemporáneo de los hechos que permita afirmar que la biblioteca de Alejandría fue incendiada por los árabes musulmanes. Más bien lo que aparece es que la mayoría de investigadores y especialistas de la historia afirman lo contrario. Entre estos investigadores está el bien conocido historiador Bernard Lewis, quien sostiene que el mito del incendio fue alentado en el siglo XII por Saladino para favorecer su intento de restauración de los sunníes en Egipto, precisamente en contra de los ismailistas (a los que occidente suele conocer como “ala extrema” del Islam). Todo este saber es fácilmente asequible a través de internet si es que no se posee el acceso inmediato a los textos especializados. Aún así, con toda la información disponible y el grado de conocimiento alcanzado por la ciencia, todavía se sigue hablando sobre “el incendio de Alejandría por parte de los árabes musulmanes”, se continúa denominando a los musulmanes como “mahometanos” o “mahometanos extremistas”, dependiendo el caso; y se discurre sobre el “enfrentamiento de civilizaciones”. Conceptos vacíos de contenido y por demás falaces, pero siempre a mano y muy útiles para emperifollar la naturaleza cruda y mercantilista de las invasiones, del saqueo, del despojo y del crimen.
(Esto no será publicado en el diario Perfil).
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Un intercambio de dentelladas entre dos tiburones de la pababra: Horacio Verbitsky y Marcos Aguinis. Aunque, para utilizar la metáfora correcta, hay que decir que Aguinis más que tiburón es rata. El argumento que utiliza para justificar su relación con la dictadura militar argentina es el mismo que usan los colaboracionistas de todo el mundo para diluir sus vergüenzas en una tenebrosa heroicidad. Argumento de lustre, que alcanzó la cumbre en una película penosa: “La lista de Schindler”. Pero Aguinis es, además, una ratita fullera que escamotea su propia palabra aprovechando la ocasión de formar parte de una sociedad que tiene memoria por demás angosta. Su posición respecto a Palestina no se diferencia en nada de la del embajador de Israel en Argentina. Basta con recorrer sus discursos y sus escritos justificatorios del genocidio que el Estado de Israel realiza cotidianamente en Gaza. Aguinis es colaboracionista por partida doble: con la sangrienta dictadura argentina y con el sionismo criminal del Estado israelí. Como tantas otras, la palabra “colaboracionista” parece haber quedado detenida en un tiempo que ya no está. Pero las actitudes de su significado se repiten una y otra vez. Lo que no se repite es el castigo.
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Club Atlético. Dos o tres veces por semana cruzo frente a las excavaciones abiertas en cuchillada, debajo de la autopista. El lugar tenía capacidad para unas doscientas personas y por ahí pasaron alrededor de mil quinientos hombres y mujeres entre mediados de 1976 y diciembre de 1977. Pasaron y dejaron: estampas de su aliento, de sus miedos, sus ensoñaciones. Cuando se abrió la tierra se pudo recomponer algún trazo, algún fragmento del dolor. Pedazos de uniformes, zapatos, gorras, cachiporras, envases de plástico, botellas, monedas. Una pelotita de ping pong, también secuestrada. La hondura expulsó objetos de vida entre tanta muerte, pero sobre todo expulsa, todavía, tajos. Tajos de tiempo: los torturadores tenían (tienen) todo el tiempo del mundo. El terror pretende naufragar detrás del tiempo y del silencio. Grito, cada día que paso frente a las excavaciones. Entre automóviles, motos y colectivos que pasan, también pasan, por encima y por abajo, grito, y aguardo el eco del grito. Pero la tierra, abierta con toda la boca abierta, encubre todos los gritos; los otros gritos, tan silenciosos como el mío. Hoy por hoy, en este lugar, los genocidas mueren de muerte natural.
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A propósito del señor Tokuro:
Tokuro: ¿Usted quiere a señor Mancini?
Heredia: Eso no significa que vaya a chuparle la pija. Eso sería en el caso de que yo fuera puto.
Tokuro: Usted es puto.
Heredia: Mire, Tokuro, debe ser un lío que usted se hizo con el idioma.
Tokuro: No, ningún lío con el idioma. Usted es puto.
Heredia: Me parece que esto va a terminar mal, no me obligue, Tokuro, todo tiene un límite…
Mentira: Tokuro cinturón negro y aterradora fama de violento cuando se creía en la causa justa. Heredia estaba cagado hasta las patas.
Tokuro: Yo lo obligo. Usted tiene que chupar pija a señor Mancini…
Heredia: ¡Pero, cómo, cómo…!
Tokuro: Yo no sé cómo. Yo no soy puto.
Heredia: Señor Tokuro, todo era una broma. Usted interpetó mal.
Tokuro: Yo entendí bien. Usted le dio el sí. Que incluso se la haría chupar aunque estuviera frente al gerente general. ¿Miento señor gerente general?
Gte. Gral.: No, no es que mienta, ocurre que según el nivel del diálogo, la confraternización se excede. Usted sabe, una palabra trae a la otra.
Tokuro: Pero Heredia quería chupar pija Mancini, y otra palabra trae Hiroshima.
Heredia: ¡Si fuera puto! Entienda, Tokuro: me encantaría chuparle la pija a Mancini si yo fuera puto, lo elegiría a él para que me rompiera el culo.
Tokuro: Es puto. ¿Por qué si no pensar qué cosas haría si fuera puto?
(OL, La causa justa)
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A nadie llame la atención que se designe como jefe de la policía porteña al Fino Palacios, sospechado de haber sido partícipe del encubrimiento del atentado en la AMIA e involucrado en la masacre del 19 y 20 de diciembre de 2001 en la plaza de Mayo. Este milico, con pinta y alma de milico, admirador del aparato genocida de la dictadura del Proceso militar de los años 70 escribió, además, un libelo titulado Terrorismo en la Aldea Global. Según manifiesta, el libro fue escrito “con afán docente, para que constituya un conjunto de utilidad para cada integrante de la Policía Federal y que sirva como una herramienta más de instrucción y capacitación de los nuevos miembros”. Entre otras perlas educativas Palacios afirma que en la década de 1970 “la Argentina era el teatro de operaciones de los revolucionarios marxistas que sembraron violencia y terror en la ciudadanía.”. No existe en todo el libro ninguna mención al terrorismo de Estado criminal. Ni siquiera aparece la justificación de los “errores o excesos” que tanto utilizan otros ilustres defensores de la dictadura. Que el Fino Palacios sea, o se pretenda que sea, el jefe de policía de Buenos Aries es la consecuencia obligatoria de una sociedad que oculta sus vergüenzas bajo concesiones, arrugues y miradas para otro lado. Una sociedad en la que López sigue desapareciendo todos los días y la mayoría de los represores y torturadores del Proceso se dan el lujo de mirar cínicamente nuestros ojos al cruzarnos en cualquier avenida. El Fino Palacios es el hombre indicado para ejercer el mando de la policía de una ciudad que todavía conserva, en una de sus calles más largas, el nombre de un fabuloso cobarde: el coronel Ramón Lorenzo Falcón, represor de la manifestación obrera del 1º de Mayo de 1909 en la Plaza Lorea. La escuela donde se forma a la policía federal para la que el Fino Palacios escribió el libro con espíritu educativo lleva, precisamente, el nombre del asesino Falcón. La sangre del coronel Ramón Falcón acabó desparramada en el empedrado porteño por un bombazo que le arrojó un joven anarquista de dieciocho años: Simón Radowitzky. Ha pasado un siglo y Buenos Aires ya no es la misma Buenos Aries de cien años atrás. Pero el autoritarismo, el desprecio y la invocación al miedo policial pretenden seguir siendo los mismos. Se necesita la firma para oponerse a la designación del milico Palacios. Es necesaria la firma, pero también es forzoso recordar la cadena de grito, bala y represión que impuso hace cien años el coronel Falcón, cuyos eslabones siguen lacerando las espaldas. Cuando se pretende Palacios no hay que olvidar al cobarde Falcón. Recordar a Falcón y no olvidar a Radowitzky.
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Dos sentencias, recogidas casi al mismo tiempo:
Ninguna literatura cambiará el curso de la humanidad, y sin embargo se escribe (en el Fantasma de Genovese).
Al final todo pierde su sentido, pero la máquina de escribir sigue conmigo (en doctor Pasavento, de Vila-Matas).
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La Cisura de Rolando impone una doble lectura y también es conveniente leerla dos veces: la primera para dejar que la risa fluya, desbordada y libre; la segunda para reflexionar sobre el límite, la exageración, la arrogancia y lo absurdo del lenguaje por la palabra.
Un lacaniano peronista es alguien que sigue los postulados de la República del Síntoma, mi amigo, y no me refiero a Freud cuando le hablo del Síntoma, sino a Perón, el único que atacó sin asco las bases del rizoma capitalista.
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Un detalle físico de suma importancia: elegir mujeres galvanizadas, es decir, ya casadas o comprometidas o con novio fijo. Nunca mujeres sin cable a tierra porque la vida de uno corría el riesgo de transformarse en una celda electrolítica. Las galvanizadas-comprometidas, al estar en plena ionización, dirigían toda su energía al ánodo positivo, pero como giraban pendientes de un tercero, podrían llegar a ser mortíferas. “No hay que ser fusible, pibe”. Las galvanizadas con novio fijo resultaban mucho más peligrosas y traumáticas, ya que durante el proceso de atracción podían descontrolarse electrolíticamente y terminar catodizándose con uno. Riesgo mayor. De todos modos, Behrenz sostenía una ley inflexible en todos los campos: “en la unión está el divorcio”. Sabias palabras. Meterse con mujeres a la larga o a la corta es igual a una ruptura: M=R, por una intesidad que llamaremos i, M=r.i, y un desgaste d de signo negativo, M=R.i (-d), que inevitablemente desemboca en un factor X. M=R.i (-d): X, tan inestable como difícil de predecir. El factor X, razonaba, era el castigo de los hombres. El factor X no sólo había dado origen al tango lloroso, decía, sino que era la cuna principal de crímenes, estafas, engaños, traiciones, suicidios, tristezas, desfalcos y cuantas calamidades uno pudiera imaginar. (Báñez, La Cisura de Rolando).
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¿Qué importa que un grito sea fuerte o flojo? Lo que importa es que pare. Así leído Beckett deviene inofensivo al escucharse el sonido intolerante de la lluvia. Ahí, afuera, ahí, adentro, también, afuera, adentro. Ubicarse detrás de una pared y esperar en acecho hacia una puerta, entre la lluvia, ubicua. Admitir que todos pueden ver la espalda al mismo tiempo que la pared y la puerta. ¿Es que hay pared, puerta, espalda? Tal vez cilindro y lluvia y atisbo. O no cilindro. Ni acecho. Sólo lluvia. Ni lluvia. La nadidad, que desampara, centrifuga.
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Reger. En mi vida he leído un solo libro de cabo a rabo, mi forma de leer es la de un hojeador en alto grado dotado, que prefiere hojear a leer, y por consiguiente hojea docenas y, llegado el caso, cientos de páginas, antes de leer una sola; pero cuando ese hombre lee una página, la lee más a fondo que nadie y con la mayor pasión que cabe imaginar. Es mejor que leamos sólo tres páginas de un libro de cuatrocientas más a fondo que un lector normal, que lo leerá todo pero ni una sola página a fondo. El que lee todo no comprende nada. El mayor placer nos lo dan los fragmentos, lo mismo que en la vida. No podemos aguantar ya nuestra época como un todo, sólo si la vemos como fragmento nos resulta soportable. El todo y lo perfecto nos resultan insoportables. (Alte Meister).
