Todo pasado atrapa como si fuera un útero de arcilla. Aquel otro tiempo es tenebroso, voraz, emanación salvaje. Pasado es bochorno, indignidad: hasta el diablo se siente avergonzado de haber sido una vez un ángel (Milton haría decir al diablo: ¡Mal, se tú mi bien!).
Eagleton. Hacerse saltar por los aires no es necesariamente estar morbosamente enamorado de tu propia mortalidad. Al sacrificarse a sí mismo como hace Bernardino, uno se adueña de la autoridad de la muerte. Vivir con la muerte le pone a uno en cuarentena frente al fracaso, le protege contra el dolor y le aísla de la angustia: un modo de vivir.
Dijo una vez un sabio musulmán: la buena escritura aumenta la claridad de la verdad, y cuando ساسمان le preguntó sobre la palabra, respondió: la palabra es un viento que no permanece. Entonces ¿cuál es el amarre de la palabra? La escritura, dijo el sabio.
Tres suspiros del moro (Rushdie).
I) Cuando mis perseguidores hayan seguido el rastro, me encontrarán esperándolos, sin quejarme, jadeando, dispuesto: aquí estoy, no hubiera podido hacer otra cosa.
II) Viejos fantasmas, sombras distantes. Cuento historias para acabar con ellas; son todo lo que me queda y por eso las pongo en libertad.
III) El miedo es un absolutista: con él, se trata de todo o nada. O nos domina como un tirano intimidante o se desvanece en una bocanada de humo. La revolución contra el miedo no tiene nada que ver con el coraje. La revolución contra el miedo es una deriva del simple hecho de continuar con vida. Dejé de sentir miedo porque ante mi tiempo limitado no tenía segundos para perder con el miedo. Como en un relato de Conrad: tengo que vivir hasta que me muera.
Como en Zaratustra, cada efímera verdad pretende ser la verdad del mundo. Y quienes la cuelgan bajo el sobaco no se conforman con su transfiguración, sino que bajan de la montaña y predican evangelios.
Comprendo perfectamente el bizarrismo perverso que reduce la voracidad bucólica a su televisación sublimada. Comprendo muy bien que la sociedad doméstica necesite, cada cierto tiempo, un emergente de tertulia y pasajero que encarne su estulticia inagotable. Comprendo, incluso, el fulgor erótico de algún peronismo babilónico y marchito. Puedo comprender hasta la esquizofrenia apostólica de surdeces y cegueces que invitan a imaginar purgatorios inconcebibles. Todo eso puedo comprenderlo, y aún más. Lo que no comprendo, lo que no alcanzo a comprender de ninguna manera, es por qué no escapo definitivamente de todas esas sonrisas viudas y de todos esos pájaros arrodillados. Todas las bestias son vencidas por el hierro alguna vez, pero la nuestra es numeral y retumba como cadáver encarnizado. Huir, recular, podría no ser tan sólo un acto de saludable cobardía sino también el merecido desplome de fantasmagorías envilecidas.
Baudrillard. ¿Qué pasa con la Realidad, qué pasa con el cuerpo, cuando los ha sustituido su fórmula operativa? ¿Qué pasa con el sexo, el trabajo, el tiempo y todas las imágenes de la alteridad, cuando sucumben a manos de la síntesis tecnológica? ¿Qué pasa con el acontecimiento y la historia cuando están programados, emitidos y diluidos hasta el infinito en los medios de comunicación?
La justa hipótesis. Podemos sospechar, a todo esto, que algún pícaro está contaminando el agua corriente con extracto de raíz de peyote y, de alguna forma, las visiones alucinógenas colectivas están formando el gran estado de idiotez permanente al que, sin remedio, estamos condenados .