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Algo más. Las primeras cuatrocientas cincuenta páginas de la novela de Levrero constituyen un diario –el Diario de la beca- que al mismo tiempo es el Prólogo para La Novela Luminosa. Es un diario de hipocondrías, de milanesas en el freezer, de adicción a la computadora, de impotencias, de lecturas, de muchas otras cosas. Como ejercicio inútil, como ejercicio inútil de esos que sólo pueden hacerse un domingo por la mañana, como ejercicio inútil e innecesario de domingo por la mañana podría caminarse el recorrido de las lecturas de Levrero durante el año completo que dura el diario. Al menos de las lecturas que están mencionadas allí. Pero como ese ejercicio es un ejercicio inútil no vale el esfuerzo de recorrer todo el año del Diario para hacerlo. Basta con tomar un par de meses y después dejarlo, a la hora de los ravioles, por ser precisamente un ejercicio inútil, innecesario, que se hace por abulia o por no hacer otra cosa un domingo por la mañana. En ese par de meses -por caso desde el 5 de agosto al 11 de octubre de 2000- Levrero leía con hambre, creaba programas de computación caseros con el Visual Basic con hambre y jugaba solitarios y otros jueguitos lelos en la computadora con hambre. Como Onetti, era un desenfrenado lector de novelitas policiales. De las buenas, de las malas. Novelitas policiales de la colección Rastros que compraba en los cajones de oferta en las librerías de viejo. Colección Rastros: en la contratapa de esos libritos usados, grandes letras rojas y debajo una lista de los últimos diecinueve títulos publicados, todo eso sobre un fondo amarillo rabioso y rodeado por un marco azul de aproximadamente un centímetro. Durante cincuenta años Levrero leyó y releyó las novelitas policiales de Rastros, editorial Acme Agency. No sólo esos. En los dos meses que revisa este ejercicio inútil la devoción de Levrero por la novela policial asoma una y otra vez. A veces entremezcladas con las de espionaje. Leo Bruce (policial), John MacDonald (policial), John Le Carré (La gente de Smiley), unas cuantas cuyo protagonista es Hannibal Lecter, Jean Ray (fantasmas y cosas macabras). Un especial para algunas cuantas novelas escritas por W. Somerset Maughan, autor repetido en este período (El filo de la navaja, Lo mismo de siempre, A orillas del Támesis, Soberbia (mala traducción de La luna y seis peñiques), otras más. Edwar Wallace (tres libritos). Ciertamente, bastante parecido a Onetti. Al Onetti de los últimos años en la cama. Yo también debería estar en la cama, pero no tengo quien me atienda. Recibí por mail las fotos que me sacó mi amiga. Las fotos muestran claramente que soy un viejo en las últimas; y no es la barba, eh; es la piel, la mirada, el color rojizo de la cara, el encorvamiento de la espalda. Lo que se dice un viejo de mierda. Un personaje de Beckett. Está Beckett en esos dos meses del Diario. Beckett siempre consigue arrancarme algunas carcajadas. El relato Primer amor, por ejemplo. Todos los relatos de Beckett y las obras de teatro de Beckett. Lo único que falta es releer Molloy. Wilkie Collins, Falta de pruebas. Un par de Chesterton (Cuatro granujas sin tacha, El hombre que sabía demasiado), la colección completa y encuadernada de la pequeña Lulú. Los cuentos de Henry James, qué bien escribe este hombre aunque no siempre comprenda del todo el sentido de lo que quiere contar. El teatro de la memoria de Pablo de Santis, al que el muy generoso Levrero califica de excelente. América de Kafka, que no volví a leerlo desde aquella primera vez en 1966 cuando me inspiró para convertirme en escritor. El premio por atención y por situación en esos dos meses del Diario se lo lleva Rosa Chacel a quien descubrí por casualidad en una liquidación de libros usados. Memorias de Leticia Valle me pareció una novela extraordinaria y la hice circular entre todas mis amigas brujas, porque no me quedó la menor duda de que doña Rosa era una auténtica bruja. Después, Alcancía (ida y vuelta), Barrio de Maravillas: me maravilla la cantidad de coincidencias que hay entre doña Rosa y yo. Percepciones, sentires, ideas, fobias, malestares muy parecidos. Dejé, a propósito, tres de los fuertes para el final. Semmelweis, de Céline. Levrero no dice nada sobre Céline, sólo que en este período leyó Semmelweis. Philip K. Dick, Sivainvi, pésima traducción española de Valis. Me sorprendió descubrir que Dick vivió algunas experiencias similares a algunas que yo he vivido, aunque en el caso de él esas experiencias han ido muchísimo más lejos. No creo que hubiera podido sobrevivir a experiencias de la magnitud de las de Philip Dick. Bueno, él tampoco pudo. En cualquier caso, es muy agradable leer esas cosas que, de algún modo, jerarquizan la propia locura. El postre, antes de ir por los ravioles de domingo y de ir bien pronto porque la pasta si se enfría no se puede digerir como corresponde. El postre es… Thomas Bernhard. Un Bernhard con dulce de leche, aunque no tanto: El sobrino de Wittgenstein. Tiene pasajes extraordinarios, es cierto, realmente magistrales, y está escrito con la verdad y la sinceridad características de Bernhard, terribles y conmovedoras. Pero, al parecer, es una de sus últimas obras y se nota un cierto desgaste, ¿cómo decirlo?: una especie de cansancio. Hasta la mitad del libro, más o menos, me costaba un poco leerlo, todo lo contrario de lo habitual con los libros de Bernhard, que me producen el efecto exactamente opuesto: no puedo dejar de leer, me cuesta hacer una pausa, por la fuerza hipnótica de su estilo. Uno de esos días entre los días de los dos meses del Diario de Levrero que he tomado para este ejercicio inútil e innecesario, ejercicio de domingo a la mañana, uno de esos días, Levrero y su amiga, llamémosla así en este ejercicio inútil, su amiga, en un bar, también un domingo, conversaron casi exclusivamente acerca del sobrino de Wittgenstein y de Thomas Bernhard. En cierto momento tuve que decir: ojalá después de que yo me muera, alguna vez dos personas como nosotros se encuentren en algún boliche del mundo y hablen de mí de esta forma. Parecía que Bernhard estaba ahí, sentado a la mesa con nosotros, hasta daba un poco de temor, porque convinimos en que debió ser un tipo insoportable. Todo lo contrario a Levrero, que era un tipo sumamente amable. Y aquí termina este ejercicio inútil de domingo a la mañana, innecesario. Mientras voy por los ravioles y pienso que la justicia a veces sí depende de uno, o de dos, y que la justicia no es inútil sino necesaria y que entonces tal vez te preste esta novela de Levrero y es muy posible que lo haga y luego un día te diga de ir a un boliche para hablar de Levrero y de Bernhard, pero esta vez sobre todo de Levrero, sentado ahí a la mesa con nosotros, y que hablemos de él sin ningún temor, porque los dos vamos a convenir en que Levrero era, decididamente, un tipo por demás amable.
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Ningún comentario a La novela luminosa, póstuma, de Mario Levrero. Acomodar la fotito de la tapa de un libro y después pronunciar en cuarenta líneas si gustó o si no gustó, ejercitando embarazosamente sobre el texto la búsqueda de registros en clave crítico literarias está fuera de mi alcance y de mi voluntad. La abundancia de reseñas de cada literatura que aparece da urticaria. En el caso de la novela de Levrero el que esté interesado en esos temas puede leer a Echevarría. También, si tiene tiempo y tripa resistente, al Nabo Mayor entre los comentaristas vivientes. Ambos artículos ilustran muy bien de qué va la cosa, aunque es preciso advertir que en el caso del Pichitrulo hay que tomarse el trabajo apartar a un costado la niebla bobalicona con la que Fogwill tiene la costumbre de recubrir sus oraciones. Lo mejor es leer a Levrero, claro está. ¿Algo más? Recomendarlo. ¿Algo más? Recomendarlo mejor. Copiar textualmente una frase de la novela y dejar que ella derive por sí misma. Como ésta de aquí, capaz de dar lugar a la práctica engreída del intercambio de nuestras opiniones y al autorreferenciamiento. O esta otra, retazo al azar: El ocio es una disposición del alma, algo que acompaña cualquier tipo de actividad; no es la contemplación del vacío, y menos aún el vacío mismo; es, cómo decirlo, una manera de estar. ¿Algo más? Releer a Levrero. Releer todas las novelas de Levrero. ¿Algo más?
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Existen los escritores de fin de semana y existen los escritores profesionales. Para los primeros la literatura nunca será más que un complemento; un recurso casi necesario y vital, pero del cual pueden prescindir amablemente cuando otras urgencias los requieren. No deben ser subestimados: algunos de los escritores de fin de semana escriben realmente muy bien, sus construcciones suelen ser prolijas e ingeniosas aunque a menudo les falte un poco de carnadura y de sangra propia. A los escritores profesionales los describió muy bien Raymond Chandler en una carta: son aquellos que se sientan frente a sus escritorios todas las mañanas a las ocho , con lluvia o sol, con los restos de una borrachera, con un brazo roto, o lo que sea, y vomitan su pequeña cuota, no importa cuán en blanco esté su mente o cuán agarrotados sus cerebros. El escritor profesional produce; produce continuamente, escupe un huevo tras otro. Siempre que le es posible cacarea, para dar aviso. También los hay muy buenos: ahí están la finura y el refinamiento de Thomas Mann como paradigma, aunque bastante acompañado. Entre los escritores de fin de semana y los escritores profesionales están los otros; los que no encajan, los haraganes, los exasperados, o todas esas cosas al mismo tiempo. Son los que escriben sólo cuando les resulta imperioso o ineludible o que no escriben por temor a las interrupciones o que enmudecen como los bartlebys de Vila-Matas. Para éstos, incalificables, la conciliación entre literatura y trabajo es imposible: quien trabaja no escribe y escribir nunca será un trabajo. No pueden plantarse ante la literatura como oficio, ni como arte, ni como recurso. Para los inclasificables escribir es un vínculo con el desafuero, la imposibilidad, el yerro, el orgasmo, el disparate.
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Scutenaire. ¿Para qué desarrollar? Desarrolladas, las tripas de un hombre miden nueve metros. Enrolladas también.
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Levrero. Cuando uno es joven e inexperiente, busca en los libros argumentos llamativos, lo mismo que en las películas. Con el paso del tiempo, uno va descubriendo que el argumento no tiene la menor importancia; el estilo, la forma de narrar, lo es todo.
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De números, de chanchos y de cuitas mugrosas. Por si le habitaba la soledad, al consagrado hechicero de la matemática y las estadísticas gloriosas don Guillermo Moreno se le sumó, gripe puerca por medio, otro prestidigitador aritmético de fuste: Juan Manzur llameante ministro de Salud de la Nación, macho probado en eso de dibujar las cuentas sobre mortalidad infantil en Tucumán. En Buenos Aires, cacha la manija milicomacrista el comisario excomisario Jorge Palacios (a) Fino, con algunos cascotitos de la Amia en el bolsillo de atrás. Caballero de fina estampa, bigotito policial ad hoc y ojitos de turro y de burro, Palacios anduvo, además, enchastrado por la represión y los asesinatos del 20 de diciembre de 2001 en la plaza de Mayo. Desde ahora, piqueteros abstenerse. Susana Giménez y perroparió, encantados. Calma reaccionarios, calma. Un médico a la derecha no es todo aunque es bastante. Luisito Barrionuevo se entrena para jugarla de nuevo en el bocheo sindical. Con discurso renovado acorde a los períodos que corren: tres meses sin robar y acomoda la Nación. Soplan vientos de estribor: Grosso y el gordo Gostanian se frotan las manivelas y aprontan jarcias, velas y aparejos. Calma, reaccionarios, calma. En el justo o injusto medio de la tormenta Naboleti Narodowski (¡respetos subordinados!) agarra la libreta de estirar los días de clase: los chicos están laborando en casa, exultantes con las tareas que se resuelven por internet, justificación íntegra para el chateo boludo y para matar terroristas en el jueguito del mes. Gforce a todo dar. Sos un terrorista y tenés que explotarte. Pronto se reabrirán las puertas del ministerio de Culto para el padrecito Grassi, y del ministerio de Culo, para la madrecita Carrió. ¿Y qué se sabe de Seineldín?
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Remedio para melancólicos. Hay una sola forma de sobrevivir y no pasa por escribir sino por leer. Es necesario leer, escribir no es necesario. Leer todo el tiempo y en todo lugar. Leer es un sueño, además es todo lo contrario a un sueño: es el fragmento de un sueño y es la totalidad de la vigilia y viceversa. Leer siempre, no sólo cuando se pueda. En cualquier postura, en cualquier situación. Alimentar a los peces y leer; enviar un mensaje de texto y leer, pero no los mensajes de texto; vender camisas o alfajores o vender la ternura y leer, cagar y leer, antídoto para el estreñimiento y los malos hedores; viajar y leer, no moverse y leer, más que viajar no moverse y seguir leyendo sin moverse leer o moviéndose como si se leyeran las discusiones rabínicas; cambiar pañales y leer (o el suicidio). Cambio de persona y de género. Si te olvidaste de tomar el antidepresivo o no te alcanza la plata para el Cabernet, leer (mejor con el Cabernet). Te hicieron el plantón amoroso o no te hicieron pero te van a hacer o no te van a hacer pero lo vas a hacer, leer. Cambio. Cojer y leer, antes y después y también en tanto, leer. Cambio. Leer aunque duelan los callos o la vesícula o el huesito dulce. Leer te mata, pero todo te mata. Leer no te salva, te salva. Cambio. Lavar los platos te mata, escuchar a la vecina te mata, leer el correo te mata, abrir la puerta de calle te mata. Cambiar. Leer. No cambiar. Seguir leyendo. Hasta que la sensibilidad quede demostrada, leer. Después, leer.
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Si uno se dispone a mirar una película de Bela Tarr desde el título mismo se le va imponiendo la impronta de lo que verá: Almanaque Otoñal, El tango de Satán o La Condena, prefiguran desde su nombre un asalto a la melancolía y la monótona deriva circular del tiempo. Pero si la película que todavía no ha comenzado se llama La teta asustada y la directora es sobrina de Mario Vargas Llosa, entonces los pensamientos previos pueden extraviarse por senderos desconocidos. La teta asustada no tiene nada que ver con los corpiños, con los proxenetas, ni con las manos de Vargas Llosa. Es una película donde las mujeres violadas en el Perú enferman de miedo y transmiten la enfermedad a sus hijos a través de la leche materna. Para conjurar el mal se introducen una papa en la vagina ya que, dicen las mujeres sabias, sólo el asco detiene a los asquerosos.