Herta Müller. El hombre es tonto y siempre está dispuesto a perdonar, dice el guardián nocturno, en tanto apoya su cuchillo en el banco. Se sacude las migas del chaleco. El perro devora la corteza de salchichón o panceta o butifarra que él ha cortado, antes, con el cuchillo. Le he perdonado todo, dice el guardián nocturno. Le perdoné el tratamiento que se hizo en la ciudad, dice, y desliza la yema de su dedo por la hoja del cuchillo. Me convertí en el hazmerreír de todo el pueblo. Ya no podía mirarla a los ojos, dice el guardián nocturno: lo único que no le he perdonado es que se muriera tan rápido, como si no hubiera tenido a nadie.
Casi del padre no nacido: Kertész o Améry -o apenas un punto de fuga por mano propia. Se trata simplemente de que todo esto podría haberse escrito de otra manera, de forma más equilibrada, con mayor consideración, y hasta se pudiera decir: con algo de amor. Pero ya sólo puedo escribir así, con la palabra mojada en sarcasmo. La mano burlona. Tal vez un poco sonriente pero, en todo caso, contenida. Como si alguien la obligara a retroceder cada vez que se dispone a escribir determinadas palabras. De modo que mi mano siempre acaba escribiendo frases imprevistas, palabras simplemente incapaces de proporcionar una descripción precisa. Menos todavía una descripción amorosa. Tal vez porque en mí no existen la precisión ni el amor o sus palabras. ¿A quién iba yo a querer? ¿Y por qué?
Se equivoca K. cuando piensa que tras los corredores vacíos existen puertas para abrir. Se engaña al creer que si detrás de las puertas no hay nada, todavía hay otros pisos. Finge y oculta K. cuando afirma que si en otros pisos tampoco hay nada, hay que ir escaleras arriba con alguna ilusión. Pero sobre todo miente, y miente descaradamente, al decir que en tanto no se deje de subir no se terminan los escalones. Los escalones no crecen tras nuestros pies que suben, amigo K.: los escalones bajan delante de nuestros pies, que se contraen.
Europa olvida a menudo que nunca fue otra cosa que una aventura de Zeus, una canita al aire del viejo verde, rey de los dioses truchos y promiscuos. Zeus la desvirgó debajo de un bananero cuando Europa era joven, bella e inocente. Ahora, Europa, vieja, arrugada y aburrida hasta lo previsible, sólo mantiene una esperanza: que un nuevo dios con cuerpo de toro llegue por ella. No importa si disfrazado de africano, de árabe o de sudaca: importa que llegue, como llegue, para hacerle sentir aquella ilusión perdida de juventud, para completar su aventura inacabada.
Profilaxis.
Los discursos de los argentinos: borbotones de nada y zarigüeyas a bajo precio. Cristina, Buzzi, D’Elía, De Angeli, los Fernández, Carrió, Macri, Moyano, tan efímeros como sus palabras. El verdadero discurso argentino está en otra parte, desde hace cuarenta años es monopolio de las Legrand, los Gelblum, las Susanitas, los Charly García, los Maradona.
La disputa política argentina es como la cara de la señora de la TV: estropeada pero con infinitas restauraciones de remendón, sin memoria que la signifique, de piedra caliza y lágrimas de albañal, candorosamente falsa.
¡Ayyy, qué miedo a la revolución!