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Almanaque otoñal. ¿Puedo beber? ¿Soy un ser acomplejado? Siempre he estado incómodo con todo. Siempre he tenido el sentimiento de que se esperaba de mí más de lo que yo era capaz de dar. No soy verdaderamente capaz de responder. Al mismo tiempo sé que estoy predestinado. Tengo miedo de no poder cumplir. En la escuela tengo a los alumnos delante de mí. Eso me entristece. Para esa generación soy demasiado viejo. Incapaz de trasmitirles alguna fe. Incapaz de conseguir que crean en lo que les digo. Que crean que algo vale la pena. Que hay que vivir, por caso. Continuar para alcanzar algo. No sé por qué hay que continuar, porque no hace falta. Hay que vivir. Hay que amar algo. No sé qué es lo que hay que amar, porque yo ya no amo nada. Hay que ir hacia algo, supongo. ¿Ir hacia dónde? Haría falta una mujer que estuviera dispuesta a aceptar todas estas tonterías. Aceptar que sea un borracho. Que todas las noches sea un borracho. Que haya que recogerme y que se me tenga que meter en la cama inconsciente. Una mujer que pudiera aceptar eso. Pero probablemente no existen personas así. ¿Soy un hombre desgraciado? Es posible. Es posible que no. Es posible que no sea verdad que sea un desgraciado. Tengo un sueño. Tengo una idea. ¿Por qué no logro realizarlos? Esa mujer, si aparece un día, pronto se va. Le cuenta a otra persona que se acostó con el profesor. Y hasta puede llegar a decir que acostarse con el profesor fue de lo mejor que le ha pasado. Me acosté con el profesor, incluso ha sido lo mejor de mi vida. Eso en nuevo para mí, pero estoy contenta. Ni siquiera tenía idea de que podía acostarme con él. Me rondaba desde hacía un tiempo. Estuvo bien. Muerde. El profesor muerde. Tiene unos dientes enormes. Y unos maravillosos pies peludos. Dedos grandes y planos. Deberías verlo. Es horrible, como un animal. Pero me dio placer. Me gusta cuando alguien es amable conmigo. En el fondo no fui yo quien lo quiso. No puedo hacer nada. Resultó ser así. No pensé que pudiera darme tanto placer. Es bastante horrible como persona.
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No es posible predicar amor porque las personas estamos mutiladas de amor. Pero esto no quiere decir, y tampoco para Adorno quería decir, que haya que aceptar la barbarie con resignación o indiferencia. La incapacidad de amar puede ser combatida. Hay que ponerle el pecho a la falta de sensibilidad y a la impotencia del amor. Hay que atacar todos aquellas formas y procedimientos que dan aliento a la barbarie: la agresión, la brutalidad, los ritos, la dureza de espíritu. Lo que Adorno pretende resaltar es que esa lucha está teñida por nuestra desesperación. Es preciso aceptar ese carácter desesperado para no arrojar inútilmente manzanas contra el viento.
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Adorno. No pretendo predicar el amor. Sería inútil. Además, nadie tendría derecho a hacerlo, puesto que la falta de amor es una falla de todos los seres humanos, sin excepción alguna, dentro de las actuales formas de existencia. La prédica del amor presupone en aquellos a quienes se dirige una estructura de carácter diferente de la que se quiere modificar. Los seres humanos a quienes se debe amar son tales que ellos mismos no pueden amar y, por lo tanto, en modo alguno son merecedores de amor.
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El lector. Michael se desespera por comprender cómo es posible que la barbarie esté anclada en lo más íntimo de Hanna, de quien está enamorado desde los quince años. ¿Cómo se puede admitir que esas manos que lo han frotado enérgicamente bajo la ducha y acariciado con esmero después de haber escuchado los versos de La Odisea están profanadas por el horror? No puede aceptarlo. Por eso desea redimirse y al mismo tiempo redimir a toda su generación enviándole a la mujer una sucesión implacable de lecturas grabadas. Pero tan sólo la cuerda puede redimir a Frau Schmitz.
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9 de julio es una avenida de la ciudad Buenos Aires. La más ancha del mundo según afirman algunos porteños pretenciosos que nunca han cruzado el río mugriento ni el océano impenitente. 9 de julio, como avenida, fue proyectada a fines del siglo diecinueve. En esa época no se la pensaba con el nombre que remite a una presuntuosa victoria de independencia sino con la signatura de una derrota: Ayohuma. Un nombre más enmarañado con el auténtico espíritu nacional. Cuarenta años después la memoria pudo ser más caradura: en 1937 el intendente Mariano de Vedia y Mitre ordenó por decreto la apertura del primer tramo de la avenida. Poco después, en medio de protestas de vecinos, un desfile de carros de mudanzas trasladó de prepo las pertenencias de los habitantes de ciento treinta y ocho casas y edificios que se oponían a que la piqueta les tirara abajo sus paredes. Algún tiempo antes se levantó el símbolo más impotente de los porteños: el obelisco. Para hacerlo también hubo que demoler: se tumbó la Iglesia de San Nicolás, lo que provocó el escándalo de no pocos puritanos disgustados con la erección de un falo depravado en reemplazo de la sagrada cruz cristiana. Después de otros cuarenta años llegó la orden de Cacciatore y la exención de la dictadura del Proceso apelando a la razón de piqueta y topadora para concertar la vieja avenida y la novedad de las autopistas. 9 de julio es también un tango, mejor dicho: dos tangos que en realidad son tres. El uno, relacionado al calendario y la efeméride nativa con dos variaciones en la letra -y el alma tremulante de emoción- de Eugenio Cárdenas. El otro, un lagrimón de Tito Bayardo que un día regresó -triste, vencido y sin fe- al pueblo que abandonara en su juventud peregrina. 9 de julio es, además, ese pueblo. Un pueblo sorete de la provincia de Buenos Aires. Casi igual, o igual, a la mayoría de los pueblos soretes del interior de la provincia. Todos paridos a ritmo de locomotora y vagones de carga según las necesidades de la omnipresente oligarquía doméstica y los comerciantes y corsarios de Inglaterra, la verdadera madre patria. Un pueblito sorete y reaccionario como la mayoría de los pueblitos agroganaderos del interior de la provincia. De los que ya no quedan sino la huella diluida de las vías del tren y una estación desmantelada. Sólo aptos para un guión documental. Para el lamento soporífero y la nostalgia populista de Pino Solanas. Pueblos ferrocarrileros con olor a bosta cuyos edificios más elevados son los silos de chapa galvanizada, con nervaduras para acopio de granos, a un costado de la estación. Un pueblo sorete de esos que Solanas recorre con la cámara, hurgando por vagones que ya no existen y una quimera de nación que jamás existió excepto en la chispa afiebrada de Discepolín. Solanas puede derrochar toneladas de película y combustible filmando pueblos sorete iguales o casi iguales a 9 de julio y a las vías asesinadas de 9 de julio y, tras una llanura de tedio, apenas puede decir poco y nada sobre ferrocarriles y trenes y vagones y andenes. Solanas no es Lanzmann, ni puede. Si algo fue capaz de pronunciar sobre andenes y vagones y trenes y ferrocarriles, entonces la Shoah, de Lanzmann. Haciendo gritar al silencio con todas las imágenes y la ausencia de imágenes entre vagones y trenes y ferrocarriles y andenes. Sobre todo, andenes. Entre Lanzmann y Solanas hay un abismo infranqueable más que insondable. 9 de julio es una canción de Callejeros, otro vaso de cerveza bien fría que se llena, se prueba, se vacía y se va. Es una cancha de fútbol en plena calle donde Pavarotti en 1991 nos hizo escuchar, que no ver, a mí y a otras doscientas mil personas acalambradas, qué bella cosa es un día de sol, un aire sereno después de una tormenta, quanno fa notte e ‘o sole se ne scenne. 9 de julio es Woodstock y es una hilera inasequible de colectivos sindicales y bombos y pancartas y es también el evangelista pentecostal Palau agitando su apoyo incondicional a las dictaduras militares latinoamericanas. Palau, arrojando infieles al infierno entre pasos de marioneta de Maximiliano Guerra y la cuerda tanguera de Amelita Baltar. En mi retorcida e íntima memoria 9 de julio es desfile de soldados por la calle principal de uno de esos pueblos sorete de la provincia de Buenos Aires. Soldaditos y sargentos y caballos y jeeps y camiones y tanques y cañones, uno detrás del otro en un orden escandaloso y fanfarrón. Marchando o machacando al compás de bronces militares, casi siempre algo desafinados y un poco fuera de ritmo, pero al mismo tiempo pegajosos y vivificantes. Es el discurso del mandamás con uniforme, vocalizado en tono militar, terminante, definitivo. 9 de julio es, en esa memoria mía, tan frágil y tan acuciante, el desfile, la banda militar y cientos de escolares al borde de la vereda alzando con su mano derecha un cabito de pino con una banderita de plástico de colores patrios. Es el frío del invierno en esa avenida de ese pueblo sorete y gélido. Los guantes blancos, inmaculados, que no son propios sino a préstamo por un día, y la maestra joven y dulce y seductora arengando por la disciplina, el orden y la banderita bien en alto para cuando pase el auto blindado del presidente de la República. Lanusse u otro parecido a Lanusse. Del que sólo queda en esa memoria esmirriada y tímida un par de ojos de águila escrutándolo todo al pasar. Explorando nuestros guardapolvos blancos y planchados; tan blancos y tan planchados. 9 de julio es, ahora mismo, demasiadas cosas. Casi todas impregnadas de dolor, de olvidos. Tiznadas de injusticias o de lástimas. Y a pesar de que las ilusiones nacionalitas y populistas o, con mejor intención, los reincidentes y nunca sepultados sueños de justicia y equidad de muchos argentinos lo invoquen, 9 de julio no tiene nada que ver con patriotas, ni con independencias, ni con festejos merecidos, ni con celebraciones dignas. 9 de julio es pringue nacional. Mugre anciana persistentemente renovada. Escamoteo y vergüenza. 9 julio es, por sobre todo, vergüenza. Pura vergüenza.
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Pasan los otros, que somos nosotros en suspensión abstracta. Y el otro no es el yo, ni su circunstancia. ¿Qué explicación podemos encontrar en el relato? Ninguna. Y en el dato policial, o judicial, mucho menos.
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Gabriel Báñez, que no murió: eligió morir. El 29 de junio había escrito una última entrada en su blog .
La Cisura de Rolando, la suya.
El lector. El lápiz se ha desplazado al costado de la letra, tembloroso. Lo encuentro y ahí mismo dibujo un punto. Después busco. Primero: es difícil adivinar una edad a la que aún no se ha llegado ni se está a punto de llegar. Ahí es donde me paro, luego hacia el otro. Antes pienso, voy a: -hey, te acompaño un trozo. Sin embargo, el punto que acompaña el temblor del lápiz no está ahí, sino aquí, ahora; también allí, pero de otro modo. Y no era eso lo que había cautivado mi mirada. Posabas, no coqueteabas. Tampoco recuerdo que lo hicieras ninguna otra vez. Recuerdo que tu cuerpo, tus posturas y tus movimientos me parecían a veces torpes. No es que fueras torpe. Más bien parecía que te recogieras en el interior de tu cuerpo, que lo abandonaras a sí mismo y a su propio ritmo pausado, indiferente a los mandatos de la cabeza, y olvidara el mundo exterior. Fue ese mismo olvido del mundo lo que viví en tus posturas y movimientos al ponerte las medias. No eras torpe, sino fluida, graciosa, seductora; una seducción que no emanaba de los pechos, las piernas y las nalgas, sino que era una invitación a olvidar el mundo dentro del cuerpo.
Juicio final (Reuters y Croniquita). Consecuente barbijero porteño falleció por intoxicación extrema. El luctuoso acontecimiento sucedió luego de haber inhalado durante seis horas continuas su propio aliento contaminado por la necrosis pulpar aguda en una de sus muelas de juicio. A pesar de las advertencias de amigos y conocidos el barbijero negóse reiteradamente a quitarse el cubreboca, actitud que justificaba por su temor “a que el virus (de la gripe-A) me salte encima y me penetre”. La agonía respiratoria del susodicho barbijero se desató en plena calle céntrica de Buenos Aires. Al serle quitado el barbijo con intención de socorrerlo dos señoras mayores sufrieron desmayo. La urgente respiración boca a boca podría haberle salvado la vida pero ningún transeúnte estuvo dispuesto. Un cerdo que circulaba azarosamente por el sitio del incidente emitió un gruñido lastimoso antes de continuar su derrotero.
Robert McNamara. Las palabras suelen escribirse con total impunidad. Desde hoy el mundo tiene un delincuente menos de los que hubo de soportar en el extenso calvario del siglo pasado. El País, lo presenta como un viejo culposo, casi filántropo, que desde la presidencia del Banco Mundial encabezó una cruzada contra la pobreza. Emperifollar la mugre. Escribir es asco.
La diferencia entre un piquetero y un barbijero: el primero se cubre el rostro para que los otros puedan verlo; el segundo para que los otros aparten la mirada.
Progresismo vernáculo: del escándalo del piquete, la asamblea del barrio y las cacerolas al impoluto barbijo, el aislamiento “social” y los frasquitos de gel-alcohol.
Pero, ¿qué es Tierra Metida? Una Babel plana: el laberinto de las lenguas entramando un territorio. Allí sus habitantes medran, transitan, viven lo que les es dado como realidad, perdiéndose en ella sin límites aparentes.
Genovese sobre el libro Tierra Metida de David Wapner.
Campaña puerco-cultural. Detalladas instrucciones para alcanzar el sueño dorado del barbijo propio. Ninguna barrera de autoprotección es totalmente segura frente al avance de los apestados. Aquí un excelente complemento para que el virus no dentre.
Campaña puerco-cultural. La gripe cochina acarrea dolores musculares, carraspera, tos, fiebre, cefaleas, estornudos y ganas de suicidarse. Sin embargo, durante las pequeñas vacaciones de lucidez que la gripe otorga a los afectados en el transcurso del aislamiento obligatorio a que son sometidos, no está de más solazarse con algo de literatura o películas al tono. Acorde con los tiempos que corren se ha elaborado una atractiva oferta de lectura y de esparcimientos estéticos. En primer lugar, son de imprescindible lectura las novelas La Peste, de Albert Camus, La montaña mágica de Thomas Mann y Diario del año de la plaga, de Daniel Defoe. También se deben leer las partes relacionadas con la peste en el Decamerón de Boccaccio y la novela El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez. Ejemplares de esta literatura pueden conseguirse en las librerías de saldo y de segunda mano a precios más que accesibles. Otras obras literarias especialmente recomendables son: Pandemia de Lewis Perdue, La Plaga de Ann Benson y la anticipatoria Gripe Mortal del visionario Pablo Caralps. Un apartado especial merece el prolífico Robin Cook, autor de sintomáticos textos como Contagio, Fiebre, Toxina, Tratamiento letal, Signos vitales y Epidemia entre muchos otros, todos los cuales pueden descargarse sin costo de la red. En lo relacionado a películas, a no perderse The Andromeda Strain basada en una novela de Michael Crichton y a disfrutar con el afamado film Carriers, que narra las desventuras de algunos sobrevivientes de una pandemia gripal. Para aquellos que puedan llevarse la laptop al lecho de reposo y desde allí navegar por internet, hay un maravilloso recorrido en la Guía visual de las Pandemias de gripe en la Historia. Por último, desde este espacio nos permitimos recomendar Una letanía en tiempos de la plaga de Thomas Nashe. Así sea: que la gripe puerca no nos abandone desamparados de cultura.
Ideológicamente el uso innecesario del barbijo, es decir, el uso del barbijo cuando no se está enfermo, el uso del barbijo para protección propia y alejamiento de los demás, presenta un carácter inequívocamente anacrónico y reaccionario. Como todo lo reaccionario, se cimenta en la ignorancia y la cerrazón de espíritu y arrastra su costado patético: en la cumbre de la taradez social flamean aquellas personas que, mientras viajan en el colectivo o en el subterráneo, se envuelven la trompa con una bufanda -o un pañuelo de gran tamaño- y pasan todo el trayecto del transporte sosteniendo ese barbijo improvisado con sus manos húmedas de gel y alcohol.
Aquí el barbijo definitivo. Cortesía de Portnoy.
Hay cristales de escarcha que empuño como espejos,
te sueño sin dormir, cuando me asomo
y te busco detrás, como un manto en la espalda,
envuelta en el más puro escalofrío.
La poesía de Inés Pereira.
La proliferación masiva de los barbijos no se afirma sólo porque la gripe cochina ataque por delante y ataque por detrás. Tarde o temprano la gripe cederá y habrá de quedar reducida a un inocuo virus de probeta. El barbijo no. Una vez instituido como argumento de identidad y de ablación social el barbijo juega en su propia dimensión, que es la misma dimensión en que se sustenta la taradez humana. Digan lo que digan las estadísticas y afirmen lo que afirmen los infectólogos, una vez ubicados en la ecuación social y en el tiempo, lo que sinceramente importa no es la gripe, histérica, coyuntural y pasajera; lo que de verdad importa es el impávido barbijo con su vocación de perpetuidad y de silencio.
Epidemiología sucinta: el grado de taradez social es directamente proporcional al uso público de barbijos.
La mayor pandemia nacional que existe es la taradez; y no se combate con barbijos sino apagando el televisor.
David Wapner nació en Argentina en 1958. Desde hace más de una década vive en Israel. Hace música, escribe. En estos días Wapner está en Buenos Aires. Ayer lo escuchamos leer partes de Tierra Metida, ahora libro y antes blog. En las palabras de Wapner la tierra es, omnipresente. Tierra que se mete en cada poro: no sale; y el mar, única agua viable, no alcanza a lavar los pies.
Mapa literario. Rodolfo Fogwill se ubica a sí mismo entre Ricardo Piglia y Saer. Se equivoca y fiero: su lugar está en un punto indefinido que se oculta entre Sasturain y Jorge Bucay. Pichitrulo.
Campaña puerco-cultural. Imaginarse el horror: aislado por la peste, sin internet, sin televisión y sin películas pirateadas, con un único libro cuya autoría fuera de Laura Restrepo o del publicitario Fogwill.
Campaña puerco-cultural. Mientras que para el gobierno el receso escolar pandémico debe ser utilizado con el fin elevar el nivel cultural progresista de la clase media de Capital, la insondable Carrió afirma se debe aprovechar este tiempo de vacaciones extendidas en un retiro espiritual para elevar el diámetro de la panza: oraciones, muzzarella, y abstención genital.
Campaña puerco-cultural. La gripe porcina no existe. Tal como los índices del Indec, es otra manipulación del gobierno para dar impulso a la lectura y a las manifestaciones artísticas.
Campaña puerco-cultural. En Buenos Aires receso escolar de invierno de casi un mes: del 6 de julio al 3 de agosto. No hay que tomar esto como unas vacaciones adicionales, dijo Macri. A encerrarse y leer.
La paja y el trigo. Y me fui, sin ningún remordimiento, como una mujer que abandona a un marido que hace rato ya la había abandonado. Algunos no votamos por oposición política a la mafia institucional, otros por desesperanza, otros por afirmación ética, otros por negación de identidad, otros por no delegar lo propio. Pero no todo rechazo al voto es un rechazo al voto. Hay mil argumentos para no votar. El más estúpido -y reaccionario- es éste.
Rubén Saboulard, candidato a primer diputado por la ciudad de Buenos Aires de las Asambleas del Pueblo por el Socialismo y la Libertad (¡quién metería en la urna una boleta con un nombre tan ampuloso!) obtuvo, redondeando, unos dos mil votos, cifra que incluye a quienes lo votaron por error. Menos del 0,1% del total de votos. En este caso el pago en dinero contante y sonante que el Estado hace por voto obtenido a los partidos políticos no alcanza ni para la birra de baja calidad. En abierta decepción por la baja performance electoral de su antiguo amante, la novelista colombiana Laura Restrepo está rebuscando en los pergaminos de su historia personal a ver si encuentra en los recuerdos ocultos de su pasada juventud alguna canita al aire con Pino Solanas o, en el peor de los casos, con el inconfesable Luis Zamora.
Et more Pynchon. ¿Qué es lo que César le susurró realmente a su protegido mientras caía apuñalado? Et tu, Brute; la mentira oficial, es todo lo que puedes esperar de ellos: concretamente nada. El momento del asesinato es el momento en que el poder y la ignorancia del poder se reúnen, con la muerte como legalizadora. Cuando uno habla con el otro, no es lo mismo que pasarse todo el día con et-tu-Brutes. Lo que pasa es una verdad tan tremenda que la historia –a lo sumo una conspiración, no siempre entre caballeros, para el fraude- no la reconocerá. La verdad será encubierta o, en épocas de particular elegancia, disfrazada. (AIG, Tusquets: 252)
Mi relación con el movimiento beat sólo fue tangencial. Al igual que otros jóvenes pasaba mucho tiempo en los clubs de jazz, haciendo durar la consumición mínima de un par de cervezas. Por la noche me ponía gafas de sol con montura de carey y asistía a fiestas en buhardillas, donde las chicas llevaban raros atuendos. Me divertían enormemente todas las formas de humor estimuladas por la marihuana, aunque en aquel entonces la conversación estaba en relación inversa con la disponibilidad de esa útil sustancia. En 1956, hallándome en Norfolk, Virginia, entré en una librería y descubrí el primer número de la Evergreen Review, que entonces era uno de los primeros foros de la sensibilidad beat. Aquello me abrió los ojos. En aquella época estaba enrolado en la marina, pero ya conocía muchachos que, sentados en corro en la cubierta, cantaban perfectamente fragmentos de aquellas primeras canciones de rock’n'roll, tocaban bongos y saxófonos y sintieron un auténtico pesar por la muerte de Bird y, más adelante, la de Clifford Brown. Cuando regresé a la universidad, encontré al personal académico sumamente alarmado por la portada de la Evergreen Review, y no digamos por su contenido. Parecía como si la actitud de ciertos literatos hacia la generación beat fuese la misma que la de algunos oficiales de mi barco hacia Elvis Presley, los cuales abordaban a los marineros que parecían capacitados para informar, porque, por ejemplo, se peinaban como Elvis Presley, preguntándoles inquietos: “¿Cuál es su mensaje? ¿Qué quiere?”. Estábamos en un punto de transición, un extraño periodo de tiempo cultural posterior a la generación beat, y nuestras lealtades estaban divididas. Lo mismo que el bop y el rock’n'roll eran con respecto al swing y al pop de posguerra, así era esa nueva manera de escribir con respecto a la tradición moderna más establecida a cuya influencia estábamos expuestos en la universidad. Por desgracia, no teníamos otras alternativas de primer orden. Eramos espectadores: el desfile había pasado y ya lo recibíamos todo de segunda mano, éramos consumidores de lo que los medios de comunicación de la época nos suministraban. Eso no nos impidió adoptar posturas y accesorios beat y, finalmente, como postbeats reconocimos mejor lo que, al fin y al cabo, era la razonable y decente afirmación de lo que todos queríamos creer acerca de los valores norteamericanos. Cuando, diez años después, reaparecieron los hippies, durante algún tiempo, por lo menos, tuvimos una sensación de nostalgia y reivindicación. Los profetas beat habían resucitado, la gente empezaba a hacer improvisaciones de jazz con guitarras eléctricas y la sabiduría oriental volvía a estar de moda. Era lo mismo, sólo que diferente.
Thomas Pynchon, Introducción a los cuentos de Un lento aprendizaje. Digitalizados y revisados por Puck, y puestos a disposición del universo.
Basta de camelo electoral y volver a lo que de verdad importa: ¿el bebé sonríe o solo se trata de un eructo? ¿qué preferís que sea? (Pynchon).
¿Existen personas más inefables que aquellas que se esconden tras un barbijo, sudan de emoción por el sellito redondo y se congelan en una cola aguardando con el documento en la mano para votar por Michetti, Pino Solanas, Carrió, o Carlos Heller? Si, existen: las que además se jactan de eso y escriben zonceras imposibles. Paparulos.
Gripe, peste. Los barbijos son un símbolo fascista. Los barbijos son un símbolo de peste. Sabemos, desde Camus, que entre peste y fascismo talla un abrazo poderoso. Un abrazo poderoso: bien diferente a un abrazo cariñoso. El abrazo fascista, un abrazo poderoso. El fascismo, un abrazo de oso que, desde luego, no es un animal cariñoso. La mayoría de los animales conocidos, animales, fascistas. ¿Hitler con barbijo, Mussolini con barbijo? No cuentan los conejos y los peces, más tontos que fascistas, que son fascistas y tontos. Los virus y las bacterias son rizomáticamente fascistas.¿La gripe, fascista?¿La gripe porcina, fascista? El perro, animal fascista: incapacitado para la voluntad propia asume como tal la voluntad –fascista- del amo. El amo, siempre fascista. ¿Videla con barbijo, Etchecolatz con barbijo? El perro es un animal fascista pero el chancho es burgués. El fascismo, una idea. Bien, se puede morir por una idea y matar por ella. La peste no es una idea. Bien, pudiera ser alegoría o transmigración de la idea. La peste porcina anticipa la perropeste. El fascismo no es una idea: las ideas no matan ni se matan. El fascismo sí. Las ideas mueren de viejas. El fascismo no. El fascismo, eternamente joven, rejuvenece. ¿Mi vecino con barbijo, tu vecino con barbijo? El amo, siempre fascista, el esclavo también. Perro y esclavo se arrastran tras el amo, los tres, fascistas; el chancho no, el chancho es burgués. La gripe porcina es gripe burguesa. Existe un número infinitamente más grande de perros que chanchos a nuestro alrededor, más chanchos que osos, más ratas que perros, que chanchos y que osos, y más mosquitos que ratas. Conejos y peces no cuentan. ¿Tu mujer con barbijo, tu hija con barbijo? El fascismo es la peste. Nos apresan, rascan, pican, roen, muerden, más fascismos que mosquitos, que ratas, que perros, que chanchos, que osos, que conejos y que peces, todos ellos juntos. No es seguro que un barbijo nos proteja de la peste. Un barbijo no nos protege de los burgueses, tampoco a los burgueses. Es seguro que un barbijo no nos protege de La Peste. Así:
-Veamos Tarrou: ¿es usted capaz de morir por un amor?