Interludio con budinera y bombo legüero. La única verdad no es (ni será) la realidad. ¿Dónde estaban aquellos que habían votado a Menem y nunca se los encontraba? Escaquearon años, ahora resplandecen: de acorralados por cavallo a corralitos de soja, vaquita y chiripá, cacerola en mano. Para un sojerista, nada mejor que otro sojerista; para un desaforado, nada mejor que Lilita Carrió o: De Angeli a la Rural. Para un sojerista nada mejor que un peronista. Veinte no, ni siquiera una: la verdad es inefable. En tanto (en cuanto) las vaquitas siguen siendo ajenas, Atahualpa. Demasiado Fernández abriendo la boca, redundancia, pocas nueces y avellanas, minga reforma agraria y expropiación. Populismo diet. Ahora: cada vez que tirás la leche en la ruta, cada vez que abrís la canilla del camión y la leche blanquea los hormigueros, aparecen los pibes de Tranquila y los piojos y el mate cocido lavado: aparecen los paredones, te aseguro, largos: la cordillera. Ah, si fuera tan fácil, Bonafini. Si bastara con ponerse la camisa blanca o la camisa negra (¿la de Sergio, Bonafini?). Si se pudiera trazar una raya. Pero el universo y la General Paz están llenos de grises, Bonafini. Infinitos grises que la miopía no deja ver, rayitas ínfimas. Y ninguno entre los negros-negros y los blancos-blancos, ni tampoco ninguno entre los grises tirando a negro y los grises tirando a blanco, ni uno apenas entre los negros tirando a blanco o blancos tirando a negro, ni uno sólo de los grises más o menos grises con manchas blancas o manchas negras, ni uno solo de ellos, ni uno, menciona la propiedad de la tierra ni la de los alambrados, ni las vaquitas, que son ajenas todavía, Atahualpa. Ni las cabezas de cacerolas menemomacristas, ni los Fernández en prospección multiplicada, ni la calle embanderada y con papeles y silenciosa -en gritería. La propiedad de tierras y alambrados, decir. Aquella que decía el gallego Soto hace un siglo. ¿Todos padecemos de statu quo en la fluyente actualidad? Tirando del tarro que no del carro: forcejeando por el dulce de leche (pero la leche, derramada, hace llorar). Aclarado. Aún así, aclarando más, por las dudas: se te recuerda, vecino, se recuerda cuando clamabas por orden y pacificación y mundial setentayocho. Se te recuerda, gente, se recuerda tu satisfacción por la seriedad y presencia de ánimo del Comandante en Jefe y la colecta por Malvinas (con la misma banderita displicente en la mano). Se te recuerda, productor agropecuario que no paisano, se te recuerda cuando sonreías complaciente a Martínez de Hoz, jefazo si los hubo. Ahora, gente, vecino, ahora que sos un viejo cacerolero plantado ante el televisor y dispuesto al epitafio ¿hay quien evoque tu vaciedad gorila?; ahora, agropecuario que no paisano, ¿hay quien evoque tu imperturbable egoísmo, tu desprecio a granel?
Consigna de máxima y canto lírico irreverente: ¡Ni soja, ni retenciones, ni caramelos media hora: reforma agraria y expropiación!
Consigna de coyuntura y fin del interludio: ¡A la carga Barracas, La Boca y Sarandí: leña a la reacción clerical-liberal-agropecuaria!
Dos cisnes pasaron volando por encima del agua. Sus grandes alas, al batir, parecían suspirar. El aire se queja porque las alas de los cisnes lo golpean, dijo Anita.
Walser. No sobrevivimos como lo que hemos sido, sino como lo que hemos llegado a ser después de haber sido. Después que todo ha pasado. Pero existe todavía, aunque haya pasado. Ahora que ha pasado, ¿es más pasado o más presente?
Martin Walser. Mientras algo es no es lo que habrá sido. Cuando algo ha pasado, uno ya no es aquel a quien le sucedió. Aunque está más cerca de él que otros. Aunque el pasado, cuando era presente, no existía, se impone ahora como si hubiera sido tal como ahora se impone. Mientras algo es no es lo que habrá sido. Cuando algo ha pasado, uno ya no es aquel a quien le sucedió. Cuando sucedía lo que ahora decimos que sucedió, no sabíamos que sucedía. Ahora decimos que fue de esta o de aquella manera, aunque entonces, cuando sucedía, no sabíamos nada de lo que decimos ahora.
En el pasado común podemos pasearnos como en un museo. No podemos recorrer el propio pasado.
Deleuze, Guattari. Ya no creemos en el mito de la existencia de fragmentos que, como pedazos de una antigua estatua, esperan que la última pieza faltante sea descubierta para así ser pegados creando una unidad exactamente igual a la unidad original. Ya no creemos que alguna vez haya existido una totalidad primordial, como tampoco que una totalidad final nos espere en el futuro.
Aquello que siempre estuvo roto, nunca puede ser pegado.