-No lo sé; pero me parece que no, por ahora.
-Eso es. Y es usted capaz de morir por una idea, se ve a simple vista. Pues bien: yo estoy harto de gentes que mueren por una idea. No creo en el heroísmo, sé que es fácil y aprendí que era criminal. Lo que me interesa es que se viva y se muera por lo que uno ama.
Rieux había escuchado con atención al periodista. Sin dejar de mirarle, dijo suavemente:
-El hombre no es una idea, Rambert.
Éste saltó de la cama, con el rostro inflamado de pasión.
-Es una idea, y una idea mezquina, en cuanto se aparta del amor. Y, precisamente, nosotros no somos capaces de amar. Resignémonos, doctor. Aguardemos los acontecimientos y, si verdaderamente no es posible, esperemos la liberación general, sin juzgar al héroe. Por mi parte, no alcanzo a más.
Rieux se levantó con aspecto de repentino cansancio.
-Tiene usted razón Rambert, toda la razón, y por nada del mundo quisiera yo apartarle de lo que piensa hacer, que me parece justo y bueno. Pero, sin embargo, le diré algo: no se trata de heroísmo en todo caso. Se trata de honradez. Es una idea que puede hacer reír, pero la única manera de luchar contra la peste es la honradez.
Del blog al libro: Tierra Metida de David Wapner. La presentación del libro estará a cargo de el autor, Juan Terranova y Omar Genovese, será el 2 de julio de 2009, 20 hs., en Archibrazo, Mario Bravo 437, Buenos Aires.
Voto útil. A no desperdiciar esfuerzos. Mejor que meterlas en las urnas, todas las boletas al carrito de supermercado. Hoy es el día del cartonero.
Con la democracia –con esta democracia- se trabaja, se come, se hace el amor, se estudia, se cuidan los dientes, se hace dieta, se sueña, se cura la presbicia, se coje, se aprende, se escribe, se enseña, se bebe champán, se mira, se presiente, se desea, se acaricia, se todas esas otras cosas de las que escribió Girondo y se bastante y se mucho más. Entendé, turrito resentido: con la democracia, con esta democracia, ni los muertos sienten vergüenza. Además, se vota. Todo con entrada libre y gratuita y sin un gramo de Sildenafil.
En la vida, igual que en la literatura, no se descubre tierra nueva sin acceder a perder de vista primeramente, y por largo tiempo, toda costa. Vila-Matas.
Si sos de izquierda no votes a la derecha… ni a la izquierda.
Los anarquistas permanecen, como siempre, adversarios decididos del parlamentarismo y de la táctica parlamentaria. Adversarios del parlamentarismo porque piensan que el socialismo puede realizarse mediante la libre federación de las asociaciones de producción y de consumo, y que cualquier gobierno -el parlamento inclusive- no sólo es impotente para resolver la cuestión social y armonizar y satisfacer los intereses de todos, sino que constituye por sí mismo una clase privilegiada con ideas, pasiones e intereses contrarios a los del pueblo, a quien se oprime con las fuerzas del pueblo mismo. Adversarios de la lucha parlamentaria, porque creen que ésta, lejos de favorecer el desarrollo de la conciencia popular, tiende a deshabituar al pueblo del cuidado directo de sus propios intereses y es una escuela, para unos de servilismo, y para otros de intrigas y mentiras. Estamos lejos de desconocer la importancia de las libertades políticas. Pero las libertades políticas no se obtienen sino cuando el pueblo se muestra decidido a conseguirlas; ni, una vez obtenidas, duran y tienen valor sino cuando los gobiernos sienten que el pueblo no soportaría la supresión de las mismas. Acostumbrar al pueblo a delegar en otros la conquista y la defensa de sus derechos, es el modo más seguro de dejar vía libre al arbitrio de los gobernantes. Errico Malatesta, 7 de febrero de 1897.
Condenación (Tarr). Me siento en la ventana a mirar fuera, completamente en vano. Llevo años sentándome aquí y siempre algo me dice que en un instante me volveré loco. Pero no me vuelvo loco en un instante y no tengo miedo de volverme loco porque temer a la locura significaría que tengo que aferrarme a algo. No me aferro a nada. No me aferro a nada, pero todo se aferra a mí. Ellos quieren que les mire, para mirar la desesperación de las cosas. Para que mire como un perro fuera de mi ventana, debajo del cielo estañado en la lluvia torrencial: caminan hasta un charco y tienen su bebida. Quieren que mire el lamentable esfuerzo que hacen intentando hablar antes de caer en el sepulcro. No hay tiempo, porque ya están cayendo. Quieren que esta irrevocabilidad de la cosas me vuelva loco pero al momento me piden que no me vuelva loco. Una vez casi hablo de eso con una mujer. Le dije que la odiaba, que nunca la había amado. Yo no la había odiado nunca como nunca la había amado. Quise saber si tuvo sentido hablarlo todo. Le dije que odiaba su ternura, su fidelidad, que fuera tan ordenada y precisa. Me turbaba la confianza ciega con la que se aferraba a mí. Ella me miró con rechazo y se fue a calentarme la cena. Me quede allí quieto, gritando. Estuvimos tres días encerrados. Andaba detrás mío. Solo el segundo día comenzó a llorar. Lloraba en su camisón. No sollozaba, solo lloriqueaba. Era apenas un gemido Se sentó en un rincón y se quedo allí. Me quedé mirando su camisón. Todo lo que ví fue el camisón, ese camisón de nylon de encaje. Después lo agarré. Tiré de él y lo rasgué, lo rompí. Ella aún no lo entendía. Se mantenía agarrada a mí repitiéndome algo. Más tarde entró en el baño y cerró la puerta. Me quede mirando las gotas de lluvia en la ventana, las contaba. Luego volvía al principio y las contaba otra vez. No sé cuánto tiempo estuve así. Fue al alba cuando tiré la puerta abajo. Ya lo esperaba, pero aún así me impresionó. No podía creer que ese cuerpo tan débil pudiera contener tanta sangre.
En unos días hay elecciones en este país. Desde acá no tenemos la menor idea de qué es lo que hay que votar así que no vamos a votar, como de sana costumbre. Lo apropiado sería cambiar voto por boto. Botar en la acepción colombiana: echarlos al carajo. Como decía (con voz de Chabelita Martínez) el general (con voz moribunda, de primero de mayo del ‘74): llevo –todavía- en mis oídos la música más maravillosa: que se vayan todos y no quede ni uno solo. Eso sí, no sabemos si está en elección el cargo de Director de la Biblioteca Nacional, pero tenemos propuesta: ¡Chau González, que venga Nónimo a tomar las riendas de nuestra cultura nacional!
Delgado, borracho hasta el límite, porque sólo cuando borracho hasta el límite se atreve a desplegar alucinaciones y distopías y pensamientos de miedo, acerca su boca, su boca dulce y agria de alcohol y de tristezas, acerca su boca hasta mi oído y dice, me dice: ¿No es una lástima que sus propios camaradas trotskistas no se hayan hecho cargo a tiempo de Laura Restrepo, como los castristas de la guerrilla salvadoreña se hicieron cargo de Roque Dalton? Nos hubiéramos ahorrados varios kilos de palabras pegajosas y de páginas gorgoteantes abrumando en las librerías. Eso dice Delgado, me dice, desbordándose. Lo miro: veo que está insomne, la camisa le aprieta el cuello, ha intentado casi todas las vejaciones hacia sí mismo; entiendo que me está preguntando por el cuarto desvencijado en que murió Dostoievski o por el sótano de Kafka. Felipe, estás muy en pedo y nublado, le contesto: Restrepo es una arista boba y mercachifle de cierta literatura que no es literatura sino amontonamiento y páramo y negocito editorial. Da lo mismo si escribe o si despacha en una verdulería. Y los trotskistas, le contesto: aquellos trotskistas, no se hacían cargo de nadie, no querían ni podían hacerse cargo de nadie; ni siquiera, Felipe, ni siquiera de sí mismos.
Este no es un país de escritores, resulta imposible que este país produzca escritores de calidad, no es posible que surjan escritores que valgan la pena en un país donde nadie lee, donde a nadie le interesa la literatura, ni el arte, ni las manifestaciones del espíritu. Nada más tenés que comparar con los países vecinos para darte cuenta que los mitos locales son de segunda; Roque Dalton a la par de Rubén Darío parece un fanático comunista cuyo mayor atributo fue haber sido asesinado por sus propios camaradas, un fanático que escribió alguna poesía decente pero que en su obcecación ideológica redactó los más vergonzosos y horripilantes poemas filocomunistas, un fanático y cruzado del comunismo cuya vida y obra estuvieron postradas con el mayor entusiasmo a los pies del castrismo, un poeta para quien la sociedad ideal era la dictadura castrista, un zoquete que murió en su lucha por establecer el castrismo en estas tierras asesinado por sus propios camaradas hasta entonces castristas. Castellanos Moya, El asco; Thomas Bernhard en San Salvador.
Un nombre nada significa: una mirada lo significa todo, y es nada.
Neda Soltani.
Todo lo que se escribe se escribe para ser leído cachemir. Admiro mi propia seguridad cuando escribo palabras como ésas casimir. Como si dijera nada menos. Como si escribiera Siboney cachemir. Como si escribiera: yo me muero por tu amor cachemir. ¿Todo lo que se escribe se escribe para ser leído? De inmediato me cacha dura la duda casimir. Eso también admiro cachemir quiero decir ahí con certeza tras la duda iba coma no punto pero estando inseguro he preferido que no coma y que sí punto. Tras la duda punto quiero decir kashmir antes también. ¿Todo lo que se escribe se escribe cachemir? Algunas palabras se escriben pero no se escriben coma algunas palabras son leídas todavía antes de ser escritas coma antes de ser escritas subrayado coma como remarca el anónimo narrador testigo de las correcciones. Kashmir ciertamente ella siempre comprende. Más: si escribiera: al arrullo de la palma pienso en ti. Dos puntos no cuentan. Aún sin la palma cachemir: los piratas se hicieron cargo de siboney coma por tristes por tímidos y por pacíficos; Siboney de mis sueños casimir. Punto y coma tampoco cuenta cachemir. Todas las palabras que se han escrito, Siboney, casimir ¿son ecos de un canto de cristal? Dos comas seguidas tampoco casimir. Así las cosas quién puede afirmar que todo lo que se escribe es todo lo que se escribe cachemir. Terreno blando cachemir; más bien pantanoso cachemir: no te pierdas. No te pierdas por entre el rudo manigual. La verdad kashmir todo lo que se escribe subrayado se escribe para ser leído pero ni siquiera se escribe todo lo que se escribe subrayado. Así las cosas casimir las palabras no son lo que parecen ser y es posible que todo lo que se escribe no se escriba para ser leído sino para ser dicho. Quiero decir casimir sólo decir: un culo no es simplemente un culo cuando escribo casimir punto y coma no cuenta un culo escrito un culo subrayado es un sueño vacilante y tubular que asciende por una escalera mal iluminada un culo escrito dicho subrayado no es un culo ni siquiera es un culo es también roce sobre todo roce es si no vienes me moriré. Siboney cachemir no es Siboney como un culo no es un culo casimir sino la queja de mi voz; kashmir lo dicho importa no importa lo que escriba casimir y lo no dicho todavía importa coma mal puesta o puesta adrede importa más casimir. Entre lo dicho y lo no dicho está el beso casimir el beso subrayado. Así las cosas cachemir coma todo lo que se escribe se escribe no para ser leído no para ser dicho sino para el roce casimir todo lo que se escribe es roce y es beso que no se escribe ni se lee ni se dice cachemir un culo no es un culo es un beso casimir un beso subrayado todo lo que se escribe es siempre te espero con ansias Siboney cachemir ¿cómo no lo comprendes casimir?
Siboney yo te quiero yo me muero por tu amor
Siboney en tu boca la miel puso su dulzor.
Ven aquí que te quiero y que todo tesoro eres tu para mi.
Rocas errantes. Bloomsday en red.
Existen, sin embargo, motivos que otorgan la razón a todas las Restrepo del pequeño universo conocido: el dinero, la fama, el reconocimiento, la indómita voluntad de ser. Frente a tantos y tan vigorosos motivos, nos queda morder silencios, esperar. Con las manos bien arriba, las nalgas embutidas.
Lorenza y Mateo llegan a Buenos Aires en busca de Ramón, el antiguo amante de Lorenza y padre de Mateo, de quien ella se enamoró cuando los dos eran apasionados militantes que se oponían a la dictadura de Videla. Es decir, la insufrible Laura Restrepo y el ahora candidato asambleísta Rubén Saboulard. Alguna vez amantes y trotskistas en la corriente de Nahuel Moreno. Hoy, adoradores del patetismo ligero. En medio, el hijo posmo; algo retardado, según la pintura que de él hace su madre. Un tema desafiante. Escrito por la Restrepo, con total desprecio por el gusto y por la literatura, una chapuza insoportable. Demasiados héroes. Ninguna heroicidad justifica la tortura de leer hasta el final un bodrio semejante.