Imploración: desde el íntimo de la oreja, pulsando coros, disecaciones, agua hundida, callos, alfabetos de castigo, dolor.
América, américa. Saadi Yousif.
Vía Prometeo.
Levinas. El tiempo, condición de la existencia humana, es sobre todo condición de lo irreparable. El hecho consumado, arrebatado por un presente que huye, escapa definitivamente al dominio del hombre, pero pesa sobre su destino. Tras la melancolía del eterno fluir de las cosas, del ilusorio presente de Heráclito, está la tragedia de la inmovilidad de un pasado imborrable que condena la iniciativa a no ser más que una continuación. La verdadera libertad, el verdadero comienzo exigiría un verdadero presente que, siempre en el apogeo del destino, recomience eternamente esa libertad.
Bauman. Todas las culturas humanas pueden interpretarse como artefactos ingeniosos calculados para hacer llevadero el vivir con la conciencia de la mortalidad.
No hay que idealizar a la bestia. A los cincuenta y seis años es un petiso excedido de peso, semianalfabeto; bruto, como él mismo supo adjetivarse, “tuve un solo acto de lucidez en mi vida, que fue meterme en la Armada”. Es el representante extremo del “guapo psicópata” que Adorno describiera en su conocida tipología de la personalidad autoritaria; pero con una particularidad que lo distingue: ser pusilánime. Hace diez años reconoció que lo único que sabe hacer es “destruir, poner minas y bombas, infiltrarme, desarmar una organización, matar”. ¿Escribir?, no: “me duele la mano de agarrar la lapicera”. En este tipo de personas, escribió Adorno, “el superyó parece haber quedado completamente atrofiado a consecuencia de la resolución del conflicto de Edipo, consistente en la regresión a la fantasía de omnipotencia de la primerísima infancia”. Por eso la bestia aparece como un sujeto infantil, habilitado para perseguir con sadismo y tenacidad, escogiendo siempre víctimas impotentes. No es únicamente un criminal, es el soldado en embrión de las tropas de asalto, es el “antagonista desheredado” (Lindner). Pero mientras el “guapo psicópata” de Adorno es alguien que hace apología de la fortaleza de cuerpo y de carácter y, sobre todo, de la capacidad de aguantar, la bestia, en cambio, es cobarde, y su apología se refugia en el escondite, la complicidad, el silencio.
Astiz.
Supo ser bella, sexy, angelical y también estúpida. El tiempo, implacable, que corrompe lo pasajero y afirma las sustancias, le ha quitado todo, menos la estupidez.
Anatomía del despojamiento. Paso uno. Mientras el oficial miraba, en los ojos discutía con el viejo soldado, curvada, sobre un papel a medio desplegar (no el barquito); la adivina había escrito que permanecerían juntos, lo sentía, profundamente, viviendo cada uno su propia vida. De un trabajo como ése, pensó, queda un hombre mixto, bastardo; rejunte desparejo, pedacitos de película mal compaginados. El valor de la mirada no cabría en la examinación, una pequeña huella de sus labios (de él) el contrasímil, su aliento, cianotípico, posiblemente; sí. Todos los oficiales del mundo, cuando ofrecen un cigarrillo, al prisionero, sudan: ¿cuál fue el motivo del pánico? No podría responder, por ejemplo, soy judío, aunque llevara como lastre un sentimiento de superioridad frente a los navegantes; ni darse por enterada: toda una comedia, indecencia. Siempre es posible encontrar una opción más fácil que vivir, no siempre es sencillo encontrar opciones o vivir.
Santurrones y chantapufis, autodenominados pomposamente Consejo de Profesionales en Sociología, han conseguido una resolución oficial que instituye el 1 de junio como día del sociólogo.
Kluge. Por duro que parezca el lado objetivo del mundo, igual de sugestivo sigue siendo el acto de narrar. Los libros son, en ese sentido, la última barrera de carros de la subjetividad; en las viejísimas historias que nos cuentan podemos encontrar las armas más eficaces contra lo que la realidad tiene de falso.