2046. Antes (nunca habremos de saber qué es antes), cuando alguien tenía secretos que no quería compartir, se subía a una montaña, buscaba un árbol, hacía un agujero, y le susurraba el secreto al agujero; después lo tapaba con barro, de esta forma, nadie lo descubriría, nunca. Así dijo el hombre. Entonces ella dibujó en al aire un agujero con sus manos para que el hombre guardara allí su secreto: No sirve de nada encontrar a la persona indicada si el momento no es el adecuado, el amor es una cuestión de tiempo. Todos los recuerdos no son sino rastros de lágrimas.
Nada que recordar. La metempsicosis ¿posible? es no, en fantasmagorías como el cine sí, en la vagina rododendro de Molly, sí: disculpar a Molly, sí, sin wikipedia she was a Flower of the mountain. A Nora. ¿Por qué nos enamoramos de las mujeres burdas? No nos enamoramos de las intelectuales, no, de las sensibles, no nos enamoramos, no de las apasionadamente revolucionarias, no. Nora, Molly, todas las otras; cuanto más tosca, mejor la mujer; tipificación: la joven cajera china del supermercado chino, mujer, ideal, de mujer, tosca y muda para el que no conozca el idioma chino, sólo tintineos impertinentes tntntn. ¿Nada que recordar? Dar infinitas vueltas alrededor de la plaza sucia, rebosante de mierda de perro y de hojas y árboles secos y de botellas de plástico vacías; ella siempre pide monedas para dar el vuelto, con cara inexpresiva, oriental, la voz mínima asentada sobre hombros pequeños, rústicos. El día completo, no del todo completo, alrededor de un plaza desierta y con los árboles secos como si fuera el mapa entero de Dublin o de Trieste, porque nos enamoramos de las mujeres, burdas, cuanto más más, nos enamoramos de las mujeres toscas y caminamos a través de nosotros mismos, encontrando ladrones, fantasmas, giants, old men, young men, wives, widows; el espíritu afirma lo que la carne niega ¿o era al revés? En los labios vaginales de Molly la transmigración, el grado de perfección varía de acuerdo a los merecimientos por lo realizado en la vida (anterior). La mujer china de piernas gruesas, capaces de trotar horas y horas sobre un campo de arroz, o de soja, o de lo que sea que se cultive, ante la caja registradora del supermercado chino, en China: capaces de sostener con fuerza el peso de las pariciones, this is yours con mirada de vaca acongojada y fiebre aftosa. Ahí está, otra palabra, metempsicosis bobina glosopeda a la oriental, una campesina china detrás de una caja registradora con ocho hermosos niños bloom, prodigios. Nada que recordar, ser el lacayo cornudo de una mujer china, cajera de supermercado chino, llena de pequeñas úlceras en la mucosa bucal, redondeadas y enrojecidas, pantorrillas gordas como troncos, Penélope cojiendo con cada uno de los pretendientes, uno por noche y otro por día, uno por detrás y otro por delante, Penélope china ante la caja registradora, cuckold, ¡romper, queremos romper! Nada que recordar, ¿quién daría algo por un hombre capaz de besarle el culo a una mujer así? Besarle el abismo a la cajera china de supermercado chino sin un solo átomo de expresión en su cara o en el culo, inexpresivo común lugar en todas las mujeres, llámense Molly Nora o las madres que las parió o llámese la china cajera china de supermercado chino, ¡eureka! -Buck Mulligan cried, eureka! La tercera palabra: diferencia entre las posiciones aparentes que tiene un astro en el cielo según el punto desde donde se observa, los infinitos planos de observación como infinitos los besos y las bocas infinitas y los alientos y la saliva que va de boca en boca y el culo inexpresivo de la mujer china encerrando en la boca el misterio inexpresivo de toda la orientalidad concentrada en un único punto, redondeado y enrojecido como un afta algo mayor que un afta, tan mucoso como un afta, tan degradado y enviciado y corrompido como un afta que ni todo el listerine, un punto ordinario y dos bolitas de grasa alrededor de ese punto único donde se concentra toda la luz del mundo yes, I said yes I will yes, sister, yes, and on your virgin sward, de última, paralaje. Nada que recordar excepto la descarga de ventosidades o un brazo de Molly asomándose por la ventana o esa cosa oscura y terrible y caliente emergiendo desde el cuerpo de Nora, de la cueva de Nora, de la somnolencia de la joven china que está parada ante la caja registradora en el supermercado chino y pide monedas para dar el vuelto y mira con cara inexpresiva donde toda la expresión y el dolor apaciguado del mundo se concentra, o, en definitiva de algo que nosotros y no un borracho casi ciego hemos llamado Bloomsday, nosotros, cornudos del mundo, besaculos unidos en la dicha y la desdicha, lamedores de aftas, chupadores inexpresivos de piernas tocones de algarrobo, caminantes y pateadores de calles sucias como plazas y plazas mugrosas como puentes y puentes hediondos como culos, pero no puentes, desde allí se arrojan papelitos y citas al río y cuerpos, al río. Arrancarse todos los dientes de uno en uno hasta la raíz y si fuera posible el mismo hueso: dejar la boca pelada, para que no quede el menor vestigio ni la menor resignación del paralaje, de la glosopeda ni, por supuesto, de la metempsicosis.
En defensa del suicidio IV. No todo suicidio es un suicidio a tiempo. Después de los ochenta el suicidio es, a menudo, lastimoso, indulgente. Inmerecido. La resaca despiadada de un tiempo redundante. Estrías del pasado muerto percutiendo la carne y los silencios, convirtiéndolos en un amasijo informe, campechano. Pegajoso. El gerundio queda, habilitado. Después de los ochenta, el suicidio no es. Es el último fragmento pudoroso de una dignidad mutilada. Su reflejo fraudulento. Se me dice: Gorz. Como las sentencias del vino y de la amistad -en orden riguroso- son inapelables, hay que hurgar por el traidor y por la carta, pero no sólo por el traidor y por la carta. André Gorz y su esposa Dorine fueron encontrados muertos, por mano propia, en el otoño francés de 2007. André tenía ochenta y cuatro años y Dorine una enfermedad irreversible. De a dos, la muerte con suicidio es casi un culebrón: A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos. Gorz arrastró, en vida, destellos y miserias, no sólo del presente. Miseria del concepto, destello del estilo. La pobreza, para Gorz: un síntoma relativo o la incapacidad de consumir tanta energía como consume el vecino. De ahí, un pobre francés es pobre por no tener acceso a un automóvil nuevo, un pobre en Vietnam o en África o en Brasil, es pobre por andar descalzo. Miseria del concepto. Si la pobreza es relativa ¿dónde queda la pobreza? Queda el rico (el no pobre, relativamente) y la miseria. Miseria, del concepto o Miseria de la Filosofía. Entre pobres (relativos) no hay cornadas, cada uno es pobre o rico de otro. Destello del estilo. Un año antes del suicidio Gorz escribe la Carta a D. La amistad y el vino insisten. Más la amistad que el vino, el vino es menos despiadado. Destello del estilo. Gorz escribe junto a la cama donde Dorine se desmorona pulso a pulso. Escribe: Vas a tener 82 años. Has encogido unos 6 centímetros, no pesas mas que 45 kilos pero como siempre sigues siendo bella, graciosa y deseable. Hace 58 años que vivimos juntos y te amo mas que nunca. Siento de nuevo en mi corazón un vacío que me devora y que solo llena el calor de tu cuerpo junto al mío. Destello del estilo. Miseria del concepto. Filosofía de la miseria filosófica. Pasados los ochenta, el suicidio no sólo está fuera del tiempo, trasnochado. Deviene farsa. Y entonces la palabra, aunque todavía fulgor y destello, es miseria que se revuelca hasta morderse dulcemente sus jirones. Chirle. Autocomplaciente. Mentirosa.
Nueve años después, 12 de junio, 1923, K.: El único consuelo sería: “sucede, quieras o no quieras”. Y lo que vos quieras sólo tiene una importancia mínima. Más que consuelo es esto: “Vos también tenés armas”.
Kafka, Diarios, 1914, 5 de enero: Todo lo que es posible que suceda, sucede; pero solo podrá suceder lo que sucede.
Dijo, Ghandi: el progreso moral de una nación puede ser juzgado según la forma en que trata a sus animales. Hay que ser, Mahatma, a todo gran hombre se le pianta, una frase es, de tanto en tanto: inevitable. Todo gran hombre, nunca lo es suficientemente, gran hombre, ninguno, tan sólo grandes mujeres o grandes hembras. De modo que hay que disculpar las frases, indisculpables, en nombre de los hombres no grandes y de las hembras grandes y de las grandes hembras. Hay, sin embargo, una arista Mahatma, el progreso moral es una progresión, una progresión geométrica, no hay nada que disculpar, Mahatma, ni se puede. Por caso, progresión geométrica de reproducción canina; por caso, una linda perrita en un año hace ocho lindos perritos. La parición comienza siempre con una hembra, es sabido y Mahatma, el progreso moral se juzga por las hembras y la parición de las hembras. Dos años, dieciséis hermosos perritos, tres, cuarenta y ocho, cuatro, ciento treinta y cuatro, cinco, cuatrocientos dos. Hembras que paren hacen parir hembras y machos que no paren siendo paridos. Una hembra, por caso, una mujer, Mahatma, por caso esa mujer, Mahatma dice, rompamos, hace parir, Mahatma, otra, Mahatma, por caso, la mujer de otro, por caso, dice, amémonos, hace parir, Mahatma. Los hombres no paren, son paridos y paren porque las mujeres los hacen parir, pariendo. Al sexto, mil doscientos seis, siete, tres mil seiscientos dieciocho. Esa mujer, Mahatma nunca es tu mujer, esa mujer sólo puede ser la mujer de otro, la tuya de otro, su mujer, de otro, la tuya. Confusiones de la parición Mahatma, los hombres no paren, son paridos como lindos cachorritos. Imagináte, Mahatma, un día va y viene un día y te das cuenta que las hembras paren y que esa mujer no es tu mujer, que tu mujer es la mujer de otro sin importar de qué otro es esa mujer porque no es la tuya, sino la de otro, tanto como la de otro es la tuya. En semejante confusión, Mahatma, es lógico y comprensible que hablemos de progresión geométrica, lo exagerado, Mahatma, es hablar de moralidad, imagináte, Mahatma, moralidad y parición no van, sí van si toda parición es inmoral, o no van, aunque la parición no sea el gerundio de la parición sino el gerundio del hombre, nunca grande, parido y reparido por las hembras grandes y las grandes hembras. La verdad Mahatma, si hay verdad parida como verdad, es que la progresión geométrica no es, es inmoral, más inmoral que los granos de trigo del ajedrez, que la matemática, es decir, mucho inmoral, Mahatma. Diez y ocho trillones, cuatrocientos cuarenta y seis mil setecientos cuarenta y cuatro billones, setenta y tres mil setecientos nueve millones, quinientos cincuenta y un mil seiscientos quince granos de trigo a cambio de un juego de ajedrez, Mahatma, a esa altura de las cifras no hay moral posible, ni nación posible, ni trato posible, ni mujer propia o ajena posible, hay hembra, sí, si hemos de saber que toda parición comienza con una hembra como en verdad comienza. En quince años, veintitrés millones. A los quince años uno se ha definido, o cree que lo ha hecho, Mahatma, machista, feminista, neutro, esfinge, a los quince ya se ha parido algo aunque sea hombre y los hombres no paren, son, al ser paridos, a los quince el hombre que todavía no es, siendo, no tiene mujer pero tiene idea de mujer, si eligió hombre eligió hembra grande o grande hembra, a los cincuenta no elige porque sabe y cuando se sabe no es posible elegir como no es posible moral ni nación ni trato cuando la matemática se desquicia, Mahatma; es posible calcular cuántos cachorritos hay en cincuenta años, pero calcular cansa y es inútil, como cansan y son inútiles la nación y el trato y la moralidad y además de cansar y ser inútiles no importan, porque cuando la matemática es una cifra tan grande es puro número amontonado o mucho cachorrito o mucha hembra, grande o pequeña y sobre todo demasiado hombre, demasiado, que nunca mucho ni grande ni hombre verdaderamente hombre, pero demasiado. Empieza con una hembrita, Mahatma, una perrita hace ocho perritos, y después sigue así, sí, si pensamos que la parición comienza con una hembra y que los hombres paridos no paren pariendo aunque paren por la mujer de otro que no es suya ni la suya que tampoco es suya porque las mujeres, Mahatma, como ya debiéramos saber, más allá de la moral, la nación, del trato, más allá de los cachorritos y la matemática y sobre todo más allá de las progresiones geométricas, las mujeres no son hembras, las mujeres no paren ni siquiera pariendo o haciendo parir y, sobre todo, Mahatma, las mujeres no son de nadie.
Metemerómofo. Met him what. Bloomsday, junio 16. Impulsa: Portnoy.
Busco subrayados. Entre las frases que acontecen están los míos. Están también los otros, trazados antes que los míos. Son los que menos importan: los míos, los anteriores a los míos. Ninguno de esos le da vida a las palabras, las congelan. Los subrayados que importan son los que todavía no han sido subrayados. Los que están a punto de hacerse.