Ya no parece que seamos o que vayamos a ser. Nadie nos fuerza a seguir corriendo; nada aplaza nuestras insatisfacciones legítimas. Incapaces de distinguir entre accidentes o contingencias tampoco podemos conocer la diferencia entre estar felices o infelices. Siempre logramos hacer lugar para el arribo de un nuevo padecimiento, alguna inhibición desconocida, algún otro consumo inútil de vida.
Más que asemejarnos a Ríos somos como Deltas, una acumulación casi geométrica de agua y barro y raíces ensortijadas, cerca de las desembocaduras, sin llegar a desbordarse. Es posible que paremos en la habitación de un viejo usurero de palabras que no cesa de esquilmarnos (un funcionario público, en definitiva, casi un agente de seguros). También. ¿Una especie de laconismo compasivo nos acidula impulsos, espontaneidades a la cuarta? También. Formamos parte de un racimo de citas (y de citas) que no siempre han de expresarse en amor o ternura. Olvidé la palabra: el libro que la sostenía, esquivo, se amuralló dentro del bolso implacable. Nuestra ventaja consiste únicamente en saber que la dieta vegetariana y el ejercicio físico no previenen la tuberculosis, tampoco el fuego. ¿Sobrevividores de resurrección extensa, asindética, asíntota, larvada? Resurrección en segunda velocidad, podría decirse. Posible flexión de escribividores a kerosén (aunque Viscarra, escribebedor). Sin tracks –huecos diabólicos- que nos orienten: ¿qué costado de La condena nos ha de parar? Olvidé la palabra (¡caería tan bien!). Caer, del verbo caber: en el centro de los cementerios abrazamos, pero no lo suficiente; las tumbas son espacios bellos y privados, pero nadie, que se conozca, allí se abraza. En consecuencia, por tales motivos de pertinencias, complotamos perseverancias (intentos, artificios, emergencias); instruimos entresijos y, otra vez (una y otra): resurrecciones. No, happiness, no es. Fósforo, tampoco. Por separado, debiéramos explotar el Obelisco o la Tour Eiffel o el meridiano de Greenwich, como aquel personaje de Conrad; en cambio no estamos habilitados para borrar un disco duro. Podría decirse: cooperación desestructurada. Pero cooperación suena obra buena y, al final, resulta que no hay sangre, ni griterío, ni siquiera obra (¿buena, mala?). No, no es la palabra, irremediablemente perdida, pero puede pasar: happiness. Después de todo, como fue leído, de las buenas obras del diablo poco se sabe.
Shall we begin? El mismo juego, nueve años después. USA en lugar de Austria: a Roth, lejos de Mühe, le cuesta llevar el dolor. Como sea: otra vez la calma placentera de lo previsible se llena de sentido. Remake Funny Games U.S.
Lo que alguna vez pudo llamarse “espíritu literario” nacional no es transmisible de generación en generación, mucho menos por ósmosis. Alvaro Abós relata que hace unos pocos años improvisó una visita a la casa donde vivió -entre 1939 y 1963, año de su muerte-, Ramón Gómez de la Serna. La casa, refugio porteño del español, es el último piso de un edificio ubicado en Hipólito Yrigoyen 1974, a espaldas del Congreso Nacional. En la entrada: una placa recuerda al ilustre morador. Le abre la puerta una muchacha joven, médica, sorprendida porque alguien llegue para atisbar el living donde viviera un fallecido escritor español: si, si, algo me dijo el de la inmobiliaria, además vi la placa, claro. La verdad es que no leí nada de él; como se vive hoy en día, hay poco tiempo para leer, ¿vio? En ese cuarto, no muy espacioso y ahora presidido por un enorme televisor, Ramón Gómez de la Serna había instalado una mesa larga con ocho pupitres: le gustaba trabajar en ocho libros al mismo tiempo. Las paredes estaban cubiertas por miles de fotos, dibujos y recortes de revistas y diarios que el escritor pegaba continuamente: desde ese interior plagado de imágenes escribía para atravesar las noches de Buenos Aires. Antes de irse, el visitante no puede dejar de echar un vistazo a la biblioteca de la actual propietaria: unos pocos volúmenes: magra, dice Abós: en la cual se destacan varios libros de Paulo Coelho.
Días atrás, Genovese preguntaba quién había afirmado: “yo cambiaré para siempre el concepto de literatura nacional”. Pero, en realidad, lo que importa no es aquel que lo haya dicho sino el (la) que verdaderamente lo hace. Y aquí está . Sin broma, ni ironía. Mucho menos con sarcasmo. ¿O acaso alguien se atreve a sostener sin vergüenza que la “nueva literatura argentina” está mejor representada por Cucurto o por Casas que por Valeria Mazza?
Uno puede pensar en cuadrilíteros o en pentalíteros, dijo Viscarra, en plurales de facto o en díptotos altisonantes; uno puede pensar en esas cosas o en las rarezas del fantaseo quemado, o en nada; como jamás se alcanza eso último, se ironiza a costa de la sinceridad. Delgado no dijo: eligió contemplar las mortificaciones en las manchas de humedad esbozadas sobre el parqué empañado. No dije yo, tampoco; buscaba, sí, alguna idea para decir, una opinión dudosa, algo a manifestar o añadir, mas nada. Ante el silencio, nuestro, o porque se había bebido lo que quedaba de la botella al tome y traiga, Viscarra respiró con dificultad, ofuscado (tal vez una impresión engañosa de mi parte), y dijo que había que sobreponerse, no hay de qué avergonzarse, dijo (no estábamos avergonzados), ni preocuparse tanto por la profundidad (tampoco preocupados), ni atropellar con el silencio, y en esto llevaba toda la razón Viscarra: cuando se atropella con el silencio no se explica y cuando falta explicación no quedan establecidos los puntos de vista ni las necesidades ni las intimidaciones. Tocado, Felipe Delgado se desentendió de los dibujos en el piso: me extraña tu actitud, dijo, mirando a Viscarra: estás totalmente borracho, yo no he bebido ni una gota y no comprendo tu lenguaje; es una situación ridícula, por simple curiosidad te pregunto: ¿cómo lográs emborracharte con una mísera cuarta botella de aguardiente? Viscarra fue quien ahora calló, el que calló de nosotros, y yo no supe quién tenía razón o dejaba de tenerla y también callaba, sin pretender atropellar. Suavizando el tono: no te sientas mal, dijo Delgado: ya tenemos suficiente menosprecio a nuestro alrededor, hemos de recobrar la palabra aunque no nos alcance para vivir. Eso dijo, Delgado. Viscarra sonrió, sonreí yo: no estábamos completamente embrutecidos.
Imprecisa y lúdica palabra. ¿Se puede comprender al pensamiento por otro camino más perfecto que el lenguaje verbal? Avicena se planteaba: El lógico no tiene nada que ver con los términos. Si se pudiera estudiar la lógica por medios más simples, que sólo tuvieran en cuenta las ideas, éstos serían suficientes. Si el pensamiento pudiera ser traducido de otro modo que por el lenguaje, se podría pasar completamente sin palabras. Avicena tiene razón, pero si entonces: qué aburrido.
Rostro divino. El novelista Alfred Döblin relata por mano propia que el recatado mundo de fines del siglo XIX, tanto de Pomerania como de Berlín, donde vivió en aquella época, no le permitió ver una mujer desnuda sino hasta que cumplió veintitrés años. Entonces era un estudiante de medicina: el primer cuerpo femenino sin ropas que pudo observar fue del de una mujer muerta, rígida, sobre una mesa de mármol en la sala de anatomía.
Hay que envejecer para comprender al rey Lear; hay que ser demasiado joven para entusiasmarse con Romeo y Julieta. Para el resto del tiempo, la mayor parte de nuestra vida, unas pocas alternativas: Falstaff, Pozzo, Lucky, Shylock, Vladimiro, Calibán. Sobre todo: Hamlet.