La buena vida. ¿París? La noche entera copulamos. Con palabras de otros. Sin habernos rozado, ni rozarla, ni una sola vez. ¿Texas?
Cierto prejuicio recurrente, cierta obstinación supina me impide leer con fervor –y a menudo me impide leer- las obras de los escritores que todavía no han muerto, en especial si esas obras contienen páginas copiosas: novelas extensas al estilo del siglo diecinueve, aunque poco tengan que ver, estilísticamente, con el siglo diecinueve. Ese prejuicio, esa obstinación de rechazo a la obra del escritor que todavía respira, me impuso esperar que el hígado enfermo de Bolaño reventara definitivamente antes de entrar con furia en Los detectives salvajes y devorar las palabras con absoluto entusiasmo. Fallo a las recomendaciones y esfuerzos generosos de mis queridos: novelas –a préstamo indefinido- como El arco iris de la gravedad o Donde yo no estaba destellan los bordes de mi biblioteca y del tiempo y una y otra vez fracasan en su pretensión de seducirme. No toda esperanza está perdida: confrontando fechas, es casi seguro que Pynchon se irá al otro barrio antes que yo. Y quién sabe si, con algo de suerte, Cohen no estire la pata también antes que yo, liberándome así de perroparias el sinuoso camino a la mansión Hidulya. Digresión, aún cuando su muerte (la de Cohen) habrá de ser feroz pérdida para una esperanza y también para otra. He tenido, sin embargo, bastante fortuna, -si olvido del futuro: Beckett, Bernhard, Joyce, Vassili Grossman, Onetti, Walser se fueron a tiempo, me llegaron a tiempo. El suicidio de Celan, el de Améry, el accidente-infarto de Sebald, el alcoholismo de Jaime Sáenz fueron más que oportunos. Cierto también, y también, por incierta violación a la costumbre, que suceden excepciones a esa regla de muerte: he leído, leeré, escritos de Vila-Matas o de Coetzee, las novelas de Jelinek, de Kenzaburo, Kafka, la poesía toda de Pessoa. Son los menos: los estantes de mi biblioteca están colmados de palabras enérgicamente vivas trazadas por escritores difuntos. Pensar si esa manía de no leer a los escritores vivientes no es también una forma rebuscada para escabullirme de las misoginias y los malos humores, las miserias nuestras y ajenas en cuerpo presente, las de Onetti, las de Bernhard. Hasta aquí la introducción. Lo que quería decir, más breve o más convincente, es que ese prejuicio y esa obstinación se interponían entre Muñoz Molina (viviente, coleante) y yo. Hasta hace pocos días no lograba hacerme una idea muy precisa de la literatura de Muñoz Molina, si se dejan de lado algunos artículos aislados y alguna que otra novela mordisqueada al pasar. Entre Jean Améry y yo existe un juego de sombras y permanencias: por Jean Améry encontré a Muñoz Molina. No porque Améry tuviera conocimiento de la existencia de Muñoz Molina, algo casi imposible, sino porque Muñoz Molina arroja palabras sobre Améry y porque algún vehemente desconocido escribió en una página de internet, con prisa, sin mucho rigor, que Améry es el personaje de una novela de Muñoz Molina: Sefarad. Corrí. No es verdad, Améry no es el personaje de esa novela, aunque esté en ella como un espectro implacable de la memoria. Corrí. Sefarad es una novela por la que he roto la cadena de prejuicios y de obstinaciones una vez más. Estoy dolorosamente feliz de haberlo hecho.
En defensa del suicidio III. Corrección Bernhard: nadie tenía ya miedo de que cometiera un suicidio, porque hablaba permanentemente de suicidio, como si hablara de un objeto absolutamente claro y que, al mismo tiempo, lo fascinase, como si se tratara de un objeto artístico y siempre de una forma científica. Y quien habla en esa forma científica del suicidio, como de un objeto artístico, y con tal claridad que sólo podía avergonzar a todos interiormente, ése no comete un suicidio. Hasta que, sin embargo, cometió el suicido.
En el extremo máximo de lo mínimo, ella escribió, dijo, una sentencia inmaculada:
nueva puesta en abismo de las finitas interrupciones de la infinita soledad.
Columbo, agitando su demencia senil por las veredas de Beverly Hills. Kung Fu, ahorcado en un juego de erotismo. La heroicidad es un tigre de papel.
Le digo a Dama, aunque en realidad no lo digo sino que escribo cuando lo digo, que entiendo muy bien que Roithamer odie palabras como arquitecto o arquitectura y que jamás las pronuncie y nunca acepte que otros las digan en su presencia sin espantarse, porque son, como dice Roithamer, abortos verbales que un pensador nunca puede permitirse. También le digo, escribiendo, que es la mejor manera de decir lo que se debe decir, que entiendo: construir es una palabra hermosa, tal como afirma Roithamer, de la que derivan constructor y construcción, dos de las palabras más bellas que tiene el lenguaje, que no tiene tantas palabras, o tiene demasiadas palabras y pocas palabras hermosas. Le digo que entiendo a Roithamer porque en toda construcción va implícita la demolición y quien construye va demoliendo y demoler al mismo tiempo que construir está en nuestra naturaleza humana así como en la naturaleza, aunque esto último lo pienso yo y no estoy muy seguro de que Roithamer lo piense; y le digo que sé que ella, Dama, y yo, hubiéramos querido estar en la buhardilla de Roithamer un fin de semana, todo un fin de semana, como sus oyentes, escuchando toda una noche las frases que Roithamer nos dijera sobre la belleza del arte de construir, sobre la construcción, y también sobre la demolición aunque no dijera nada de ésta última, y escuchando, toda una noche, las explicaciones de Roithamer sobre la palabra circunstancia, la palabra condición y la palabra consecuente.
No eres una sola persona y no tienes una sola historia.
Eres quien ha vivido siempre en la misma casa y en la misma habitación y recorrido las mismas calles camino de la oficina y también eres quien huye sin sosiego y no encuentra amparo en ninguna parte. Eres cualquiera y no eres nadie, quien tú inventas o recuerdas y quien inventan y recuerdan otros. Eres lo que no sabes que podrías ser si te vieras arrojado de tu casa, de tu país, si te hubiera detenido una patrulla. Eres Jean Améry viendo un paisaje de prados y árboles por la ventanilla del coche en que lo llevan preso; eres Eugenia Ginzburg escuchando por última vez el ruido peculiar con que se cierra la puerta de su casa; eres Margarete Buber-Neumann que ve la esfera iluminada de un reloj en la madrugada de Moscú, unos minutos antes de que la furgoneta en que la llevan presa entre en la oscuridad de la prisión; eres Franz Kafka descubriendo con asombro, con extrañeza, casi con alivio, que el líquido caliente que estás vomitando es sangre. (Muñoz Molina, Sefarad)
En defensa del suicidio II. No hay la mínima locura en terminar la vida por mano propia. La locura, si es que existe una cosa semejante, es permitirse no hacerlo.
Crazy Old Man
En defensa del suicidio. Una vez tomada la decisión de suicidarme me resolví por la forma menos dolorosa. Excluí, por razones prácticas y estéticas, la posibilidad de ahorcarme, dispararme un tiro, saltar al vacío u otras formas de suicidio. El uso de drogas me pareció el camino mas satisfactorio. Y por el lugar, tendría que ser mi propia casa, cualquiera sean los inconvenientes para mi familia. Como una suerte de trampolín, al igual que Kleist y Racine, pensé en la compañia de una amante o un amigo, pero habiendo elevado la autoconfianza, decidí seguir adelante solo. Nosotros los humanos, siendo animales humanos, tenemos un miedo animal a la muerte, la así llamada vitalidad no es otra cosa que fuerza animal. Mi sistema parece gradualmente haberse liberado de esa fuerza animal, teniendo en cuenta el poco interés que me queda por el alimento y las mujeres. El mundo en el que estoy ahora es uno de enfermedades nerviosas, lúcido y frío. La muerte voluntaria debe darnos paz, si no felicidad. Ahora que estoy listo, encuentro la naturaleza mas hermosa que nunca, paradójico como suene.
Rynosuke Akutagawa a un amigo antes de suicidarse, en 1927, a los 35 años de edad.
En el lago -pero no en el lago sino en una casa de baños-, Gimpei no pudo ver cuando ella metió uno de sus finos dedos en su oído. Lo giró lentamente. Es como el susurro de amor de un ser de sueños, dijo Gimpei: desearía que limpiara todas las voces humanas que tengo alojadas allí, para poder oír sólo su bella voz. Hasta las mentiras podrían desvanecerse.
Cada mañana despertamos creyendo ser la misma persona, pero no somos uno y nuestro pasado es infinito.
Oh… en mejores palabras que las mías, Muñoz Molina: No eres una sola persona y no tienes una sola historia, y ni tu cara ni tu oficio ni las demás circunstancias de tu vida pasada o presente permanecen invariables. El pasado se mueve y los espejos son imprevisibles. Cada mañana despiertas creyendo ser el mismo que la noche anterior y reconociendo en el espejo una cara idéntica, pero a veces en el sueño te han trastornado jirones crueles de dolor o de pasiones antiguas que dan a la mañana una luz ligeramente turbia, y esa cara que parece la misma está cambiando siempre, modificada a cada minuto por el tiempo, como una concha por el roce de la arena y los golpes y las sales del mar. Eres cada una de las personas diversas que has sido y también las que imaginabas que serías, y cada una de las que nunca fuiste, y las que deseabas fervorosamente ser y ahora agradeces no haber sido.
No tengo lengua: ríe, el mundo reirá contigo; llora, estarás solo. Aunque soy peor que una bestia ¿tengo derecho a vivir? Chan-wook Park, Oldeuboi (Oldboy)
A las cinco de la tarde (la misma hora que un repetido berrinche de Lorca); a las cinco de la tarde, entre lenguajes fatigados, junto al paso fúnebre del expulsado vacilante, con la niebla cubriendo leones, teléfonos muertos, clavos, relojes, calcetines, una postal del Africa (sonriente), gárgolas, gárgaras, durmientes y azúcar derramada; a las cinco en punto de la tarde, tiempo de la demasía y la copulación de los objetos, se encontró impedido de someterse al silencio perpetuo: decidió suicidarse en su mirada.
Y entonces salí, luego de abrir la ventana. No para expulsar ningún olor material, sino para ventilar una impresión. Strindberg, Solo.
¿Habremos quedado allí, donde el tiempo nos colmó los ojos, penetrándolos de su cal y su misterio? Cada aliento que hicimos fue un examen transparente; cada palabra de silencio, un reflejo; cada silencio, un grito.
Entonces Lefeu habló: el desamparo de un hombre que ronda la cincuentena, en cuyo catre yace una mujer quince o veinte años más joven que, por una parte, muestra una insaciable tendencia a la copulación y, por otra parte, apenas es accesible lingüísticamente durante el orgasmo, y menos aún en el posterior relajamiento, porque se ha dado toda entera a las palabras y manifiesta una inclinación peculiar a fijar sus ojos abiertos sobre el cielo raso, ese desamparo, decía, es doble: es físico, es espiritual. Físico, puesto que ha llegado hasta los límites de sus fuerzas decrecientes; espiritual porque, a pesar de un acervo de lecturas muy voluminoso y de una no despreciable capacidad de compenetración o empatía, no sabe lo que se encuentra en el fondo del comportamiento extraño, tal vez absurdo o demente, de la mujer, y comprende todavía menos de qué modo se la podría reintegrar a un mundo entendido como suma de experiencias que se reflejan en palabras y frases llenas de sentido, un mundo articulado según una estructura lógica o, al menos, interpretable mediante una estructura similar. Así, por ejemplo, un hombre en tal situación no podrá evitar preguntarse si ciertas formas de poesía que comienzan arrogantemente por renunciar al sentido de las frases y finalmente al sentido de las palabras, son causa o consecuencia de la alienación. Entonces, el sentido común se ríe sarcásticamente y da a entender que casi nadie ha perdido la razón por alinear sílabas sin sentido. Los poetas dadaístas no estaban locos: loco fue aquel que, sin adornos, y haciendo justicia a las cosas, dijo que abril y mayo y junio estaban lejos, que sentía una gran merma en su ser y que había perdido el gusto de vivir, Améry.
Lefebvre. Seguramente la historia no vuelve jamás hacia atrás. El tiempo existe: es irreversible y la necesidad tiene un sentido. No resucitaremos a los muertos, y las energías malgastadas están irremediablemente perdidas. Sin embargo, no admitir lo irreparable es una forma de admitir la primacía de lo humano.
Stendhal. Dijo alguna vez, para ser romántico hay que tener coraje, pues sólo quien se arriesga puede serlo.
Pregunta. Entonces, ¿cuál ha de ser la resistencia del hilo que atraviesa la efervescencia de Stendhal hasta Lenin y de Lenin hasta nosotros?
Stendhal. ¡Abajo la épica! ¡Viva el drama!
Lefebvre. Un tabique siempre más resistente, más opaco, más duro nos separa de lo posible. Del otro lado, siempre más lejano y, por lo tanto, más cerca de nuestros brazos: ¿qué? No un doble. No un reflejo. Yo, nosotros.