Juan Posadas supo ser, años atrás, uno de los dirigentes trotskistas reconocidos en la Argentina, incluso con cierta proyección latinoamericana. Entre sus pensamientos más audaces Posadas afirmaba que no había la menor duda sobre la existencia de seres extraterrestres y efectuaba esta deducción: si los extraterrestres estaban entre nosotros, si habían contactado con la Tierra, sólo podía ser explicado porque eran seres más adelantados y con una sociedad superior a la humana: seres que ya conocían y disfrutaban de una sociedad comunista avanzada: seres definitivamente internacionalistas, interplanetarios. Por lo tanto, lo propio era que llamáramos “compañeros” a estos seres y que junto con ellos articuláramos una solidaridad superior, una solidaridad intergaláctica, un comunismo verdaderamente universal. ¿Delirio troscogaláctico? sin dudas, pero también rigurosa lógica y estricta línea correcta.
Ahora, cinco décadas después de Posadas, cuando el trotskismo argentino, con mucho menor imaginación y magia pero con mucho mayor sentido práctico, ha quedado reducido a cuatro consignas y a la participación en las ganancias monetarias del voto, el director del Observatorio Vaticano, el sacerdote José Gabriel Funes, evoca desde otros ángulos aquella idea de comunidad intergaláctica de Posadas: al igual que existen una multiplicidad de criaturas en la Tierra, también podría haber otros seres, inteligentes, creados por Dios; y si San Francisco de Asís llamaba “hermano” y “hermana” a todas las criaturas de la Tierra, ¿por qué no podemos hablar de un “hermano extraterrestre”?
Puede ser que ellos vivan en pleno amor con el Creador. Vía Piro.
¿Quién sos? Llevada al extremo, dice Bauman, la pregunta señala el desmoronamiento de la jerarquía de identidades. Años atrás, un cartel aparecido en las calles de Berlín:
Tu Cristo es judío. Tu auto es japonés. Tu pizza es italiana. Tu democracia, griega. Tu café, brasileño. Tu fiesta, turca. Tus números, árabes. Tus letras, latinas. Sólo tu vecino es extranjero.
Contra el Estado de Israel. Historia de la oposición judía al sionismo. (Jakov Rabkin, 2008.)
La historia sionista preconiza que toda la historia de los judíos se dirige de una manera “tan indispensable como inevitable” hacia el establecimiento del Estado de Israel. Esa historia teleológica, que al eliminar cualquier otra opción contribuye durante varias décadas a la formación de soldados patrióticos y motivados, es cada vez más cuestionada en Israel y en otras partes. El sionismo –y más aún, la atracción que éste ejerce- ha evolucionado hace ya más de un siglo. A los jilonim, que son los primeros en integrarse al sionismo, se unen los nacional-religiosos, que colocaron la posesión de la Tierra de Israel en el centro de su visión del mundo. Son los nacional-religiosos los que constituyen hoy el pilar de la ideología sionista.
Rabkin. En realidad la idea de tener un Estado étnico, exclusivo, siempre es una idea de derecha, cualquiera sea la vestimenta que vaya a usar. El Estado de Israel fue creado por socialistas, pero Ben Gurión aceptó muchas ideas de derecha. Hoy ya no es posible ser sionista de izquierda, es como un oxímoron.
Ordoñez. Quisiera darte un sano consejo: no te propases; no siempre es bueno hacerse el chistoso y con el perdón de las señoritas aquí presentes, venerables, te digo: hacés mal en confundir un trozo de vida con una lata de orines. A mí, no me importan tus enseñanzas. ¿Qué saco yo comprendiendo tus chistes, tus absurdos? ¿En qué me afecta que un trozo de vida sea un tesoro de sabiduría? Todo el mundo sabe que no discuto: sólo exijo que se respete a las damas que honran mi espacio. Te seré franco: no me gustan tus inventos, no los veo, no los entiendo: por hacer tus cosas bien pecás de chistoso, por hacerte el chistoso pecás de irrespetuoso, por ser irrespetuoso pecás de insolente, por insolente acabás cobarde.
Grossman. Alguien debiera escribir un tratado sobre los distintos tipos de angustia en los campos: una te oprime, otra te agobia, la tercera te ahoga, no te deja respirar. Y hay una especial: una que ni te ahoga ni te oprime ni te agobia, sino que te desgarra por dentro: como un monstruo de las profundidades del mar que, de improviso, sale furioso a la superficie.
Desde el 12 de este mes y hasta el 15 de junio hay que visitar la exposición sobre Vasili Grossman, el autor de la monumental Vida y Destino, una de las más importantes novelas del siglo XX. Será en la Universidad de Bologna, Rodríguez Peña 1464. Además, el 15 de mayo a las 19 se llevará a cabo un “diálogo” sobre Grossman y su novela con el curador Giovanni Maddalena. Esta última actividad tendrá también, como redundancia accesoria, la presencia del inefable tallerista literario Guillermo Saccomano.
Vida y Destino para descargarse, en la biblioteca mínima. Sobre Vasili Grossman acá. Algunos párrafos de la novela, en Portnoy.
No es buena costumbre recomendar lectura de blogs porque no hay que leer blogs: apenas si hay que escribirlos. Sin embargo, toda costumbre arrastra su excepción. Hay que tomarse en serio el trabajo de vadinho para destilar no sólo tragos (que bien los prepara) sino también discografías varias, músicas en corriente y a contracorriente, reportajes literarios a fondo y nada desdeñables varios. Todo de gorra, en el apirronamiento.
Tapa de Crítica Digital: Detengan el mundo, juegan Boca-River. Como de costumbre, muy agudo, Lanata.
Payasismo a là bourdieu.
Ecuación antiblog. José Pablo Feinmann es a Horacio González lo que el insípido flato es al rimbombante sorete.
Ni un buen post.
Anna Semiónovna. Me he dado cuenta que la esperanza casi nunca va ligada a la razón: está privada de sensatez, nace del instinto. Así, en ningún otro lugar del mundo hay más esperanza que el gueto.
Abraham Burg. De las tres identidades que me forman –humana, judía e israelí- siento que mi elemento israelí me priva de las otras dos.
Tal como Ikónnikov, aquel hombre viejo y andrajoso, profeso una moral grotesca y ridícula: no creo en el bien, creo en la bondad.
Cuando ya no sé qué hacer conmigo, agarro y me voy, a la casa de Damián .
Cuarteto de Nos. Vía Sebastián.
Literal, y no. Levi. Es hombre quien mata, es hombre quien comete o sufre injusticias; no es hombre quien, perdido todo recato, comparte la cama con un cadáver.
Salmo. No quites definitivamente de mi boca aquella palabra de verdad, porque en los juicios tuyos desespero.
La superioridad está en la ligereza: la poesía es demasiado lenta, irrevocablemente densa.
Tinelli, wins.
Se escribe sobre demasiadas cosas: se escribe demasiado. El hedor de palabra se extravía entre circunstancias, negociaciones, de la desequilibrada maquinaria de la experiencia. Se escribe mucho, casi nada se escribe de esa infelicidad extrema que se nos regala por la experiencia. Se escribe sin garantías: la única manera de escribir, la más temible. ¿Cómo no comprender, entonces, al hombre sin escritura, inocente y cruel, que siempre parece conocer más de lo que en verdad ha aprendido?
Desde el momento en que le estalla un esbozo de conciencia en las narices uno comienza a despedirse calladamente de la vida, a despellejarse como puede. Entonces fingimos lubricar las agonías. Soñamos en escalofrío y la razón nos ahueca el esfínter. ¿Mansedumbres? ¿Heroicidades? Mañana vendrán a matarnos. La seguridad de la muerte, dice Levi, nos pone límites en el gozo, pero también en el dolor. Nos viola el miedo a pleno sol: no hay gusano que perdone al arado que lo corta. ¿Hemos aprendido del error de Blake? Imprud