Pregunta. ¿Cómo no optar por ese posible?
Lefebvre. El viejo topo, la revolución, tomó alas y ha volado.
¡Pregunta! ¿Volverla a tierra?
La revolución, como el amor, está por reinventarse.
¿Es tu sombra la que se petrifica en dos sombras simultáneas, un tiempo al interior de un tiempo? (Camargo)
Después de la pura furibundia y pasado el patrio día, es necesario regresar a la literatura, dijo Delgado relojeando la botella sin mucho disimulo. ¡Eso mismo! respondió Viscarra acercando los vasos: preferimos palabras y mujeres cuando decrece, preferimos alcohol cuando inflama. Después nos miró un poco sorprendido: ¿y cuándo sucedió que salimos, si nunca ha sido posible salir?
Para defender los negocios y negociados de las grandes editoriales, la redactora de La Nación Susana Reinoso escribe muy suelta de cuerpo y lengua: Sigmund Freud, Gregorio Klimovsky, Mario Bunge, Néstor García Canclini, Beatriz Sarlo, Eliseo Verón, Guillermo O’Donnell, Karl Marx, Anthony Giddens, Michel Foucault y Gilles Lipovetsky integran la lista de autores más perjudicados por el fotocopiado ilegal de libros en el país. Olvida la señora, pluma en alquiler por dos centavos, que varios de los mencionados están muertos y poco puede perjudicarse a su cadáver, hace años devorado por los gusanos salvadores. Y no es todo. Más allá, o más acá, de la ensalada energúmena que implica adobar a nuestra inefable Beatriz Sarlo con los trazos de Freud o de Foucault, esta señora de La Nación, bobita y patán a sueldo en su pura desvergüenza, viene a reclamarnos por los derechos de Karl Marx desde un diario que si por algo se ha destacado en su negra historia es por alentar genocidios, quema de libros y desapariciones sobre todo aquello que oliera mínimamente a marxismo o rebeldía de color. Y la bobita, señora servil y genuflexa, olvida (o más probablemente ignora) que ese tal Marx, que no era marxista pero sí revolucionario, murió hace ciento veintiséis años sin haber transado jamás un mínimo negocio con sus libros. Y también olvida (y seguramente ignora) que muchas de las obras del viejo cascarrabias tienen ya siglo y medio de paridas y que ese simple hecho natural las pone, desde hace largo tiempo, bajo el régimen de dominio público. Bobita, a destajo.
Falta justo un año para el bicentenario del paisito extremo y aparecen las preguntas por el intrincado laberinto del ser nacional. Sabemos que semejante cosa no existe ni existió nunca. Pero si alguna representación de ese misterio de ultratumba fuera posible, no estaría en las imágenes desteñidas de Belgrano o de Sarmiento. Ni tampoco en las de Borges, Cortázar, Arlt, Gardel, Piazzolla, Ginastera o Marta Argerich. Ni siquiera en las figuritas tambaleantes de Maradona, Perón o Charly García. El esponjoso ser nacional más bien debe parecerse a un gordito cara nada, con cerebro de tarántula y sonrisita cínica: un hipócrita adulón y tramposo. Sobre todo, un magnífico cobarde. Aunque no nos guste para nada -y nos cause miedo-, sospecho que nuestro reclamado ser nacional tiene un semblante y un espíritu muy parecidos a los de Alfredo Astiz.
Los antiguos yahoos del cuento de Borges se revuelcan entre la mierda y devoran con agrado la carne rancia y las cosas fétidas. Hacen el amor en presencia de todos, al estilo cínico, pero son en extremo decorosos en otros aspectos: se ocultan para comer, castigando duramente a quien es visto cuando se alimenta. Estos yahoos borgeanos son insensibles a las fantasías teológicas de Brodie, al lenguaje fantasmagórico de los extranjeros cultos y a la hipocresía de la fama: si alguno de sus poetas alcanza el éxito cualquiera de la tribu puede matarlo. Muy diferentes son los internéticos yahoos contemporáneos, hijos de la locuacidad informática y las cruzadas supersticiosas. También se revuelcan entre los desechos y disfrutan de la fetidez del pensamiento y la sangre ajena. Pero no tienen decoro de ningún tipo y, a pesar de la estupidez reiterada de su fama, manifiestan gozar de buena salud e impunidad extrema.
Ningún recuerdo entrega futuro. Todo pasado individual, como escribió Strindberg, es sólo paja de establo en la cual crece el presente. Paja enmohecida y fermentada; vuelta niebla, espesa. Desde un punto de vista estrictamente personal: no hay nada atrás que valga la pena. Sucede lo contrario que con la historia y la sociedad. Para el individuo, aislado, el origen no está nunca en el principio. El origen se encuentra en el final. Más precisamente: cuando forcejea con él.
Arango. La mujer y yo quedamos junto al cadáver abandonado. Haga algo por él, usted que puede, dice con una voz trémula. Esa voz me conmueve por la cantidad de amor y de dolor, como de nostalgias y de esperanzas rotas. Soy el único que puede hacer algo por él , digo. Y agrego: traté de ayudarlo, pero fracasé. La mujer se aleja. En sus pasos descubro el cansancio y el peso de una desesperación superior a sus fuerzas, pero no puedo ayudarla. Sin más esperanzas, yo recojo mi cadáver y me marcho con él.
Dejo el rastro de las notas, parciales, incompletas, que piden por su propio espacio. Ya no son mías: han escapado al proyecto, y tal vez al futuro.
El registro ¿imaginario? de Omar Genovese
Los genios mueren de cáncer al cerebro. A los cantantes -y a los oradores- les asalta el cáncer en la garganta. Dicen que la pasión no tiene órgano que la contenga. ¿Será verdad, entonces, que los apasionados sólo pueden suicidarse?
Existir es vivir como mortal. El sueño nos hace infinitos. Pero hemos de existir junto a otros mortales. Así, cuanto más nos acercamos a los sueños, más rápido se extinguen.
Mario, la tregua y final. El hombre ya era un hombre mayor cuando una palabra suya, generosa, cayó en mis manos. En verdad, el hombre siempre ha parecido ser un hombre mayor, o lo ha sido. Pero ese hombre que siempre fue mayor (o lo ha parecido) tuvo algún sentido cuando yo no lo era. Después supe extraviarlo: a él, a su palabra, a su generosidad. Tal vez no fuera sino escamoteo: la palabra de ese hombre mayor giraba atropelladamente, dueña del tiempo y un día se detuvo, sin demasiado escándalo. Fue desplazada por otra palabra, tan atropellada y dueña del tiempo como la suya, aunque ajena, menos generosa. Entonces olvidé al hombre mayor que, tal vez, solo, parecía mayor. ¿Quién era él, para interpelarme? Lo puse en jaque: lo dejé sobrevivir por sí mismo, sin mover un dedo. No se puede querer por mucho tiempo a quien no le habita el abismo.
Después, un día, la muerte sopla hacia atrás. Nos echamos cara a tierra con el miedo y es la muerte, no la generosidad, la que clausura los abismos.
En todos los tiempos y en todas las lenguas del mundo se ha querido buscar la respuesta al enigma de la literatura. Tal vez Platón fue el primero en hacerse la pregunta e intentar contestarla: ¿qué es la literatura? De allí en más, montañas de palabras y explicaciones a lo largo de los siglos. Hoy sabemos: ninguna definición sobre la literatura alcanzará jamás el consenso y la ubicuidad; ninguna definición logrará definirla. Pero yo encontré mi íntima respuesta en un pequeño relato de Galeano. No lo hallé ahí porque Galeano se haya formulado la pregunta (si se la hizo alguna vez, no fue en ese relato), y seguramente él no apoyaría mi presunción altanera. Cuenta Galeano que en un viaje de regreso a Montevideo leyó la última novela de José María Arguedas, El zorro arriba y el zorro abajo. Novela que el peruano dejó inconclusa y que fue publicada un par de años después de su muerte, cruzada con partes de su diario personal atiborrado de pensamientos acerca de su propio suicidio. En esa novela Arguedas elogia a Onetti de la manera más excelsa: había escrito que estaba en Santiago de Chile, pero quería estar en Montevideo para encontrarse con Onetti y apretarle la mano con que escribe. A poco de llegar a Montevideo Galeano visita a Onetti, que estaba, como casi siempre, en la cama, entre botellas y montones de cigarrillos apagados. Le comenta de la novela de Arguedas y de su elogio. Onetti no sabía nada: aún no había leído la novela. Hacía poco tiempo que Arguedas se había disparado a sí mismo en una de las aulas de la Universidad Agraria, en el Perú. Después de un rato de silencio y miradas esquivas, Galeano levanta los ojos y se encuentra con las calladas lágrimas de Onetti. En esas lágrimas, recostadas entre la pereza, el tedio y la desaprensión del mayor escritor latinoamericano del siglo veinte, he hallado mi mejor respuesta a la pregunta por la literatura.
Como sueño, yo no lo estoy.
Me abandono por las noches a mis sueños, antes que me dejen el día.
No amo. Me asusta amar.
Como sueño, yo no lo estoy.
Ya no sueño. Ya no.
Como sueño, sueño la audaz melancolía, un grito solitario hendiendo mi carne de tedio.
Como sueño, yo no lo estoy.
En el tormento de mi noche, cuando no sé qué camino, pago cien veces mi deuda.
Con las brasas del sueño.
No quedan más que cenizas de la sombra de una mentira que me he obligado a oír.
Y la blanca plenitud, no era como el viejo interludio.
Una mujer de finos tobillos clavó la pena.
Dejando apenas remordimiento: haber visto la luz nacer sobre la soledad.
Como sueño, yo no lo estoy.
Iré a descansar, la cabeza entre dos palabras.
Me abandono por las noches a mis sueños, antes que me dejen el día.
Como sueño, yo no lo estoy.
Ya no sueño.
(Leolo)
Clastres. La vocación de antipensamiento: triste rumiar que aparta a la vez del saber y de la alegría: por cierto, es menos fatigoso bajar que subir, pero ¿acaso no piensa lealmente el pensamiento sólo yendo cuesta arriba?
Se puede afirmar: uno pierde el tiempo o, sencillamente, lo pierde. Dejarse llevar por las confesiones y, como se dice, ser víctimas de nuestra propia locuacidad. Logramos –cada tanto- ser alegres, ocurrentes; sanos, aunque no de cuerpo. Sabemos muy bien: la muerte es algo escandalosamente cercano. Hemos caído ya en la tumba, pero salimos de ella cada tarde, tratando de escamotear el futuro. ¿Todas? No todas: sólo cuando un fantasma sacude nuestras puertas.
¿Cuántas veces hemos de capitular? Tratamos con una herida imposible, o con una lotería. Desearía declararme neutral; sobre todo, no morir en una forma grotesca, ordinaria. La pregunta de Klüge: ¿qué vínculo es más fuerte que una pareja de amantes? La respuesta de Klüge: un asesinato, cuando ambos saben que lo hizo el otro.
Pertenezco a una generación cuyos miembros arrastramos la carga y el privilegio de ser sobrevivientes. Nada más cierto para nosotros que esa frase inolvidable: el peso de las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Porque son los muertos de nuestra propia generación quienes nos oprimen: los que fueron nuestros propios amigos. ¿Qué hubiera sido de ellos –y de nosotros- si no los hubieran asesinado y estuvieran todavía vivos? ¿Qué hubiera sido del presente si tanto sacrificio, si tanta energía resistente, tanta risa, tanto fervor y tantas ganas y hasta tanta belleza hubieran estado hoy vivas? ¿Sería igual el mundo? ¿Seríamos los mismos nosotros? Estamos inscriptos en una estela siniestra cuyo efecto se prolonga en el presente, para todos.
(Don León y las desventuras del sujeto político)
Zaffaroni, que no zafa: Lo que yo propongo es poner la situación acorde a la Constitución y juzgar a los menores desde los 14 años. ¿Y por qué no desde los once años? ¿desde los ocho? ¿desde el embrión en el útero de sus madres? ¿por qué no juzgar –preventivamente- al óvulo y al espermatozoide, pareja impune de delincuentes en serie, si ya sabemos que el futuro de su engendro está sellado en la hipocresía de la justicia?
La delincuencia tiene utilidad económico-política en las sociedades que conocemos. La utilidad mencionada podemos revelarla fácilmente: cuantos más delincuentes existan, más crímenes existirán; cuanto más crímenes hayan, más miedo tendrá la población y cuanto más miedo en la población, más aceptable y deseable se vuelve el sistema de control policial. La existencia de ese pequeño peligro interno permanente es una de las condiciones de aceptabilidad de ese sistema de control, lo que explica por qué en los periódicos, en la radio, en la televisión, en todos los países del mundo sin ninguna excepción, se concede tanto espacio a la criminalidad como si se tratara de una novedad cada nuevo día. Desde 1830 en todos los países del mundo se desarrollaron campañas sobre el tema del crecimiento de la delincuencia, hecho que nunca ha sido probado, pero esta supuesta presencia, esta amenaza, ese crecimiento de la delincuencia, es un factor de aceptación de los controles.
(Michel Foucault, en una conferencia dada en el Brasil, en 1976).



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